Por las entrañas del poder


Jesús Ramos

05/01/2011

 

Si ser político o funcionario fuese pecado, cuántos quisieran ser pecadores…


¡Murió el gobernador, viva el gobernador!, destacará en cosa de días la prensa poblana, mientras el respetable pondrá cara de what, rascándose la cabeza o el ombligo como cualquier otro día de la semana en actitud valemadrista. Y es que siendo honesto a Juan el bolero como a doña Rita la de las quesadillas, le vale un soberano cacahuate que Mario Marín se vaya y que Rafael Moreno Valle llegue a la gubernatura por más tinta que se riegue y más ondas hertzianas que se esparzan. ¿Ellos –sinceramente- qué pitos tocan en el cambio de poderes? Ninguno.


Así es la política. Es de unos cuantos. No de todos. El grueso de la sociedad la detesta y repudia, no por otra cosa, sino por su significado. Ser político en México equivale a meter la mano al inodoro sin hacerle gestos a los cuerpos extraños y a los olores fétidos, y los políticos lo saben. Por eso mismo no hacen fuchi al estrechar las manos de Salinas o Elba Esther, Rivera Carrera o la de un narco, la del Peje o la de Diego, la de Madero o la de Manlio. Ya se acostumbraron.


El ciudadano de a pie infiere que la política y la función pública son pillería, robo, hurto, sinvergüenzada, valemadrismo y toda clase de asquerosidades, pensamiento que no se remonta al amanecer de ayer sino a los testimonios ciudadanos lo mismo de Tijuana que de Chiapas, de Veracruz que de Oaxaca. La política y la función pública, con o sin corbata, con o sin percha, chaparrita o alta, güera o morena, uapachosa o harvardiana no es distinta, tienen el mismo significado.


Por eso mismo debe comprenderse que ser candidato es un concepto emocional, un pensamiento, un entendimiento y ser gobernante es otro totalmente distinto. En el primero de los casos, el sujeto tiene la esperanza de que su elección en la boleta le resulte mejor que el que está en funciones o de plano distinto a los demás políticos. Sin embargo cuando entiende a cabalidad que su elección dejó de ser candidato para transformarse en gobierno la percepción santificada de su candidato cambia al de un ente siniestro cobrador de impuestos, erróneo en la toma de decisiones e injusto en su forma de repartir los beneficios.


De Marín –a toro pasado- se dirá según le haya ido al interpelado en la fiesta. Fue una rata de dos patas y alimaña ponzoñosa, fue un pillo de siete suelas, fue prepotente y arbitrario, un hijo de la tiznada, que se entiende, un Freddy Krueger en empaque pequeño. La validez de las acusaciones equivaldrá a lo mismo que un comino por no habérselo dicho y escrito mientras fue poderoso y los marinistas se transformarán de sapos de pantano en príncipes morenovallistas sin beso de princesa que medie. Obvio, no faltará quién sostenga valeroso que Marín fue un chingón. Y se vale.


A Moreno Valle -político en funciones, trajeado de gobernador- el respetable lo someterá a la prueba del ácido para ver si como ronca duerme, y si bien espera de él progreso, beneficios y transformación de su estado que bien lo merece, antes que todo eso estará pendiente –lo mismo que críticos, académicos e intelectuales- de que meta a la cárcel a Mario Marín, no al secretario fulano de tal o al subsecretario “x” sino a su antecesor por ser presa de caza. Si no lo hace, se pensará mal de Marín, pero más de él.


A pesar del mal concepto que embadurna a los políticos y funcionarios, si ser uno de ellos fuese pecado, cuántos quisieran ser pecadores aún siendo Legionarios de Cristo, Hijos de la Vela Perpetua y Yunquistas de cuño que de pecados saben, y mucho.


¡Brindemos por el año que comienza!, porque nos traiga ensueños, diría Aguirre y Fierro en su conocidísimo Brindis del Bohemio. Y no sea su equipaje un cúmulo de amargos desconsuelos…   

 



 
 

 

 
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