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Estrategia: dinamitar a Blanca Alcalá

Una vez que careció de los pantalones para encabezar al PRI en la elección de noviembre, Javier López Zavala se ha dedicado a tratar de imponer a sus candidatos (no necesariamente a los del gobernador) en los distintos distritos y municipios de la entidad y, muy probablemente, intentará hacer lo mismo en la planilla de regidores de Blanca Alcalá.


Resulta curioso que el mismo personaje que no quiso ser candidato a la alcaldía porque sabe que su capital político no le alcanza para ganar, ahora trate de venderse como el “estratega” que conoce qué candidaturas le convienen al partido y reactive su guerra mediática-política contra los grupos priístas que no ceden a sus caprichos personales.


Si por un lado es normal que entre los diferentes sectores de un partido haya disputas por las nominaciones, no lo es que, a nombre del gobernador, un funcionario intente secuestrar al PRI, tomar como rehenes a las dirigencias estatal y municipal y sembrar sus imposiciones, como preámbulo de lo que es el lanzamiento de su candidatura adelantada por el gobierno estatal.


A López Zavala no parece importarle el dinamitar la campaña de Blanca Alcalá, con tal de colocar a su gente en los dos únicos distritos (el segundo y el tercero) que le garantizarían una curul en el Congreso local, pese a la derrota total del partido. Su proyecto político personal le es más importante que el PRI.


De entrada, resulta difícil que alguien, incluida la propia Alcalá Ruiz, piense que el secretario de Gobernación tiene la clave para vencer al PAN en la ciudad y sus demarcaciones electorales, ya que, si así fuera, el candidato habría sido él y se negó a aceptar la postulación cuando vio que él no ganaría, pese a que le fueron cumplidas todas las condiciones para que contendiera.


Este contexto permite hacer varios cuestionamientos: ¿quién es el verdadero operador y/o representante electoral del gobernador?, ¿los precandidatos zavalistas son los del mandatario o su funcionario supuestamente más cercano trata de quitarle el derecho no reglamentado de definir las postulaciones priístas?.


 ¿Realmente existe el deseo de integrar una lista de aspirantes que garantice la unidad interna básica que, a su vez, le dé al PRI la posibilidad de competir o la línea es que, una vez entregada la plaza, hay que agandallarse los despojos del poder perdido?. Lo que queda claro es que este tipo de guerras intestinas y de imposiciones solamente benefician al PAN.

 

Hace pocos días, el blanquiazul vivió un proceso interno desgastante, que desnudó a su candidato a la alcaldía y dejó heridas que no sanarán y que podrían y deberían ser usadas por el priísmo, para capitalizarlas políticamente, claro, si hubiera un operador electoral eficaz interesado en fortalecer al partido y dispuesto a poner sus aspiraciones personales en segundo plano, cuando sea necesario.


En contraste, el tricolor padece una guerra de tribus que puede llegar a ser aún más sangrienta que la del PAN. La semana pasada, en este espacio se enfatizó que las de por sí escasas posibilidades de triunfo de Blanca Alcalá estarían condicionadas a la unidad e inclusión, algo que todo hace pensar que no se concretará por una disputa sucesoria adelantada y alentada desde la segunda oficina más poderosa del gobierno estatal.


Ante los intentos de dinamitar su campaña, Blanca Alcalá y los priístas realmente interesados en que su partido siquiera compita deberán buscar la conformación de candidaturas ganadoras, representativas de todos los sectores del partido y promotoras de una verdadera unidad. También se necesita que alguien ponga en orden a los grupos internos.


De lo contrario, las imposiciones y exclusiones se convertirán en lozas que terminarán de sepultar al PRI en la ciudad y ratificarán su tendencia a pelear solamente por la segunda o tercera fuerza electoral, sobre todo si se concreta la alianza de izquierda, ésta postula a un buen candidato y se dedica a explotar las inconformidades intestinas y los rechazos sociales de sus dos principales adversarios políticos.

 

Y aunque el PRD siga sin ser competitivo, de poco consuelo le servirá al PRI desbancarlo del segundo lugar y consolidarse como escolta del PAN. Además, incluso de cara a la sucesión de 2010, de poco o nada les servirá a los priístas un partido en caída libre, desprestigiado y dividido.

 

 

 

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