Dios en el poder


Selene Ríos Andraca
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31/08/2010


Adam y el cavallino rampante



Run
Run
Run


Con el porte de galán, que jura tener, subió a su lujoso automóvil.


Algunos comensales del Centro Mexicano Libanés estaban impactados ante el ostentoso y cotizado vehículo.


Él, acostumbrado a las miradas lascivas, montó su Ferrari y lo encendió.


Entonces se escuchó: “¡Llamen a la policía! ¡Pidan auxilio!”.


Let´s see.




Hace ya bastantes días, Adam, el hijo mayor del funcionario más corrupto de la administración marinista, Javier García Ramírez, decidió dar una vuelta por la ciudad.


Todavía en aquellos ayeres, Adam podía darse el lujo de presumir los excesos de su padre, quien, sin rubor alguno, remodeló cinco pinches kilómetros del bulevar Atlixcáyotl a la terrible cantidad de 450 millones de pesos.


Aún en esos días, los poblanos se guardaban el rencor contra el padre de Adam, responsable de la edificación del Centro Expositor por más de mil 200 millones de pesos y con más de dos años de retraso en la conclusión de la obra.


Adam, sin remordimiento alguno, se pavoneaba por las calles de la hermosa ciudad de Puebla sabedor que su padre había construido con unos 600 millones de pesos el mito marinista, el elefante blanco, la inservible Célula, allá en el páramo de Oriental.


Poco le importaba a Adam que él y su familia fueran juzgados por los vecinos de La Concepción Buenavista por sus gustos excéntricos y el afán de su padre de remodelar la residencia, según las tendencias arquitectónicas y sus estados de ánimo.


Adam, quien ha soportado estoico las mudanzas en su mismo fraccionamiento, con tal de que su padre decida qué estilo tendrá su home, sweet home, fue evidenciado ante la clase social a la que nunca pertenecerá por más dinero que tenga en sus tarjetas bancarias.




Un domingo, después de comer en el Centro Libanés, Adam pidió su automóvil valuado en más de 250 mil dólares al valet parking.


Con el porte de galán, que jura tener, subió a su lujoso automóvil.


Algunos comensales que apenas arribaban al Centro Mexicano Libanés estaban impactados ante el ostentoso y cotizado vehículo.


Él, acostumbrado a las miradas lascivas, montó su Ferrari y encendió sus 450 caballos de fuerza.


Run
Run
Run


El motor sonó como el rugido de un tigre.


Y entonces, comenzaron los gritos desesperados:


“¡Llamen a la policía! ¡Pidan auxilio!”.
“¡Llamen a la policía! ¡Pidan auxilio!”.


—¡Se están robando el Ferrari! ¡Se están robando el Ferrariiiiiiiiiii! ¡Hagan algo! ¡Hagan algo!


El encargado del valet parking corrió apresurado hacia el preocupado señor.


—Tranquilo, tranquilo, ese es el dueño del carro.
—¿Ese naquito?


¡Uff!


Qué manera de destruirle la reputación al pobre muchacho.


Miau

 

La tecnología mató a una flor. Gracias a la proliferación de comentarios en este espacio, decidí —tras una larga discusión con un amigo— salir del clóset de mi abandonada cuenta de Twitter para que podamos estar en contacto. La intención es responder a sus inquietudes, o mentadas, y recibir de manera más personal sus lindos y, a veces, muy manchados comentarios. Desde el fin de semana dejé de ser @LaJlor y me pueden encontrar en el buscador como @SeleneRios o por mi correo electrónico [email protected]

 

Los espero ansiosa.

 

Ñaca
Ñaca



Avisitos: Dios en el Poder saluda calurosamente a tres de sus asiduos lectores: a mis queridos y adorados Beto & Enrique que suelen leer este espacio a las tres de la mañana enclaustrados en una enorme bodega olorosa a tinta, papel y químicos y al apapachable Paco, por sus insuperables detalles.

 



 
 

 

 
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