Por las entrañas del poder


Jesús Ramos

21/09/2011

 

¡¡Orden en la sala, acusar a uno sin juzgar al otro, resulta injusto!!


¡Qué me disculpen aquellos que señalan al gobernador Rafael Moreno Valle como el Mala leche del Grito de Independencia! Él, quiso lucirse solo, sin nadie que le estorbara ni le eclipsara, y si al presidente municipal Eduardo Rivera Pérez le faltó carácter para hacer valer su calidad de anfitrión no es culpa del mandatario.


Si el alcalde permitió que el mandatario hiciera uso del ayuntamiento como si fuera Casa Aguayo y metiera la mano hasta la cocina, gozaba de la libertad y el permiso de hacer del Grito lo que le viniera en gana, incluso, de exigirle que no le estorbara en su noche de gala.


Me sorprende que quieran hacer ver a Moreno Valle como un mala leche, como un tipo gandalla, abusador del desvalido alcalde. ¿Qué acaso Rivera Pérez no participó en la comedia del 15 de septiembre? ¿Qué está manco o carece del mismo par de argumentos que sí tiene el gobernador? ¡Por favor señores! ¡Seriedad! ¡¡Orden en la sala!!


Quién dijo que reflexionar el acontecimiento sea fácil. Debe verse desde las dos perspectivas para entenderse. El gobernador quiso hacer de esa noche, su noche, y lo logró. Dijo a quiénes quería cerca y a quiénes lejos, marcó su raya, y si el edil no se animó a saltarla fue su problema.


Me parece que los dos tienen responsabilidades en lo que la gente observó en el balcón del Palacio Municipal; Moreno Valle, por mostrar públicamente su lado egoísta y mezquino; y Rivera Pérez, por no defender, ya no digamos su investidura de alcalde de la cuarta ciudad más grande del país, su dignidad como persona.


No haber visto en sexenios anteriores cosas como esa, no implicaba que no las pudiéramos atestiguar en éste. Ponerle un sello distinto al evento, cambiar las reglas de urbanidad política y hacer del Grito un Grito distinto tal vez no sea tan malo (demos el beneficio de la duda) en un mundo que constantemente evoluciona, se transforma y cambia.


Para mala suerte de ambos, la polémica surgida del Grito enriquece el concepto tibio de un alcalde que por necesidad debe fijar, de una vez por todas, su relación con el Ejecutivo sea cual sea el costo; y, de un Moreno Valle que a ese tranco corre el riesgo de agotar su bono democrático antes de cumplir el año, con adjetivos y calificativos que superen las preciosidades de Mario Marín.

 

Acusar a uno sin juzgar al otro, resulta injusto. Lo que tendría que enseñar el lamentable acontecimiento, al respetable, es que los gobernadores y los alcaldes también se equivocan, pero siempre tendrán otra oportunidad para corregir mezquindades y aguas tibias. ¿O no?

 



 
 

 

 
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