Dios en el poder


Selene Ríos Andraca
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20/08/2009

Locuras reporteriles



No, no todos somos así.


Ni hacemos un desmadre por una tontería.


Que no, que no.


La presente columna tiene el objetivo de deslindar a los reporteros de los propios reporteros.


Es injusto que a todos nos acusen de intolerantes, prepotentes y escandalosos por una que otra anécdota.


¡Ay! Pero qué ganas de lucirse ante Felipe Calderón…



Ayer, durante la visita misteriosa —religiosa— del presidente de la República, una compañera de los medios de comunicación enloqueció.


Literal, no metafóricamente, se descocó.


Cu-cu-cu.


Verán:


La fuente gubernamental terminaba de entrevistar al delegado federal de la Secretaría de Desarrollo Social, René Lezama, en las afueras del Museo de Santa Mónica sobre la visita del Ejecutivo, cuando elementos del Estado Mayor Presidencial les pidieron a los colegas desalojar el área, debido a que por ahí entraría más tarde Calderón.


La mayoría de los representantes de los medios de comunicación, acostumbrados a la logística del Estado Mayor, se cruzó la calle y se ubicó en la acera de enfrente para esperar el acto político.


Todos, excepto una compañera determinó defender sus “derechos” de estar en la calle.


—Señorita, ya sus compañeros se movieron, ¿podría acompañarlos?
—¡No! Yo no me muevo de aquí.
—Por favor.
—¡No! ¡La calle es de todos y aquí me quedo!
—Es parte de la logística de seguridad para el presidente.
—¡La calle es de todos! ¡No me muevo y háganle como quieran! —como si se tratara de la líder de una marcha—.


Obviamente, los señores del Estado Mayor mandaron traer a sus guarros para desalojar el área.


Dos jóvenes, ataviados con una camiseta blanca y pantalón caqui, encararon a la señora reportera, la tomaron de los brazos y la alejaron de la zona protegida.


Ella —of course!— comenzó a gritar.


—¡Suéltenme! ¿Qué les pasa?


En la acera de enfrente, los miembros de la fuente gubernamental veían estupefactos la escena.


De nada sirvieron los manotazos, gritos y escupitajos, ya que los elementos del Estado Mayor la cercaron con las vallas de seguridad en una tienda de Talavera.


Ella enloquecía.


Gritaba.


Refunfuñaba.


Gruñía.


Gr… gr… gr... gr…


Dos agentes femeninas de la Policía Federal llegaron corriendo para custodiarla y cuando el agente del EMP se acercó a la reportera, ésta alborotó sus cabellos, sacó de su bolsa el Nextel, el celular y la grabadora…


¡Lo tundió a golpes!


¡En la cabeza!


A cada paso, el pobre hombre recibía un madrazo en la cabeza.


La señora siguió gritando y exigiendo el respeto a su libertad de tránsito…


Se acercó a las custodias y les gritó:


—¡Denme sus nombres! ¡Mañana se quedan sin trabajo! ¡Díganme cómo se llaman! ¡Mañana serán desempleadas!


Miaú…

Miaú…


Las policías se miraron una a otra y fijaron la vista al frente.


Y ahí se quedó, sin atestiguar la visita de Calderón.


Por su terquedad.



La pelea de la señora no fue periodística, se trató de una necedad y es absurdo pensar que la reacción del Estado Mayor Presidencial fue en contra de la libertad de expresión o de los periodistas.


Hace meses, la misma reportera agarró a telefonazos a otra compañera en el Congreso local.


También acusó a un guardaespaldas del procurador Rodolfo Igor Archundia —suspiros— de intentar ahorcarla.

 

Seriedad, por Dios.
S-e-r-i-e-d-a-d.

 



 
 

 

 
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