DONDE LA LEY TERMINA, COMIENZO YO


Maritha Amescua


El secuestro Martí  y el caso Medellín


“La vida es la memoria del pueblo,
la conciencia colectiva de la continuidad histórica,
el modo de pensar y de vivir”
(Milán Kundera)


José Medellín fue condenado a muerte en 1994 •Foto / Agencia Reforma / Archivo

La ley termina donde la venganza comienza, sea quien sea que tome la venganza y del modo que lo tome; aún en los casos en los que nuestra humanidad nos dice que lo merecía, tomar venganza nos coloca en el punto en el que la ley termina, y en ese punto en el que ya no existe más, ni esperanza ni nada.


El único recurso de los débiles es la venganza, y los seres humanos por naturaleza guardamos dentro de nosotros mismos ese dejo de debilidad que nos orilla a siempre buscar venganza por el daño que hemos recibido.


Sin embargo, el Estado es la máxima expresión de la necesidad del ser humano de ver controlados sus más bajos instintos, para de esta manera convivir pacíficamente con sus semejantes; así, la pena de muerte es el fracaso más grande del Estado al dejarse llevar por los instintos propios del hombre.


Que si Medellín merecía o no la pena de muerte no es el punto a discutir, ya que es definitivo que el Estado tenía la obligación de detenerlo y castigarlo de modo ejemplar. Los actos de los que se le acusaron en 1994 dan rabia, no se olvidan y no deseamos que se repitan nunca más, pero lograremos esto con condenarlo a la pena de muerte? ¿Será mañana que Medellín no exista más un día mejor para la humanidad? ¿Viviremos más seguros porque un criminal más ha muerto?


Los hechos de los últimos días nos han llevado a muchos, a profundas reflexiones y de manera coincidente los casos de Martí y Medellín se han juntado ocasionando reacciones de todo tipo; pero no creo que nuestros representantes y aún nosotros mismos, debamos seguir siendo reaccionarios a todo lo que ocurre a nuestro alrededor  e intentar corregir situaciones deleznables con banditas que no curan de raíz el problema.


Terrible indignación me ha causado la muerte de un niño que apenas comenzaba su vida; el proceso de dolor que han debido sufrir sus padres desde el momento del secuestro hasta el pago del rescate solicitado y posteriormente la esperanza de recuperarlo hecha añicos al comprobar su muerte, me llena de duelo a mí y a toda nuestra sociedad, pero no debemos equivocarnos y con ese dolor en el corazón opinar sobre la pena de muerte, e incluso utilizar la figura de Medellín para sentir que en el mismo tiempo de cumplir su condena, nuestro país se exorciza del terrible mal que nos aqueja.


El secuestro pensará quizá Usted, y dice también Nicandra Castro es el delito que mas aterra a nuestra sociedad pero seguimos equivocándonos y argumentando con falacias.


El terrible mal de nuestro tiempo es la corrupción. Piénselo así: ¿quién merece ser castigado por el delito de secuestro? ¿El secuestrador? Seguro que si! Pero que me dice Usted amable lector de los policías, agentes del ministerio público, servidores públicos, etc involucrados en la red criminal? Ellos, disfrazados de “sociedad que no delinque” también opinan e incluso son los primero en señalar al delincuente, pero si este ofreciera una buena cantidad de dinero a cambio de silencio es seguro que dejarían de señalarlo y comenzarían a considerarlo amigo.


Mientras escribo estas líneas estamos a la espera de un perdón milagroso que librara a Medellín de la muerte, y al ver en las noticias a sus padres, me pregunto si su dolor no será muy semejante al que sintieron los padres de Martí durante el proceso de tener secuestrado a su hijo y más aún si el dolor de mañana no será el mismo que sienten hoy ellos por la pérdida del ser más querido para cualquier ser humano: un hijo.  Y ¿será que al morir el delincuente y compartir ese sufrimiento los familiares de las víctimas y el victimario el delito es borrado? Estoy segura que no! La vida de un ser humano no se paga con la vida de otro, esa es la primicia más primitiva del hombre que supuestamente evolucionó junto con él hasta abolir esa idea por completo, excepto en muy pocos países en los que o se encuentran en vías de desarrollo y su sistema judicial es anacrónico,  o han alcanzado un desarrollo económico tal que la soberbia ha convertido sus sistemas judiciales falibles como cualquier otro, en tan “perfectos” que se atreven a decidir sobre la vida de un ser humano haciendo creer a los ciudadanos que con tal acción el Estado cumple con su función, cuando la realidad es que fracasa en todos los sentidos cuando aplica la pena de muerte, pues reconoce que en primer lugar su sistema no es tan perfecto como se pensaba porque existen delincuentes, segundo la  economía no alcanza para mantener un individuo en la cárcel por tantos años como la naturaleza determine en la cadena perpetua y en tercero (aunque no último) que su sistema penitenciario es tan malo que no alcanza para restaurar la vida de un hombre que ha determinado vivir del delito.


La pena de muerte intenta acallar la conciencia colectiva de la sociedad, el ver a otro ser humano muriendo por pecados “tan graves” nos hace sentir que recuperamos algo de lo que perdemos cada vez que nos equivocamos al hacer algo indebido, cualquiera que sea la magnitud de esto. Sin embargo esta no es la muerte que trae vida; necesitamos la vida del delincuente y su arrepentimiento profundo y su rehabilitación para con ello dejar escrito en la historia de los pueblos nuestra evolución como personas.


Así que no creo que el tema a debate en nuestro país luego del duelo que nos ha conmocionado a todos por la muerte de Fernando sea la pena de muerte, sino la terrible corrupción que aqueja al sistema judicial y de seguridad pública en nuestro país.


Ayer en entrevista decía el procurador del Distrito Federal que los culpables recibirán un castigo ejemplar con base en las leyes de la Ciudad, pero yo lo dudo, no porque el Código Penal del Distrito Federal sea endeble, sino porque al final resultará que no encontraron culpables a los sospechosos o porque en realidad los sospechosos eran “héroes” y nunca encontraremos al verdadero culpable. Hace ya 14 años el magnicidio del entonces candidato a la presidencia nos sacudió no solo a sus seguidores; la muerte de Colosio indignó al país entero y si, también hubo muchos en aquel entonces que opinaron que debía existir la pena de muerte pero a quién hubiéramos matado en aquel entonces? ¿A Mario Aburto? Yo sigo esperando justicia por aquella muerte.


Es tan falible cualquier sistema judicial debido a la humanidad de sus componentes que deberíamos pensar dos veces antes de afirmar con tanta vehemencia que alguien merece la pena de muerte; creo que la vehemencia debería reflejarse en nuestro diario vivir, y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. ¿Yo? No me animo.

    



 
 

 

 
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