Dios en el poder


Selene Ríos Andraca
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21/06/2011


El suplicio de un comunicador



Sombari jelp


Jesús santísimo.


¿Quién toma un micrófono ante los eminentes directores y célebres columnistas de Puebla para llorar que quiere hablar con el gobernador?


Dios la guarde la hora.


Y que también nos libre de todo mal.


Esta es la historia:


Ayer, el secretario general de Gobierno Fernando Manzanilla Prieto convocó a directores y columnistas para presentar al nuevo director de Comunicación Social, Sergio Ramírez, y despedir a bofetadas a Norberto Tapia.


Una fiesta en la que la piñata fue Tapia.


La mayoría de los comentarios sobre la política de comunicación del gobierno morenovallista fueron negativos.


Que si el maldito y odiado corral de la ignominia.
Que el embarullado procedimiento para lograr una entrevista.
Que los enlaces de comunicación de las dependencias son inútiles.
Que el retraso de la información.
Que la desaparición de las jefaturas de prensa fue contraproducente.
Que la ignorancia del titular anterior sobre la fauna y flora periodística.
Que la falta de acceso a los miembros del gabinete.
Que la indiferencia del gobierno sobre los medios.


Uff.




Algo que provocó mi indignación fue que Sergio Ramírez dijera que desconoce, que ignora, que no tiene ni la menor idea, que no sabe un carajo, qué son los corrales donde encierran a los reporteros en los eventos gubernamentales.


Lo peor de todo es que su solución para “controlar” la movilidad de los reporteros será “un medio alternativo”. Si bien no sabe qué hará, al menos ya sabe que será “alternativo”.


Dios mediante.


Anyway.



Fernando Manzanilla animó al conductor de Oro Noticias, al peinadísimo Iván Mercadoa dar su opinión sobre la política de comunicación, luego de que Sergio Ramírez se aventara una perorata sobre su objetivo de hacer de su Dirección una agencia informativa.


—Iván, te veo pensativo, tú y yo ya habíamos hablado del tema, danos tu opinión— dijo Manzanilla.


Aquel sonrió con suficiencia.


Miró hacia la derecha buscando el micrófono.


Sonrió.


Pasó su mano izquierda sobre su copete.


Tomó el micrófono y soltó sus inteligentisisísimos comentarios (palabras más, palabras menos):


“Sí, bueno, buenas tardes a todos compañeros… Sí, bueno, yo quiero decir, expresar, comentar… una preocupación de mis compañeros…


¡¿Sergio, dime, a qué viniste a Puebla?!


¡¿Por qué estás aquí?!


¿Qué instrucción te dio el gobernador?”


El señor Mercado observó a su audiencia atenta, se volvió a peinar y continuó…


“¿Viniste a hacer comunicación con nosotros o a enseñarnos a hacer comunicación a nosotros (recontra sic)?


¿A mejorar la comunicación de Puebla?


¡¿A qué?! ¡¿A qué?!”


La voz del comunicador matutino se fue desvaneciendo en el salón Gobernadores de Casa Aguayo.


“Porque, bueno, si… mis compañeros no me dejarán decir lo contrario, pero, bueno, es importante, hablar, sí, con el gobernador…


¡¡¡¿Qué, queeeé?!!!


“Sí de cara a la sociedad… bueno… es que, yo…yo…yo… lo único que quiero es… ¡¡¡hablar con el gobernador!!!


¡Zas!


“De cara a la sociedad”.


Snif.
Snif.
Snif.


Conforme fue avanzando en su discurso, Iván y su copete se fueron haciendo chiquitos, chiquitos, chiquitos…


Terminó destrozado.


Con la voz mínima.


Apesadumbrado.


Adolorido.


Inconsolable.


Al borde del llanto.


Fernando Manzanilla abrió los ojos consternado.


Arturo Rueda contuvo el sorbo a su refresco.


A Mario Alberto Mejía se le despeinó su ceja derecha.


Alejandro Mondragón casi se ahoga con su propia risa.


Poco faltó para que todos los presentes nos cayéramos de la silla.


—¿Qué fue eso?— pregunté.
—Dijo algo así de que quiere hablar con el gobernador.

—Miau.

 



 
 

 

 
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