Dios en el poder


Selene Ríos / Edmundo Velázquez

24/03/2009

Ayón y sus peleas ancestrales



De veras que Mario Ayón no deja a nadie para compadre. —Nomás nosotros le queremos—.


¡Con todos se pelea!


Cascarrabias el general —¡Señor, sí, señor!—.


¿Recuerdan que se peleó con López Zavala cuando era secretario de Gobernación?


¡¿Cómo olvidar su agridulce divorcio con los policías estatales?!


También tuvo sus broncas con Jesús Morales Rodríguez y ya ven, lo movieron de Vialidad estatal a la Policía Metropolitana.


Se dio un entre con Alejandro Fernández Soto, cuando era secretario técnico del Consejo Estatal de Seguridad, quesque por el armamento.


Tampoco quería a Armando Toxqui de subsecretario de Seguridad porque le intimidaban sus uñas arregladas o vayan ustedes a saber por qué.


Y ahora ve feo a María de Lourdes Nares, porque le corrió a su exparticular, Enrique Cano Cardiel, del C4.


Ah, pero tanto desencuentro en lo que va del sexenio, no le preocupa.


No conforme, va por otro.


Ahora el secretario Ayón quiere un round nomás con el segundo hombre más importante en el estado, el secretario de Gobernación Mario Montero Serrano.


Ámonos. Es de grandes retos, nuestro encargado de la Seguridad.


Y es que el general Ayón —¡Señor, sí, señor!— ya vio oportunidad de conflicto y no la quiere dejar ir.


Desde la semana pasada, Mario Montero ordenó cambios en la Dirección de Vialidad estatal.


¿Qué, qué?


“¿Ah cómo estuvo eso?”, preguntó alterado y con tono golpeado, Mario Ayón cuando se enteró.


El secretario de Gobernación le exigió a Carlos Arroyo Salamanca, director de Vialidad, que pusiera de patitas en la calle a su —controversial— secretario particular, Héctor Guerra.


Que le diera aire, pues.


Que lo corrieran, vaya.


“¡Me lo mueves, pero ya!”, ordenó un sulfurado Mario Montero a un tímido Carlos Arroyo.


El director de Vialidad no supo ni qué responder, ni cómo actuar.


Pensó en correr a Guerra so pena de que La Hermandad enterita se le fuera a la garganta.


Intentó inventar excusas para justificar su salida.


Analizó un par de justificaciones para quedar bien con todos.


Y de pronto, las reflexiones lograron su cometido.


Encontró la mejor movida.


La estrategia perfecta para guardar al peón, sin tocar al rey, respetando a la reina.


Por primera vez en lo que lleva en el cargo, consultó a Mario Ayón.


Arroyo recordó que su jefe directo era/es el general Ayón —¡Señor, sí, señor!—.


Atrás quedó Fernández Soto, su Chanoc, quien pugnó por colocarlo en la Dirección de Vialidad, cuando Jesús Morales Júnior la dejó vacante.


Aunque claro, después lo dejó huérfano, pero esa es otra historia.


Así que Arroyo recurrió a las canas experimentadas de Mario Ayón.


Le pidió un consejo, orientación, una vela en la oscuridad.


A bocajarro, le preguntó a Mario Ayón si le parecía prudente, si consideraba necesario, si lo más conveniente para el estado era: despedir a su secretario particular, Héctor Guerra, porque le provoca urticaria y náuseas a Mario Montero…


Zas.


El rostro del general se enrojeció.


Apretó la mandíbula.


Tragó saliva.


Miró fijamente a Carlos Arroyo y le dejó en claro algo: “¡Aquí el secretario de Seguridad soy yo!”


El director de Vialidad lo entendió.


Su plan funcionó.


Y no mueve a Guerra.


Ni por las miradas lascivas de Montero.


Ayón, por fin, recordó su cargo e impuso el organigrama.


Y Montero, pues bien gracias.


Con urticaria y náuseas.



Dudas existenciales:


¿Le cumplirá otro capricho al general?


¿Montero usa pomada especial para las ronchas que le provoca Guerra?


¿Mario Ayón por fin tiene poder?


¿Montero respetará la poca autoridad del secretario de Seguridad?


¿Arroyo es brillante o nomás es simpático?


¿Comenzará una guerra entre la Secretaría de Gobernación y Seguridad Pública?

 

Y…

 

¿Volverá Ayón a usar tinte?

 



 
 

 

 
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