Por las entrañas del poder


Jesús Ramos

20/08/2010

Agüera y Doger, dos hombres cojonudos

Conforme avanzan los días, el parecido entre PRI y PRD se vuelve cada vez más excepcional. Basta comparar lo que ocurre entre las tribus chuchistas, lopezobradoristas, monrealistas y ebraristas para darse cuenta que esa misma ferocidad y gula trasciende en este preciso instante en las cofradías marinistas, melquiadistas, beatrizistas y dogeristas, y que igual que sus colegas del sol azteca le apuestan más al canibalismo que a la política.


La similitud es tal, que si a los priistas –alguien ocioso y sin quehacer- les colgara la etiqueta perredista en su sede de la Diagonal Defensores de la República no habría manera de diferenciar quién es quién, pues su comportamiento es semejante a felinos hambrientos donde unos se tunden y arañan a otros y, esos otros, al que se deje. La que impera en sus partidos pues, es la ley de la selva.


Obsérvelo usted mismo. En el PRD los que agitan la gallera e incendian los establos se conocen por sus apellidos: Barbosa, Cotoñete, De la Rosa, Méndez, García, Moreno y Avilés. Y en el PRI, los que ya le prendieron la cola al diablo no se arredran ni se enroscan, están prestos para atacar y contraatacar: Marín, Alcántara, Morales, Talavera, Alducin, Doger, Alcalá, Armenta, Zavala y Fernández del Campo.


¿Qué riesgo corren los perredistas? No es jalada: Que los priistas les copien su radicalismo a ultranza y su inquebrantable deseo de guerrear y que al rato, allá tras lomita, les pidan –o les exijan, según se dejen- los secretísimos manuales políticos de Cómo fundar una corriente ideológica, Cómo chingarse al contrario, Cómo tomar de rehén al partido, Cómo hacer negocios con el gobierno y Cómo decir a todo que no.


Danger, sustancia tóxica. Los priistas también tienen peligros que afrontar. Ejemplo: Que los perredistas los utilicen como carne de cañón en los futuros procesos electorales para quitarle votos al PAN. Que los perredistas manipulen corrientes ideológicas en el priismo que aplaquen a los priistas pragmáticos. Y, por que no, que los perredistas les cambien su edificio de la Arena Puebla por el de la Diagonal, al que Armenta le colgó un calendario digital con reloj y toda la cosa.


Lo que se ve no se juzga. Los dioses debieron haber enloquecido para al menos dar cabida a la idea de transformar a los perredistas en priistas y a los priistas en perredistas. ¡Carajo tío! Si eso se consumase, no faltaría quién adelante pudiera preguntar: ¿A qué tribu te refieres, a la del PRI o a la del PRD? ¿Cuál corriente, la de Chucho Morales o la de Miguel Ángel Barbosa? ¿Qué tribu, la de Fernández del Campo o la de Méndez Espínola?


Para allá van los priistas, también los perredistas.


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Dice el analista y estudioso de la Guerra Sucia, Andrés Valdés, de la Universidad de Guadalajara, que lo que no mancha tizna. Y el escándalo o guerra intestina que trasciende a toda vela entre el rector Enrique Agüera y Enrique Doger corre el riesgo de tiznar a ambos, más allá de quién de los dos tenga la razón o se acuse al que inició la guerra.


Y afecta a ambos, porque la insistencia de aclarar que Agüera no lava dinero ilícito ni se ha enriquecido a costa de la Buap o que Doger nunca hizo negocios con narcotraficantes, son temas que si llegasen a repetirse mil veces, como dijo Goebbels, corren el riesgo de convertirse en verdad –aún siendo mentira.


La postura asumida por Agüera es varonil, de cojones pues, es hombre acostumbrado a no dejarse, pero Doger también es un personaje que no pone la otra mejilla ni se rinde a la primera de cambio; sabe cuándo y dónde pegar; le gustan los madrazos. Aquí lo grave estriba, en que quién en teoría gane la batalla –Agüera o Doger- pondrá en peligro de muerte su reputación


Al tiempo.

 



 
 

 

 
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