Dios en el poder


Selene Ríos Andraca
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22/09/2009

Sin rencores



De acuerdo a las predicciones de San Faisbuq, muy pronto estaré viviendo en otra parte muy, muy lejos de Puebla y escribiendo menús para la “Fonda Doña Sele”, así que prometo entregar puntualmente a Dios en el poder mientras Zavala no gane, perdón, hasta que la liga aguante.


Anyway.


Japi niú yir tu ebriguan.


Aunque las costumbres navideñas indican que estos días son para amar y perdonar, la verdad es que el rencor recorre mis venas y me quema.


Además, mis colegas que presenciaron la gritoniza que recibí me han pedido que lo escriba.




El pasado 9 de diciembre, el Revolucionario Institucional celebró su Consejo Político para la elección del procedimiento estatutario para su proceso interno en el Centro de Convenciones.


Por temor a la reacción de los priistas, Alejandro Armenta determinó un ridículo blindaje para la sesión y obviamente, los reporteros no éramos bienvenidos al cónclave tricolor. 


Para entrar al salón La Luz era necesario pasar tres filtros y aún así Arturo Rueda me ordenó: “Entras al Consejo y me vale cómo le hagas”.


Y ahí voy de osada.


Mi plan era perfecto y lo ideé mientras los seis aspirantes salían de La Purificadora.


Me colaría con los seis magníficos.


Después de que los aspirantes se retrataron con su líder estatal y la delegada Mercedes Guillén se encaminaron a la puerta lateral del Centro de Convenciones, resguardada por una bola de orates vestidos de guaruras.


Lentamente me acerqué a un cercano colaborador de Javier López Zavala y comencé a hacerle la plática.


—¿Qué tal, eh?
—Bien, pues tranquilo.
—¿Y la familia? —le dije mientras me aferraba a su brazo derecho.
—Bien, gracias. ¿Quieres entrar, verdad?
—¡Sí o me corren! ¿Verdad que vengo contigo?
—Sí, claro. No te despegues. Agárrate bien.


A cada paso que daba ya me imaginaba mi nota del día siguiente, con todos los detalles de la sesión, las caras de Chucho Morales y Enrique Doger, así como las muecas mal ensayadas de López Zavala.


Llegamos al retén de orates.


Entraron Enrique Doger, Jesús Morales, Alberto Amador, Jorge Estefan Chidiac y Javier López.


A escasos centímetros estaban Alejandro Armenta, Mercedes Guillén y los colaboradores más cercanos de los aspirantes, entre ese grupo estaba yo.


Y todo iba perfecto.


Un guarura me observó detenidamente y me jaló hacia la entrada.


—Gracias, vengo con él —dije señalando a mi amigo priista que pretendía colarme al Consejo. 


¡Me emocioné muchísimo!


Sólo me faltaba librar a dos vigilantes y estaría prácticamente adentro.


El par de centinelas me miraron y autorizaron mi ingreso con un movimiento de cabeza.


¡No me reconocieron!


Dirigí mis pasos hacia el escalón.


Lentamente.


Atrás de mí, los fotógrafos gritaban improperios. Algo estaba pasando a mis espaldas, pero no podía detenerme.


Y di el paso en el primer escalón.


Sonreí victoriosa.


¡Ya estaba adentro!


¡Hasta me prometí votar!


Pero de pronto, mis ilusiones se descarrilaron.


Entre los gritos monótonos de los fotógrafos se levantó una voz furiosa y estrepitosa.


—¡Noooooooooooooooooooooooooo! ¡Selene, tú no entraaaaaaaaaaaaaaaaaaaaas!


Comenzó un alboroto. Todos nos mirábamos unos a otros.


—¡Selene, tú noooooooooooooooooooo! ¡Deténganlaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! ¡Es reporteraaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!


Entonces lo comprendí, José Tomé, director de Prensa y Propaganda del PRI, me había reconocido.


Le miré unos instantes e intenté continuar mi camino.


Zaz.


Me pescó de un brazo.


—¡Seleneeeeeeeeeee! ¡Respeta, por favoooooooooor!


Los centinelas bloquearon mi paso y todos se fueron.


Mi amigo priista se zafó de mis brazos y se fue.


Sonreí molesta.


—¡Ya te escuché, Tomé! No es necesario que me grites.
—Por favor, Selene, por favor. Después les daremos la información.
—Ajá.


Inmediatamente huí del lugar con cara de “no pasa nada” y mientras me alejaba, Yonadab Cabrera soltó delante de todos los reporteros:


—¡Qué chistosa eres Selene! ¡Te regañaron! Jajaja ¡Como en la primaria!
—¡Cállate, Yonadab!
—¡Qué chistosa eres Selene! ¡Te adoro cuando te regañan!




Y a partir de hoy se acabaron los rencores.


Estoy segura que mientras Pepe Tomé —a quien quiero con todo mi corazón— lee esta columna se está carcajeando, aunque por el maldito botox no puede abrir bien su boca ni se notan sus gestos.


Salud. 

 

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