Dios en el poder


Selene Ríos Andraca
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09/11/2010


El último samurai


 


Ayaaaaaaaaaaaá.
Ayaaaaaaaaaaaá.
(Léase, por favor, en tono de Bruce Lee)


Lo encaró.


Le sostuvo la mirada unos instantes.


Extendió sus largos y delgados brazos.


Subió la pierna izquierda flexionada sobre su pecho.


Mientras, Pepe Tomé y Claudia Hernández tomaron de los hombros a un enfurecido Alejandro Armenta y lo alejaron del samurai aquel puesto en posición de ataque, dispuesto a demostrar sus hábiles y mortales movimientos marciales.


Corrían los días más complicados de la campaña electoral.


En el búnker priista discutían los verdaderos resultados de las encuestas electorales, poco alentadoras para Javier López Zavala y el resto de los candidatos de la alianza Puebla Avanza.


El encuentro se llevó a cabo en la sede estatal priista y fue una de esas famosas “reuniones de evaluación”.


Javier López Zavala se hizo acompañar por Alejandro Armenta, Claudia Hernández y José Tomé, mientras que Mario Montero sólo llevó a Javier Sánchez Galicia.


El ambiente era bastante incómodo para todos.


Mario Montero y Sánchez Galicia escuchan los análisis de comunicación político-electoral realizados a lo largo del mes por las brillantes mentes de la Dirigencia priista.


Pero, guardaron un silencio sospechoso que provocó la ira del entonces líder estatal del tricolor.


Alejandro Armenta tomó la palabra y explicó que una de las principales deficiencias en la campaña al gobierno estatal era la promoción del candidatazo.


—Necesitamos una campaña más agresiva para resaltar las bondades de Zavala ante el electorado.
—Yo ganador, porque yo ganador —dijo Zavala.
—Tiene usted toda la razón —atajó Pepe Tomé.
—Sí, necesitamos un mensaje agradable, para nuestros lindos electores —consideró Claudia Hernández.


Montero asintió con la cabeza, mientras Sánchez Galicia, recargado en la mesa con la cabeza sobre la quijada, escuchó las propuestas sin inmutarse.


Sin más, la rabia invadió al oriundo de Acatzingo.


—¡Es tu culpa, Javier! —soltó Armenta mirando fijamente al hoy director de Comunicación Social del gobierno marinista.
—Ja, ja, ja
—¡Es tu culpa, te estoy diciendo!
—Ja, Ja, Ja.
—¡Es tu pinche culpa, Javier!
—Ja, ja, ja ¿Mi culpa?
—¡Claro! Estás haciendo mejores spots para Mario Montero, las mejores ideas son para él. ¡No finjas! —gritó Armenta poniéndose de pie en la sala de juntas.
—Él pidió mi ayuda para los promocionales en radio y televisión.
—¿Y nosotros qué? ¡¿Nosotros qué?!
—A ver, Alejandro, Mario me pidió el apoyo, ustedes no lo hicieron, no puedo intervenir donde no me piden ayuda —reviró Sánchez Galicia, dejando su silla a un lado y poniéndose de pie.
—¡Ahora resulta! ¡Míralo, Javier (López Zavala)! ¡Míralo! ¡Nos está traicionando!
—No me culpes de sus estupideces, los errores son de ustedes y son de origen. Sus promocionales tienen una pésima producción, carecen de mensaje y Zavala no habla en los spots. ¡El candidato no sale en sus promocionales! Y esa fue una decisión suya, no mía.


Cuando los gritos hicieron incomprensible el diálogo, intervinieron Mario Montero y López Zavala.


La reunión se dio por concluida.


Los priistas bajaron al estacionamiento hablando sobre las minucias de la campaña.


Sánchez Galicia estaba a punto de subir a su camioneta, cuando un encabritado Armenta pasó a su lado y lo empujó con su hombro.


—¡Perdón! ¡Perdón! No te vi.


Sánchez Galicia permaneció inmóvil con la mirada fija al interior de la camioneta.


—¡Pues no te vi! ¡Te me atraviesas!


Entonces, el director de Comunicación Social volteó la cabeza y observó, sin decir una palabra, a Alejandro.


—Pues, qué qué.
—¿Qué, de qué?
—¡Pues lo que quieras! ¡Ya te dije! ¡Órale! ¡Vamos a darnos en la madre, pendejo!


Las palabras retumbaron en el estacionamiento del PRI.


Ante la tranquilidad y el silencio de las calles, los gritos de Armenta parecían berridos.


—¡Pues como quieras! —respondió el experto en artes marciales.


Lo encaró.


Le sostuvo la mirada unos instantes.


Extendió sus largos y delgados brazos.


Subió la pierna izquierda flexionada sobre su pecho.


Hizo la posición de “La Grulla”.


Ayaaaaaaaaaaaá.
Ayaaaaaaaaaaaá.
Ayaaaaaaaaaaaá.


Armenta titubeó.


Un escalofrío recorrió su cuerpo.


Le tembló un poco la quijada.


Por inercia, dio un paso hacia atrás ante la pose de Bruce Lee adoptada por el experto en comunicación política y campañas electorales.


Fue entonces cuando Pepe Tomé y Claudia Hernández corrieron a proteger a su jefe.


Lo tomaron de los hombros y lo intentaron calmar.


Sánchez Galicia mantenía el equilibrio en una sola pierna y la mirada concentrada en el golpe que estaba a punto de lanzar.


Pepe Tomé logró alejar a Alejandro Armenta, quien, enfurecido, fue guardado en su camioneta antes de ser el receptor de las patadas mortales de Sánchez Galicia.


Entonces, Javier bajó su pierna.


Relajó los brazos y se subió a su camioneta.


Dicen que al interior de su vehículo, Sánchez Galicia y Mario Montero se carcajearon hasta las lágrimas.


No era para menos.


Salud.

 



 
 

 

 
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