Por las entrañas del poder


Jesús Ramos

14/05/2012

 

Juanes vs Melquiades, ¿quién da más autógrafos?


Hacía tiempo que no platicaba con Melquiades Morales. Y ayer lo hice. Fue como retroceder al pasado, en el hoy, y como adelantarme al futuro sin despegarme del presente. Al final corroboré pues que Melquiades seguirá siendo el mismo aunque el tiempo sea devorado por las recias mandíbulas de los días y las horas.


—¿Cómo está Tecamachalco…? —dijo, con esa su sonrisa de siempre, que vuelve corderos a los leones.


Melquiades es Melquiades. Un fenómeno de masas. Es hijo del pueblo, ni duda. Todos quieren tomarse fotografías con él. Va a los mítines del PRI a apoyar a los candidatos a diputados y senadores y termina más ovacionado que ellos. En un mano a mano de autógrafos Juanes vs Melquiades, la fila más larga sería del poblano. ¿Alguien lo duda?


Tiene tantas anécdotas como estrellas la bóveda celeste. Su memoria es fresca como una legumbre. En los eventos políticos sigue saludando (por nombre y apellido) a compadres, comadres, ahijados y amigos suyos como quien saluda a un ser amado. Es efusivo y cariñoso. Su autenticidad lo consagra.


El trayecto de Amozoc a San Miguel Canoa fue un suspiro. Pero lo mismo hubiera sido de Mérida a Baja California. No hay tiempo que alcance para escucharlo. Melquiades es un político al que se le debe dar tiempo y cuerda para que hable y se explaye, para que se le vea en su interacción con la gente y para aprenderle.


—¡Adiós, Pedrito! ¿Cómo estás, Tere? Compadre, qué milagro, ¿cómo está la familia? —grita espontáneo con o sin micrófono en mano en medio de la muchedumbre, a mitad del gentío, entre olores picantes, tamales, carnitas y chicharrones. Así es él. Y lo mismo ocurre (dicen los que lo han visto) en centros comerciales y fiestas de alcurnia. Su saludo es cálido.


¿Qué lo hace diferente a los demás colegas suyos? Fácil. Melquiades hace clic con la gente por ser auténtico. No finge, se presenta y habla como es. Socializa a ras de cancha sin impostaciones ni libretos. Abraza con ternura y da consuelo. Igual disfruta el caviar que las memelas, el saludo del pobre que el del rico. Tiene alegría y la trasmite.


No cabe duda que a la política le hacen falta más Melquiades. Y urge. Si PRI, PAN, PRD y, en general, el resto de los partidos los tuvieran, sus preocupaciones por ganarse a los electores y triunfar en los comicios serían insignificantes. Lamentablemente para ellos, Melquiades sólo hay uno. ¿Cuándo surgirá otro?


—Sigo leyendo sus columnas —me dice, y lo demuestra.


Yo lo agradezco.

 



 
 

 

 
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