Por las entrañas del poder


Jesús Ramos

10/11/2010

El secreto callado de Montero y Manzanilla


Que Mario Montero Serrano amenace con regresar a las andadas políticas en 2012 so pretexto de sus insuficientes 200 mil votos cosechados en las urnas no implica que no haya superado su traumática derrota municipal, sino más bien pudo haber cometido una indiscreción que de manera indirecta rebota en la techumbre del operario morenovallista por excelencia, Fernando Manzanilla Prieto.


Intentaré explicar por qué.


Montero y Manzanilla tienen un secreto callado desde la noche misma del 4 de julio cuando juntos viajaron en la misma camioneta –Suburban color negra- de la casa de campaña al domicilio particular del candidato monterista que a esas horas, por cierto, conocía al dedillo la gravedad del descalabro que le había propinado El chico bonito, como cariñosa y extrañamente moteó Valentín Menéses a Eduardo Rivera Pérez.


Presumir la certeza de lo que Montero y Manzanilla platicaron en ese trayecto a bordo de la Suburban negra –con los rines bien cromados- sería un exceso de vanidad y arrogancia o el fascinante resultado de los hongos alucinógenos que hicieron tan famosa a María Sabinas, sin embargo, aunque yo no lo sepa me parece que sí puedo establecer dos escenarios posibles para aproximarme a su contenido real basándome en las circunstancias e intereses políticos por los que transitaban.


¿De qué hablan los políticos en tiempos políticos? De política, evidentemente. ¿De qué hablan los políticos el día de la jornada comicial? De los resultados. Luego entonces Manzanilla y Montero debieron haber hablado en el trayecto a la casa del candidato perdedor de la situación desastrosa o agradable, según el bando desde el que se mire, en que cabalgaban sus proyectos en ese preciso instante; es decir, de los resultados registrados hasta entonces tanto en la capital como en el interior de la entidad.


¿Vamos bien o nos regresamos?


Si la política no fuese tan maliciosa, pragmática y convenenciera como suele ser en nuestro país, desecharía que Manzanilla pudo haberle pedido a Montero que reconociera su derrota y la de Javier López Zavala en la ciudad de Puebla a cambio de alguna prebenda, en el entendido de que no hay político vivo que ofrenda su trasero a cambio de nada.


Reconociendo Montero los resultados adversos de la votación hacia su persona y hacia el partido, por añadidura se entendería que Zavala también habría perdido la gubernatura, que fue justo lo que pudo haber negociado Manzanilla con Montero en un momento tan crucial y tenso para la vida política del estado y los intereses en particular de Moreno Valle. Y, curiosamente, fue justo lo que ocurrió al día siguiente cuando Montero habló de la derrota suya, de Zavala y del PRI con la mayor naturalidad posible prometiendo, además, alejarse por un tiempo de la política.


Que Zavala aceptara su caída el martes, miércoles o 20 días después –francamente- ya no era necesario –y Moreno Valle y Manzanilla lo saben-, pues Montero la admitió por él. ¿Pero… –me pregunto- a cambio de qué Montero ofrendó carnes? ¿De la victoria democrática del estado? ¿De la alternancia política? ¿De la alternancia pacífica? ¿O de algún puesto político a futuro… por ejemplo, la senaduría?


Guste o no, laxe o estriña, Montero fue pieza fundamental para que Puebla diera el difícil paso hacia la alternancia democrática y pacífica, cuando todo apuntaba al fraude, los madrazos y la judialización. La promesa de una curul en Xicoténcatl a esa hora tan aciaga, pudo no venirle tan mal a un Montero apabullado que con creces tiene bien ganada su efigie en el Paseo de los Hombres Ilustres.

 

Ah, lo olvidaba, el otro escenario, pudo haber sido que Manzanilla fue a buscar a Montero para ofrecerle su hombro y consolarlo. ¿Usted, con cuál se queda?

 



 
 

 

 
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