Dios en el poder


Selene Ríos Andraca
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08/12/2009

Peri-Peri-Perisexual



Antes de iniciar con la columna, permítanme extender una sincera disculpa por la ausencia de este espacio, pero debido a problemas técnicos en la redacción, el señor director decidió ponerme de albañil y me era imposible tener el mood para escribirla.


Anyway.




La moda de los metrosexuales no pasa.


Por más burlas que haga la gente y por más canciones de Amandititita al respecto, cada vez son más los hombres que se animan a probar cremas, spas, masajes, mascarillas y servicios completos en pies y manos.


Total, ¿qué tiene de malo darse una consentidita en algún Beauty Palace?  


Ejemplos en Puebla sobran:


El general Mario Ayón con sus fallidos tintes multicolores —que bendito Dios ya dejó de aplicárselos—.


El inolvidable Armando Toxqui con su afinidad a las uñas pulidas y esmaltadas en mate que tanto presume en las reuniones del gabinete de Seguridad.


Y el buen Chucho Morales Junior con sus mascarillas de filtro solar en cada uno de los operativos de La Metropolitana.


So cute.




La semana pasada, mi bien querido Pericles Olivares Flores tumbó de la yegua a Armando Toxqui —¿Qué diablos es ahora? ¿Director de dónde, de qué?— y se ganó sin ninguna objeción la etiqueta del Metrosexual 2009.


¡Aplausos!


Aclaro que es ganador del certamen que hace Dios en el Poder año con año, debido a que no hubo más participantes a lo largo del 2009 —al menos no me enteré—.


Verán:


El viernes pasado, llegó a su salón de costumbre —en Las Ánimas— exigiendo a su estilista.


—¿Me podrías atender?
—¡Con gusto, secretario! En unos minutitos.


El aspirante a la candidatura del PRI para la alcaldía capitalina tomó asiento y comenzó a elegir el corte en una revista especializada en el tema.


Consultó su reloj un par de veces.


Su estilista presionado despachó al cliente en turno y llamó al priista.


—¿Lo de siempre?
—Sí, pero completo.


Con un ademán del peluquero corrieron tres chicas hacia Pericles Olivares y lo encaminaron a la silla de lavado.


Él, tan acostumbrado y relajado, se acomodó sin titubeos.


Las chicas comenzaron su trabajo.


Una tomó su cabeza e inició el masaje capilar para la aplicación del tratamiento contra la caída.


—Qué bonito cabello.
—Sí, me lo cuido mucho— presumió.


La otra, apresurada, instaló la mesa de manicura con sus bandejas de agua caliente.


Pericles Olivares templó el agua.


—Me gusta tibiecita.
—Ahora la arreglo.
—Si no, se me arrugan las yemas de los dedos.
—¡Claro!
—Quítame todos los padrastros, luego me critican por mis cueritos.
—¡Seguro, señor!


Por si fuera poco, la tercera jaló su silla y se instaló en la parte posterior del secretario para cortarle las uñitas.


—No me las cortes al ras porque se me entierra la del dedo gordo.
—¡Qué bueno que me dice!
—Es re doloroso, luego hasta cojeo.
—Usted no se preocupe.
—Te encargo mi uña chiquita que se pone prieta, no sé por qué.
—Ahorita se la limo ¿así está bien el agua?
—En tanto cuanto…perfecta.


Él feliz, metió sus piecitos en la bandeja, sus manitas en las jicaritas y cerró sus ojitos.


Dicen que gemía de placer.


¡Ahh!


¡Ahh!


¡Ahh!




Más tarde, orientó a su estilista con el corte y curiosamente, salió peinado igual que siempre.


¡Bah!


Dos horas pa´ salir igual.


Dicen que al salir del salón siempre escucha la misma canción:


¡Qué bárbaro! ¡Qué bárbaro!
Que guapo estoy…
¡Qué chulo amanecí! 
¡Qué chulo amanecí!

Dónde se encuentran las mujeres
amanecieron hoy de suerte
porque esta noche he decido
me voy por toditas ustedes.


A mí no me importan las tallas
yo con toditas me acomodo
que sean solteras o casadas
al fin que yo no soy celoso.

 

¡Qué bárbaro! ¡Qué bárbaro!
Que guapo estoy…
¡Qué chulo amanecí! 

¡Qué chulo amanecí!

 

 

 



 
 

 

 
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