Dios en el poder


Selene Ríos Andraca
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Twitter: @SeleneRios ([email protected])

11/01/2011


Érase una vez en el Congreso…



Debo reconocer que pocas Legislaturas inician con un caos reporteril y dramas familiares.


Miau.


De hecho, es el primero que me toca vivir.


¡Dios!


¿Qué necesidad de invitar a la toma de protesta a toda la familia, a los parientes más lejanos, a los compañeritos de la primaria y a los vecinos?


Es muy, muy, muy kitsch.


¿No?


Y nada hubiera sucedido si dos diputados se hubieran aguantado las ganas de invitar a toda su estirpe.


Verán:




Ayer, durante la toma de posesión de la nueva Legislatura, se armó un tremendo escándalo entre los policías y los fotorreporteros.


La estrategia para controlar el flujo de fotógrafos fue colocar un filtro en la entrada, con el fin de que solamente entraran al Pleno por un tiempo máximo de tres minutos, tres fotoperiodistas.


Los compañeros de los medios de comunicación, ya acostumbrados a las nuevas políticas, aceptaron la medida restrictiva y respetaron el filtro.


Pero, de pronto, un iracundo priista terminó con la armonía reporteril.




El representante del PRI ante el IEE, Pepe Alarcón, intentó encontrar su lugar en las galerías del Congreso; sin embargo, tras un inútil recorrido concluyó que ya no había espacio para él.


Caminó tranquilamente, con su sonrisa tímida, hasta el rincón de la galería y se regresó a la puerta.


Pese a tener la acreditación para estar en las galerías, la organización del acto protocolar ya había detonado.


—¿Y mi asiento? Ya estaba reservado.
—Ups… Lo sentimos, pero puede pasar al área de Comisiones, sólo allá hay lugar.
—Pero, yo ya tenía reservado mi lugar en las galerías.
—Lo siento, le pido que pase al área de Comisiones, porque no puede estar aquí sin asiento.
—Gracias.




Pepe Alarcón fue escoltado a las salas de Comisiones, donde tenían acceso los reporteros, asistentes y empleados del Congreso, quienes tuvieron que ver la toma de protesta en una pantalla gigante. 


Visiblemente molesto, el representante del tricolor en el Instituto Electoral del Estado pasó al área menos nice del evento.


Justo iba entrando al pasillo cuando se percató de que los fotógrafos tampoco tenían libre acceso al evento.


—¿Por qué no los dejan pasar, compañeros?
—Porque nos pusieron un filtro.
—¿Hay filtros en la Casa del Pueblo? ¿Cómo es posible? —preguntó Pepe.
—Pues, ya ve, así nos tratan —respondió un colega.
—¡Claro que pueden pasar! ¡El Congreso es un edificio público! ¡Nadie nos puede impedir transitar libremente! ¡Nadie! ¡Nadie!
—¡Tiene razón! —gritó al unísono un grupo de fotógrafos.
—¡Pasen! ¡Pasen! ¡Es un edificio público! ¡P-ú-b-l-i-c-o!




Los ánimos se incendiaron.


Pepe Alarcón picó la cresta de los reporteros.


Encabezó la revuelta por la libertad de fotografía en el Congreso.


Sin más, lanzó la primera patada contra la puerta.


—¡Vikingooooooooooos!


Enojados y fúricos se lanzaron contra las puertas del patio Legislativo.


—¡Déjennos pasar! ¡Déjennos pasar! ¡Déjennos pasar! ¡Déjennos pasar! ¡Déjennos pasar! ¡Déjennos pasar!


Un grupo de policías estatales comenzó a resguardar la zona para impedir la marabunta de fotógrafos y reporteros, ya sumados a la bronca.


Pero todo fue imposible.


La muchedumbre venció el cerco policiaco.




Se preguntarán ¿quién diablos le quitó su asiento a Pepe Alarcón?


Esta es la historia:


Cada diputado de la LVIII Legislatura tenía tres pases para la toma de protesta, para invitar a sus familiares y a su suplente.


Sin embargo, un influyente y poderoso diputado panista inició el desorden por exigir cinco pases para sus familiares, porque obviamente no invitó a su suplente.


Al legislador le importó un comino dejar sin asiento a los invitados de sus pares.


José Luis Márquez escuchó la exigencia del panista y pidió un trato equitativo.


—Entonces, yo también quiero cinco pases.
—Pero, ya no hay —dijo la recepcionista.
—¡Pues no me importa! ¡Si él tiene cinco pases, yo también los quiero!
—Pe… pero…


El coordinador de la fracción priista recurrió al actual presidente de la Gran Comisión, Humberto Aguilar, quien concedió a medias la petición de su correligionario, pues solamente consiguió cuatro pases y ordenó habilitar el salón Miguel Hidalgo para los “agregados” al evento.


Cuando la familia de José Luis Márquez se acomodaba en las galerías, el hijo más pequeño, de unos 12 años, fue interceptado en la puerta.


—No puedes pasar, tu pase es para el salón Miguel Hidalgo.
—Pero mi papá va a tomar protesta.
—Lo siento, pásale al Miguel Hidalgo, por favor, y no obstruyas la puerta.


El adolescente miró con rabia a la recepcionista y segundos después rompió en llanto.


Snif.
Snif.
Snif.


Pero las lágrimas no conmovieron un gramo a la organizadora y lo escoltó al salón Miguel Hidalgo.


Devastado, deprimido y, aún con lágrimas en sus ojos, tomó asiento.


Minutos después un par de priistas llegó a consolar al pobre muchacho.


—Ya no llores, pequeño. Todo estará bien.
—Son unos groseros…


Uff.


Mientras su hijo lloraba, José Luis Márquez ardía en coraje y miraba con odio al diputado panista que inició el caos.




Es el arranque de la LVIII Legislatura…

 

¡Bienvenidos, diputados!

 



 
 

 

 
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