Duelo de Espadas


Edmundo Dantés


Aprendizaje


En política, como en todas las cosas de la vida, las victorias y derrotas no son eternas y tampoco se obtienen por la fortuna o casualidad, sino que es necesario prepararse y trabajar para triunfar.

 

Por ende, los conflictos internos que se viven en este momento en el PRI y PAN por la sucesión del 2010 (no del 2012, como erróneamente se ha escrito por ahí) no tienen razón de ser y reflejan que en ninguno de los dos partidos mayoritarios en la entidad se han leído correctamente las lecciones de las dos últimas elecciones.

 

En el 2006, el panismo arrasó al quedarse con 12 de las 16 diputaciones federales, después de que el tricolor vivió un proceso interno tortuoso, que lo llevó a escisiones importantes y, finalmente, a la derrota más grande en su historia en una elección federal.

 

La imposición de candidatos y la exclusión a los diversos grupos  hicieron que cuadros valiosos (desde el punto de vista electoral) dejaran el partido o no lo apoyaran, como Rafael Moreno Valle, Concepción González Molina, Benita Villa Huerta, entre otros, quienes dejaron al PRI o respaldaron a otras fuerzas que sí aceptaron incluir a sus respectivos equipos y estructuras.

 

En la contienda del año pasado, afectado por una gran soberbia,  estulticia y por la falsa creencia de que tenía ganadas la mayoría de diputaciones y las dos senadurías en disputa, el priismo se preocupó más por el exterminio interno que por enfrentar a un panismo al que consideraba derrotado de antemano.

 

En contraste, como en todo el país, los panistas de Puebla se unieron en torno a la candidatura de Felipe Calderón Hinojosa y, como el mismo Manuel Espino lo reconoció, hasta cooptaron a priístas y perredistas inconformes. La unión interna y el “cachar” a seguidores de otras corrientes contribuyó a una clara victoria del PAN en la entidad.

 

Apenas un año y tres meses después, de manera errónea, los panistas de Puebla creyeron que la inercia ganadora del 2006 se trasladaría al 2007 y que ganarían la mayoría en el Congreso local, después de obtenida la del federal. Incluso, varios dirigentes y líderes del albiazul pregonaban que “hasta con un burro como candidato” recuperarían la capital de la entidad.

 

Afectados por una gran soberbia, triunfalismo y disputándose posiciones que ni siquiera se sabía si ganarían, los grupos al interior del PAN reactivaron una guerra intestina que, hasta el momento, no ha concluido y que contribuyó – sin duda- a su peor derrota en contiendas locales desde 1995.

 

En contraste, quizá porque sabían que era muy difícil ganar y que por primera vez en la historia de la entidad estaba en peligro la mayoría en el Congreso local, los grupos priístas alcanzaron acuerdos mínimos de unidad e inclusión, que los llevaron a no sufrir escisiones, a postular a candidatos con posibilidades de triunfar y a una campaña exitosa.

 

La diferencia entre el priísmo de 2006 y de 2007 es una: en la última elección todos los grupos, liderazgos y dirigentes importantes se interesaron en triunfar e hicieron lo que estuvo a su alcance para conseguirlo, pese a sus disputas previas y aspiraciones políticas futuras.

 

Marinistas, dogeristas, zavalistas, monteristas, menensistas y melquiadistas, entre otros, lucharon por una victoria que les garantizaba a todos posiciones en la próxima Legislatura y en los ayuntamientos. La unidad en torno a un objetivo era indispensable para tener una posibilidad de triunfo y la consiguieron.

 

La diferencia entre el panismo de 2006 y 2007 fue que no hubo un candidato, dirigente o liderazgo que los uniera en torno al objetivo de ganar. Los panistas tradicionales fueron dinamitados por el Yunque y, en consecuencia, se abstuvieron de apoyar a candidatos que no eran los suyos.

 

Con evidentes trampas y fraudes internos, el Yunque se quedó con todas las candidaturas, que al final de cuentas de nada le sirvieron al derivar en derrotas. Anateresistas, frailistas y otros sectores del PAN se cobraron su exclusión dejando huérfano de liderazgos a un aspirante que de suyo era malo, impopular y nada carismático.

 

En este contexto, no se necesita ser un genio para enfatizar que la exclusión y el divisionismo se transforman en derrotas, mientras que los acuerdos, la unidad e inclusión generan victorias.

 

Sin embargo, en ninguno de los dos partidos parece haberse aprendido esta sencilla lección. A eso se debe que tanto en el PRI como en el PAN suenen tambores de guerra adelantada por el cobro de supuestas cuentas pendientes y una sucesión gubernamental bastante lejana, ya que a la actual gestión le falta más de la mitad.

 

Además, la elección federal del 2009 no será – ni con mucho – un paseo para el PRI, porque se enfrentará a un panismo reestructurado y fortalecido con el poder de la presidencia de la República. Incluso, es esperable que Felipe Calderón Hinojosa imponga a varios de los candidatos panistas a través de Germán Martínez, con la finalidad de obtener la mayoría parlamentaria.

 

Estocada

 

Quienes festinan el fallo de la SCJN en el caso Cacho y lo repiten (o escriben) en todos lados y hasta quienes lo defienden, incurren en una gran estupidez y soberbia, porque lo hacen como si fuera una “gracia” la indignación y el rechazo ciudadano que el asunto causó en todo el país.

 

Los que enfatizan que gracias al fallo de la Tremenda Corte un determinado precandidato del PRI será gobernador a partir del 2011, se equivocan al creer (o hacer creer) que la mayoría en la opinión pública poblana comparte el veredicto de los magistrados o apoya la manipulación del poder del Estado a favor de un protector de pederastas y en contra de una defensora de los derechos infantiles.

 

En muchos sentidos, el caso Cacho condicionó la actuación política y gubernamental durante casi dos años, por ende; sería patético que también condicionara la sucesión estatal, sobre todo cuando la más elemental lógica marca que lo que debería hacerse es superar el trance, dejarlo atrás y no tratar de lucrar o cobrar apoyos con él.

 




 
 

 

 
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