Por las entrañas del poder


Jesús Ramos

14/01/2011

 

¡Por Narnia, narnianos! ¡Y por las vacas de doble ubre!


La batalla que los cultos y los intelectuales libran para que la Secretaría de Cultura no pierda su independencia carece de un elemento esencial: De rival. Es decir, no tiene un oponente morenovallista declarado como tal que haya desenvainado la espada y esté dispuesto a morir en el escenario bélico por la modernidad que pretende instaurar su rey: Rafael Moreno Valle, en su reino.


¡Por Narnia, narnianos! El rival no existe por una razón hasta cierto punto simplona.  Rafa y los suyos deben estar sopesando en su laboratorio del Hotel Presidentes la decisión de sostener la fusión de la cultura y la educación –como lo propuso Luis Carlos Ugalde- o renunciar a ella dejando por la santa paz a una y a otra dependencia con el fin de evitar desde el inicio del nuevo mandato una aspereza innecesaria con el segmento cultural.


Luego entonces, la mordedura y la comedera de uñas, se justifica. Si siguen adelante con la fusión, corren el riesgo de ser catalogados de impositivos y autoritarios, de insensibles y criminales de la cultura. Si frenan el experimento y no bajan la palanca, creerán que podrían ser tildados de débiles, faltos de carácter para gobernar y chabacanos en la toma de decisiones. Un dilema, sin duda.


Para Moreno Valle y los suyos, el experimento de unir como siameses a la cultura y a la educación resultaría exitoso. Para los defensores de la cultura y las artes no. Los últimos piensan que resultará una cosa deforme, un animal que muja sin que sea vaca, que tenga cuernos  en las quijadas, que se espante las moscas con la cola en un sitio donde no tenga ano y que mastique acero en lugar de alfalfa.


¿Quién tiene la razón? Es lo que los intelectuales no quieren averiguar. Y tal vez, porque saben su resultado. Ya lo vivieron. Y no están dispuestos a permitir que los laboratorios sexenales transformen las vacas gordas y pesadas en vacas transgénicas de doble ubre, una por el gañote y otra por la cola, y que para colmo ni su carne ni su leche sirvan para un carajo.


Retomando el tema de la ausencia de rival, rivalizar en la política no es difícil, un político avienta una bronca y nunca faltará otro político que impulsado desde las patas traseras salte por los aires y la atrape con sus temibles fauces dispuesto a revolcar o a ser revolcado. Con los cultos y los intelectuales no es lo mismo, y no lo es, porque un político y un letrado no son pares, no son iguales. El culto tiene prestigio, el político no. La ventaja es del primero. Ese, es el motivo fundamental para que la bronca siga sin oponente y sin definición.

 

No sé por qué, pero presiento que la palanca no será bajada, lo que implicaría que –en caso de consumarse- ya le estén buscando a la cultura poblana un experimentado y paciente jalador de vacas gordas, lentas y pesadas, no importando que sepa o no leer,

 



 
 

 

 
Todos los Columnistas