Dios en el poder


Selene Ríos Andraca
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01/09/2009

Entre amantes y dilemas



Estoy de acuerdo en que la vida personal de los políticos no es un asunto que se deba ventilar en los medios de comunicación.


Me caso con esa idea.


Pero, qué pasa cuando los políticos combinan sus asuntos privados con asuntos públicos y en horas de trabajo.


O lo que es peor, en las propias oficinas gubernamentales.


¿Ya es un asunto público?


Que un funcionario o servidor público tenga una amante es un asunto privado.


¿Estamos?


Que un funcionario o servidor público tenga una amante en sus oficinas, adscrita a la nómina y que ésta se comporte como la primera dama de la dependencia, ya es un asunto público.


¿Estamos?


Veamos el tema desde la filosófica perspectiva de Animaniac’s.


Buena idea (good idea): Tener una amante para liberar el estrés.


Mala idea (bad idea): Tener una amante para liberar el estrés en tu propia oficina.


Peor idea (the worst idea): Permitir que tu amante de la oficina te de una nalgada a la hora de salida en el estacionamiento de la dependencia que diriges.



Aún había días soleados en la capital poblana, cuando nuestro funcionario destapó su romance con una de sus trabajadoras.


Eran casi las cuatro de la tarde cuando ambos bajaron juntos el ascensor de la dependencia estatal.


Platicaban amenamente en el elevador.


Sonreían.


Felices.


Enamorados.


Al descender a la planta baja, el funcionario estatal tomó de la cintura a la dama y caminaron así hasta el estacionamiento de la dependencia.


Quien los vio, cuenta que escuchaba campanas y veía mariposas a su alrededor.


La Suburban negra con vidrios polarizados ya estaba encendida.


La puerta del vehículo estaba abierta para recibir a su propietario.


Él y ella se acercaban a pasos lentos.


Retrasando el triste momento de la separación.


Ella soltó una carcajada.


Él le respondió con una mirada pícara.


Llegaron hasta el vehículo ya encendido.


Run, run, run —léase cual motor de camionetota—.


—Cuídate, papi.


—Tú también, nena.


Muaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaack.


Besote tronado en el estacionamiento de la dependencia.


—El lengüetazo no fue confirmado por la segunda fuente—.


Labio a labio.


Boca a boca.


Él dio la vuelta para abordar la Suburban negra.


Ella se quedó de pie viéndolo subir.


Y como último gesto cariñoso, ella le dio una nalgada en la pompi derecha.


—Dato confirmado por dos fuentes—.


Ella regresó y tomó el elevador —inteligente, por cierto, el elevador.


—¿Ya se va usted de vacaciones? —preguntó un iluso trabajador.


—Ya estoy de vacaciones, solamente vine a despedirme del jefe.


—Ah…


Zas.


¿Tips para identificar al funcionario?


Hasta que resuelva el dilema entre la vida pública y privada de los funcionarios.


Está bien, dos pistas mientras diserto:


*Ha sido el único secretario de Gobernación sin título de abogado.


*En el estacionamiento de las oficinas hay una tienda de conveniencia.



¡Un, dos, tres por las oficinas!


Quién encuentre las oficinas de los legisladores priistas en San Lázaro favor de notificárselo.


Los priistas son los únicos legisladores que aún no acomodan la foto de la familia, el jarrón de la abuelita, la lapicera de Talavera y la engrapadora de la casa de campaña, porque sus oficinas del cuarto piso en el edificio B aún están ocupadas por los perredistas de la pasada legislatura.


Mientras sus correligionarios del Estado de México y de Hidalgo ya hasta pegaron pósters de la Banda Timbiriche y de Banda Machos desde mediados de agosto, los poblanos traen todos sus triques y sus dulces típicos en la cajuela del carro.

 

Pobres.

 

 



 
 

 

 
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