Dios en el poder


Selene Ríos Andraca
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26/01/2010

Minucias de la fiestototota



Malaventurados aquéllos que nacimos en enero y que intentamos celebrar después de la hiper-archi-mega party del delfín marinista.


Estuve a punto de pedirle prestados a 100 de sus acarreados para que me cantaran Las Mañanitas, pero la verdad me dio pena.


—Digo, poquitos, pero conocidos—.


However.


Aunque intenté concentrarme en el Licenciado y sus palabras tan retebonitas —por poco saco el violín para que llorara conmigo—, la verdad es que la fiesta se la llevaron tres personajes: El Innombrable, Mario Montero Serrano y Darío Carmona García.


La cereza del pastel fue sin duda Javier García Ramírez, quien se aguantó el hambre hasta las ocho de la noche.




El oso del Innombrable


Nuestro personaje misterioso llegó a la fiesta minutos después del gobernador y del festejado.


Muy guapo él, siempre tan peinado y tan sonriente.


Un poco formal para el asunto, pero bueno, ni en comilonas con la bufalada pierde el glamour que le caracteriza.


Después de saludar al cumpleañero, al mandatario y a los anfitriones, el Intocable se quedó estupefacto varado en la parte posterior del templete.


¡Ya no había sillas en la mesa principal!


Nadie acudía a su rescate.


El gobernador estaba entretenido con su plato de arroz.


El festejado sorteaba a sus seguidores para sentarse a comer.


Los anfitriones charlaban con la élite priista.


El señor Todopoderoso, de pie, olvidado detrás de sus “amigos”.


Nadie se preocupó por acomodarlo.


Por más ojos de tristeza que ponía, nadie lo observaba.


Sus gatos ya habían abrazado al candidato y se habían retirado de la mesa.


¡Lo dejaron solito!


¡Y sin silla!


Zaz.


No se movía de su rincón.


Algunos pasaban y lo saludaban, pero nadie le ofrecía un asiento en el Olimpo.


Pasaron dos minutos.


Tres.


Cuatro.


De pronto, esta reportera sintió lástima por el señor.


—Oye, el señor aquel está parado —le dije a un empresario-anfitrión.
—¿Quién?
—El s-e-ñ-o-r está parado.
—Ups… ¡gracias!


El empresario le cedió su silla, él humildemente intentó rechazarla.


—¡No, cómo crees! ¡Cómo crees! ¡Ahorita me acomodo! ¡No te preocupes! —dijo, con esa vocecilla chillona (para igualar el tono, léase como si hubiera inhalado helio)—.
—¡Por favor, ni me diga! ¡Siéntese!




¡Hip! ¡Hip! ¡Hip!


—Secretario, ¿le podemos robar un minuto? —preguntó una reportera al titular de la Secretaría de Educación Pública ya pasadas las cinco de la tarde.
—¿Qquej quierejssssh? —balbuceó Darío Carmona.
—Entrevistarlo, secretario…
—¿Sha… sha… shami, y a míj porjquésh?
—Jeje… porque usted es el secretario de Educación y necesito preguntarle algo.
—Sh…sh…noj quierooooooooooooooj
—Pppero…
—¿Sha… shamí porjquéshhh? ¡Shaa ge dijeeg quej nnnoj quierooooj!


El regidor priista René Sánchez intentó controlar a su amigo.


—Ya, cálmate.
—Eshh queej sha lejs dijee que noooooooj ¡Queshh se vashaaan!


Y las reporteras, muertas de la risa se fueron.


¿Qué tal la crudita, secretario?


Montero a gayola


El secretario de Gobernación fue uno de los primeros funcionarios en llegar al Salón Country, un poquito antes de las cuatro de la tarde.


Aún no llegaba ni Marín ni Zavala.


Tras saludar a los selectos invitados, tomó un lugar privilegiado en la mesa de honor.


Pidió una botellita de agua y comenzó a platicar con los que le rodeaban.


El gusto por estar entre la élite le duró muy poco.


Cuando llegó el gobernador con su familia y el festejado con su familia, el aspirante en decadencia fue enviado directamente al ala izquierda de la mesa de honor.


Más allá de Alberto Amador y de Víctor Hugo Islas.


Más allá del centro de atención y junto a la pipitilla que se coló al templete.


El lugar asignado de improviso fue el peor de todos.


Justo ahí se formaron los busca-chambas, las secretarias, las amas de casa, los campesinos, los cenecistas y los mil-cosas-más para saludar al festejado.


Ahí estaba aplastado, empujado, avasallado, humillado.


Y ahí se quedó.


Embutido y acalorado.




El fresa de la fiesta. El año pasado, Javier García Ramírez llevó sus latas de Coca-Cola y sus botellitas de agua. No probó bocado, por más insistencia de un empresario. Este año, no pasó al Oxxo, pero se aguantó el hambre y comió casi a las ocho de la noche en el Mid Town.


Por cierto, un trozo de carne.


¿Tanta dieta para ni siquiera llegar a una regiduría?

 



 
 

 

 
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