Dios en el poder


Selene Ríos Andraca
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11/02/2010

Las secuelas de Beltrán



Ay, Darío.


¿Pa’ qué celebrar tan lejísimos?


Con tanto frío que hace en el campo.


Eso sí, su cumpleaños será inolvidable.


I-n-o-l-v-i-d-a-b-l-e.


Para usted, el gobernador, el precandidato priista a la gubernatura, Hugo Isaac Arzola, un piloto y todos los asistentes.




El secretario de Educación Pública convocó en diciembre pasado (aproximadamente en la segunda quincena) a su hacienda a todos sus amigos para celebrar un año más de vida.


Con los ingredientes de una buena fiesta:


Comida hasta la náusea.


Alcohol hasta el cansancio.


Música al hartazgo.


Conversaciones insulsas.


Abrazos apretados.


Halagos innecesarios.


El festín había comenzado, pero no llegaba “El Hombre” del futuro sexenio, y los invitados de Darío Carmona preguntaban sin cesar sobre el paradero de Javier López Zavala. 


El gobernador tenía ya dos tequilas encima y un tercero servido, y su hijo político no aparecía porque se encontraba de gira en algún punto del estado regalando foquitos, tinaquitos o pisitos dignos.


La fiesta siguió.




Poco antes de que recogieran las charolas de carne y las salsas en todos sus estilos, en el cielo se vio un destello.


Un invitado se tuvo que tallar los ojos.


Mario Marín sonrió.


Darío Carmona bebió un tequila de caballito y se levantó de la mesa.   


Tucu-tucu-tucu-tucu-tucu-tucu.
Tucu-tucu-tucu-tucu-tucu-tucu.
Tucu-tucu-tucu-tucu-tucu-tucu.


Empleados de Darío Carmona indicaban al piloto del helicóptero donde aterrizar.




—Señor, señor —dijo Hugo Isaac Arzola al delfín.
—¿Qué pasar, amigo?
—¿Le he dicho que me gusta volar y que hasta aprendí a pilotear? —dijo el exdirector de la extinta Policía Judicial y actual guardaespaldas personal del precandidato.
—Sí, amigo.
—Es más, señor piloto, ¿me deja abrir la nave? ¿Verdá que sí? Ande, ande. ¿Puedo, puedo? ¿Sí, sí?
—Mmm. Sí, claro —respondió el piloto.


Craso error.


La aeronave ya estaba en tierra.


—¿Ya abro? ¿Abro ya? ¿Ya puedo?
—Sí —contestó el piloto.
—A ver, primero se jala pa’ arriba… no, no,  pa’ abajo… no pa’ la derecha. A ver, pérenme eh. Ahí voy.
—¿Seguro que sabe abrir? —cuestionó el piloto.
—¡Claro! ¡Hasta sé volar! —dijo el guarura delfinista jalando para todos lados la palanca de la puerta.


En tierra, Darío Carmona esperaba ansioso que bajara su invitado especial y se preguntaba qué pasaba adentro porque nadie descendía.


—A ver, pérenme… es que en el que yo volaba se jalaba así… ay… algo tronó… bueno, a ver, pérenme ¡eh! pérenme ¡eh!...
—Gírelo hacia usted —instruyó el piloto.
—¡Ya sé! ¡Ya sé! ¿Jalo hacia mí? ¿Así?


Craaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaack.


—Ups…
—¿Qué hiciste, Hugo?
—Pos ahí ’sta la manija…
—¡Qué diablos hizo! ¡Rompió la puerta! ¡Bájese! ¡Bájese! ¡No lo quiero ni ver! —gritó el piloto.
—Pe… pe… Le falta aceitito, ¿no?


Ambos bajaron del helicóptero.


El cumpleañero recibió a sus invitados con un abrazote.


López Zavala viró la mirada y la recargó sobre Arzola.


—Es la última vez que tocas un helicóptero, Hugo.
—Ssssí… ssseñooor. Perdón… es que… es que…
—Ya. Por favor.




La Policía Federal detectó el descenso de una aeronave en un helipuerto no autorizado.


Días atrás, el Jefe de Jefes había huido de Puebla desde una pista ilegal.


La Procuraduría General de la República revisaba con lupa los cielos de la entidad.


Comenzaron a rastrear el vuelo.


El origen y el destino.


Mientras tanto, la fiesta en el rancho de Darío Carmona se calentaba.




Una hora más tarde del descenso del delfín y de la torpeza de Arzola, comenzó un movimiento extraño en los alrededores.
Los comensales no lo notaron.


Hasta que el ambiente se puso denso.


—Policía Federal ¡Necesitamos entrar al rancho!
—Es que, es una fiesta privada —respondió uno de los guardias de la entrada de la hacienda.
—Esto es un operativo de la Policía Federal. Tenemos órdenes de entrar.
—Eess una fiesta pri… privada… está el go… gobernador.
—¡Vamos a entrar!
—No… no… esperen…
—¡Aterrizó una aeronave sin permiso! ¡Tenemos permisos para rastrear el lugar! ¡No se interponga al paso de la ley!


Un guardia corrió para alertar al propietario de la hacienda.


Carmona presuroso y tambaleándose un poquito se acercó al gobernador.


—Señor, tenemos un problema.
—¿Qué pasó?
—La Policía Federal está afuera. Para un operativo.
—¿Qué?
—Por el aterrizaje del helicóptero.
—Permíteme.


El mandatario tomó su móvil.


Explicó a quien le tenía que explicar lo sucedido.


Varios minutos después, la Policía Federal se retiró.

 

Anexo al Super Bowl. Muchos amigos me reclamaron que en la lista de los poblanos que disfrutaron el partido entre Los Santos de Nueva Orleáns contra Los Potros de Indianápolis en Florida no incluí el nombre de Enrique Doger Guerrero, quesque porque lo quiero mucho y bla bla bla, pero honestamente ni me había enterado.


Ironías de la vida, mientras el priista rebelde gritaba de emoción cuando escuchaba a The Who, su incondicional Ignacio Mier y su abogado José Manuel Treviño rezaban a todos los santos que el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación admitiera su recurso de impugnación.


By the way, el rector Enrique Agüera fue acompañado por su tesorero, Alfonso Esparza Ortíz. 

 

Las monadas de Elmer

 

 



 
 

 

 
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