Dios en el poder


Selene Ríos / Edmundo Velázquez

 

La despedida

Para Toño Juárez, por ese aguante

 


Es curioso, ayer la realidad alcanzó a nuestro querido y destituido presidente de la Comisión para el Acceso a la Información Pública (CAIP), Antonio Juárez Acevedo y con un knock out unánime, la LVII Legislatura determinó la salida de Toño.


Y antes de que nuestro presidente destituido abandone la vida pública, decidimos escribirle una última columna.


—Snif… Snif. Tenemos que aprovechar que aún es importante—.


Y es que no cabe duda, las entradas triunfantes y las salidas escandalosas son parte de la personalidad de Juárez.


Para muestra, la que ocurrió recientemente.


Corrían los días de octubre, los últimos, cuando Toño Juárez fue invitado a una boda en Coatzacoalcos, Veracruz.


La mala suerte de Toñis se hizo presente cuando intentó reservar un cuarto de hotel donde más noche sería la recepción.


Ya no había suites y el comisionado presidente se vio obligado a hospedarse en el hotel de enfrente, justo el que estaba cruzando la calle, a unos 100 metros de distancia, un poco más baratito y por supuesto, más feito.


Y eso, lo hizo sentirse mal.


Lo hizo sentirse como un pobre diablo —seguramente como se siente desde el domingo pasado cuando la Comisión de Gobernación aprobó el dictamen de destitución, o peor—.


Y por eso decidió hacer una entrada triunfante.


Ya saben, avasalladora.


No resistió la tentación de arrebatarle las miradas al escote de la novia.


Y por eso, desde su hotelito más baratito —tampoco era una pocilga, aclaramos— comenzó su show.


Bajó al lobby, jugueteando con su pase para la boda.


Se acercó con pasos pausados y medidos a la recepción.


“Mi carro, por favor”, dijo el comisionado.


“En seguida”, respondió el valet parking.


Se acomodó el pantalón y sonrió ante una ventana donde reflejó su rostro.


Un impecable Mustang verde botella se estacionó frente a él.


Sonrió una vez más, y hasta un brillito le destelló en la dentadura.


Se subió al carro. Se acomodó.


Encendió el estéreo digital.


Salió de la rampa del hotel.


Observó con detenimiento la calle.


Se cercioró de que tenía el camino libre.


Y de repente, con un arrancón, un simple acelerón profundo, cruzó la calle completamente.


Se estacionó frente al hotel de la recepción de la boda.


Nomás para que lo vieran.


¿Increíble, no?


Así es Toño.


El de las entradas triunfantes y las salidas escandalosas.


Salud.

 



 
 

 

 
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