Dios en el poder


Selene Ríos Andraca
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13/01/2011


La oscuridad en la PGJ



Esta columna no narrará los malos tratos o las torturas que se vivieron al interior de la Procuraduría General de Justicia. Y por ningún motivo dirá algo malo del guapísimo procurador Rodolfo Igor Archundia, cuyos ojos obnubilan los sentidos.


No, no y no.


Este espacio de humor pretende narrar una puntada más de Javier García Ramírez como titular de la Secretaría de Obras Públicas.

 

 




¡Con el apagón qué cosa sucede!
¡Qué cosa sucede, con el apagón!


El domingo pasado los trabajadores de la Dirección de Averiguaciones Previas de la Zona Norte trabajaban normalmente en el edificio Bicentenario de la Independencia.


Hacían todo lo que se hace en las agencias del Ministerio Público.


Y de pronto…


¡Ay! ¿Qué me sucedió? 


El edificio fue inaugurado por el gobernador Mario Marín Torres y Javier García Ramírez el pasado 7 de noviembre y ese día no imaginaron los vicios ocultos que tenían las “modernas instalaciones” de la Procuraduría. 


Para ser justos, nadie lo imaginó.


Ni ellos ni el hermoso procurador y mucho menos los empleados de la PGJ.




El domingo pasado todo sucedió.


Los empleados del turno vespertino escucharon un crujido en el edificio.


Crash.


Iuuuum.


Unos cuantos gritos de espanto y chiflidos de burla adornaron la escena.


Los ventiladores cesaron su monótono ruido.


La cafetera dejó de funcionar.


Las computadoras chirriaron.


Los monitores de las computadoras se cegaron.


Los éxitos de la Tropical Caliente enmudecieron.


También la estación Amor dejó de sonar. 


Las luces se apagaron.


Todo era penumbra y silencio.


La oscuridad invadió el inmueble recién inaugurado por dos jodidos y larguísimos días.


¡Con el apagón qué cosa sucede!
¡Qué cosa sucede, con el apagón!
¡Con el apagón qué cosa sucede!
¡Qué cosa sucede, con el apagón!


—¿Qué pasó? ¿Qué pasó?
—¡Pos se fue la luz!
—¿Qué, queeeeeé?
—¡Se fundieron los fusibles!




Unos técnicos de la Comisión Federal de Electricidad arribaron al momento.


Revisaron el alimentador de la CFE.


No, ese no era el problema.


Verificaron el cableado.


No, tampoco era eso.


Checaron los fusibles.


No, todo estaba en orden.


Según el dictamen de los expertos: la instalación eléctrica era un bodrio y tronó, se tenía que volver a instalar una caja para soportar la cantidad de voltios que requiere el edificio.


García Ramírez puso una más chiquita. ¡Para ahorrarse unos centavitos!


Ja, ja, ja.


Qué horror.


Dos días sin luz.


48 malditas horas sin electricidad.


Pobre procurador, lo que tiene que aguantar.


Por eso lo quiero.



 



 
 

 

 
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