Dios en el poder


Selene Ríos / Edmundo Velázquez

 

Ay dolor



Nosotros también somos rete sentimentales y nos gustan las rolas pegadoras.


Pero creo que no tanto como a Luis Alberto Arriaga.


A él sí que le duele de a de veras.


¡Neta!


Al grado que ni dos muchachotas pudieron sacarlo de la pena que le ahogaba.


Tal vez era la fecha o el whiskey, pero el diputado cantó con tal sentimiento que hasta nos conmovió.


El fin de semana pasado, nos fuimos a echar gritos al Clauser con unos amigos y estábamos en grandes pláticas sobre las rolas de Juan Gabriel cuando vimos llegar al vocero de la bancada del PRI en el Congreso local.


Ahí estaba él. Con su bigotito y todo.


Cabizbajo y a paso lento se acercó al piano.


Se sentó entre dos chicas y comenzó a sorber unos tragos de su copa.


Antes de animarse a cantar, Arriaga Lila pidió dos canciones para inspirarse: No y De mí enamórate.


El día queeeee, eeeeeeeel día que de mí,
te enamores, yo voy a ser feliz…


Y la otra:


No, porque ya no extraño
como antes tu ausencia
porque ya disfruto aún sin tu presencia…


Y hasta ahí todo iba muy bien.


Pero el diputado agarró valor y tomó el micrófono.


Sin ninguna pena.


Seguro de sí, sabiendo que canta feo pero con sentimiento.


Comenzó a cantar una canción de Roberto Carlos.


Hablando en serio,
será mejor que no sigamos adelante
que no me mires con ojos de promesas
y sonreír como así sin querer…


Desentonado, arrastrando palabras y pronunciando con torpeza, continuó.


Tú no lo sabes,
pero yo tengo cicatrices
que ahora tú no ves
y tengo miedo de entusiasmarme
de intentar y sufrir otra vez…


Cuando terminó de gritar, perdón de berrear, nos pusimos de pie y le hicimos una reverencia, porque gracias a su canción, llegamos a la conclusión que entre cantante y legislador, lo mejor para todos es: ¡Que regrese a conducir noticias!


¡Por favor!


De cuates.


Please, please, please. (Leáse plis, plis, plis.)



De consejero, a cantante y a visitador. Otro personaje político que no tiene empacho en demostrar su talento frente a un micrófono es nuestro reaparecido Alejandro Necoechea, exconsejero presidente del Instituto Electoral del Estado y actual segundo visitador de la Comisión de Derechos Humanos.


En su última navidad al frente del Instituto Electoral del Estado, Alejandro Necoechea les brindó a sus subordinados un regalo excepcional: ¡Una canción!


Y cuál creen que fue:


“¿El niño del tambor?”
¡No!


“¿Jingle Bell?”
¡No!


“¿Ven a mi casa esta Navidad?”
¡No!


“¿Blanca Navidad?”
Noooooooooooooo.


En vez de villancicos, al exconsejero le dio por una cumbia.


Pero no cualquiera.


Ni la de los frailes ni la de los pajaritos.


Alejandro Necoechea entonó “¡La Cumbia de los luchadores!”


¿Se imaginan a Necoechea cantando: La arena estaba de bote en bote?


Jajaja.


La gente loca de la emoción
en el ring luchaban los cuatro rudos,
ídolos de la afición.
El Santo, El Cavernario, Blue Demon y el Bull Dog
La gente comenzaba a gritar:
métele la Wilson, métele la Nelson
la quebradora y el tirabuzón.
Tírale el candado, pícale los ojos
¡Sácalo del ring!

 

 



 
 

 

 
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