DONDE LA LEY TERMINA, COMIENZO YO


Maritha Amescua


CRÓNICA DE UN VIAJE ANUNCIADO


“Y los rostros que vi
han vuelto a ser lo que eran antes
de que se apoderase de ellos
aquella alborozada seguridad
(¿en qué: en la vida o en la muerte?):
rostros de gente humilde y ruda.
Pero su recuerdo no me abandona.
Quien ha visto-- la Esperanza, no la olvida.
La busca bajo todos los cielos y entre todos los hombres.
Y sueña que un día va a encontrarla de nuevo,
no sabe dónde, acaso entre los suyos.
En cada hombre late la posibilidad de ser o,
más exactamente, de volver a ser, otro hombre.”
(Octavio Paz-El Laberinto de la Soledad-fragmento)


Solía, al pensar en la Sierra Norte, viajar mentalmente a la Perla de la Sierra donde pasé fabulosas vacaciones en mi infancia; una pequeña ciudad en la que todos se conocen y en la que aún y cuando no existen todos los servicios de la gran ciudad si podemos ver crecimiento económico y comercial y me parece que muchos pensamos así.


Hace cuatro años mi visión sobre la Sierra Norte de mi Estado cambió por completo porque mire Usted amable lector, si Usted viaja a Teziutlán, Zacatlán, Cuetzalan, el Final de la Senda y muchas otras pequeñas ciudades enclavadas en nuestra Sierra podrá palpar grandes necesidades que aún sufren algunos de sus pobladores; sin embargo si Usted sube un poco más encontrará pequeñas poblaciones como Cuautotola, Africa u Osorno en los que no solo encontrará necesidad sino que será sorprendido por la misma y viajará al pasado.


Me encuentro en estos días justamente en Cuautotola, población del Municipio de Amixtlán (Lugar entre nubes en Totonaco) con 1080 habitantes ubicada a 1360 metros de altitud. Hasta aquí arriba parece que el futuro no ha llegado. No tenemos señal de ninguna telefonía celular, no hay internet y con muchos trabajos encuentra Usted señal para escuchar radio SICOM. Invitada desde hace cuatro años por la Fundación Familia de Éxito, A.C. cada año viajo a este lugar de impresionantes contrastes cada 6 meses, a llevar atención médica, actividades para los niños, estética, etc; pareciera ser que uno viaja hasta aquí arriba para ayudar a las personas que aquí habitan y sin embargo no he dejado de preguntarme si realmente necesitan esta ayuda o somos nosotros los que necesitamos viajar al pasado para valorar todo lo que tenemos.


Platicando hace unos días sobre el inminente viaje, le comentaba a un buen amigo que en realidad la atención médica se centra en calmar los dolores de espalda de las mujeres, ellas aún no se explican porque les duele tanto la espalda, pero Usted podría darse cuenta de inmediato al observarlas cargando leña sobre su espalda, de donde deriva su dolor. El dolor de sus pies es aún más evidente, caminando sobre las apenas calles terregosas, a pie pelado; y si ya lo sé, estará Usted pensando que ¿porque cuando viajamos no les llevamos zapatos? pero el problema de fondo, no es la falta de zapatos sino la falta de costumbre a los mismos. Les hemos llevado zapatos, pero les lastima mas caminar con ellos y sentir que en un mismo tiempo pierden su identidad serrana y totonaca,  que seguir sobre el lodo con todos los peligros de infecciones que esto representa.


¿Qué tendría que suceder en nuestro país para que esta realidad cambiara? ¿Y realmente eso sería lo bueno? ¿Lo correcto? No estoy muy segura de que Doña Elvira quisiera cambiar el espectáculo natural que se asoma en su cocina a través de esa enorme ventana por un teléfono celular que timbre cada minuto y no le permita disfrutar de la compañía y plática de su nieta Lady; de hecho yo ya comienzo a dudar si de verdad quiero volver a la vida cómoda de la cuarta Ciudad más grande de nuestro país, o prefiero quedarme aquí, donde solo tengo que caminar a los mucho, 20 minutos para llegar al lugar que desee; en efecto! No quiero volver a sentarme en mi auto por una hora para transportarme de Cholula a la zona de Angelópolis y atravesar esa pequeña selva de asfalto en la que hemos convertido a la Puebla de los Ángeles. No quiero volver al campo de batalla que son nuestras avenidas a soportar el mal humor de las madres desesperadas que gritan a diestra y siniestra desde las 7 de la mañana que llevan a sus hijos al colegio, no sé si para lograr que los vehículos avancen más rápido o para dejarle claro a sus niños que el que grita más fuerte y más altisonante es el más listo.


Amixtlán, Ciudad entre nubes! Definitivamente me gustaría cambiar muchas cosas en este pueblo del pasado en el presente, al que he aprendido a amar a través de los años y de los amigos entrañables que ya tengo aquí. Desearía que tuvieran una clínica de salud a la que pudieran asistir siempre que lo necesiten y lo deseen, aún y cuando solo sea por sus dolores de espalda. También me gustaría que tuvieran baños salubres en la escuela y calles pavimentadas para que los niños pudieran llegar limpios a estudiar y en menos tiempo, que no faltara la comida por falta de un buen camino que propicie el comercio y que el idioma no fuera una barrera sino una oportunidad. Pero con todo esto no quisiera quitarle a esta Ciudad su cercanía con las nubes y la tranquilidad, la amabilidad de su gente que ya quisiera que tuviéramos los citadinos aún y cuando no calzáramos shimmy shoes.


¿Cuándo lograremos los mexicanos asumir nuestro sincretismo y explotarlo en nuestro propio beneficio en lugar de huir de él? El tutunakú ha logrado mantener su presencia dentro de nuestro territorio como parte de una población pluriétnica y multicultural; son sobrevivientes, es por eso que le cuento que mas que ir a ayudar uno viene a este lugar a renovarse, a revalorar lo que uno tiene, a sumirse en este sincretismo que vive encerrado dentro de nosotros mismos y que suplica a gritos salir para mostrar al mundo de que estamos hechos los mexicanos. Así que mientras la Angelópolis sigue de luto por la muerte de la pobrecita ley de tacceso a la información, mientras seguimos buscando a nuestro próximo presidente de la Comisión Estatal de Derechos Humanos y mientras Usted amable lector sigue dañando su vehículo en cada uno de nuestros heroicos baches o sigue de imprudente circulando por la recta a Cholula llena de raíces, que al igual que nuestro sincretismo quiere romper el asfalto y salir a la vista de todos; yo seguiré aquí por un par de días más observando que también entre los límites del cielo y la tierra la ley termina, y comienza la falta de atención a las poblaciones diferentes a las nuestras, es este el límite en el que termina la ley y comienza la pobreza extrema y también la tranquilidad extrema; la terrible hambre y la amabilidad definitiva también inician aquí en la Sierra Norte de Puebla, en donde realmente comienzo a dudar de mi dicho respecto de que la ley no termina en ningún punto, pues me parece que aquí no es que la ley haya terminado en alguno, sino que nunca llegó aquí para garantizar el respeto a los derechos humanos y otorgar los mínimos servicios públicos que todo ciudadano debía de tener porque los merece.


Pero aquí el Totonaco sobrevive, como lo ha hecho por más de 500 años, sobrevive a gobiernos ausentes y a una sociedad disidente.

    



 
 

 

 
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