Por las entrañas del poder


Jesús Ramos

21/11/2012

 

A Manzanilla se le quiere, y bien


Hace meses se oyó decir —y fuerte­— que Rafael Moreno Valle y Fernando Manzanilla estaban disgustados. La primicia fue de todos y de ninguno; incluso, se la pelearon. Sin embargo quienes le dieron cuerda al rumor creyeron la especie como aquel que cree en genios mexicanos atrapados en lámparas arabescas similares a la de Aladino.


Manzanilla por ese entonces tripulaba la curva más alta de la sobreexposición mediática, Enrique Peña Nieto ya había ganado la presidencial y la conducción del país comenzaba a visualizarse con gente nueva (como Videgaray, Osorio Chong y Navarrete) pero con sobrado oficio negociador y político.


Fue ahí, es de suponerse, cuando al gobernador pudo habérsele ocurrido bajarlo, y de inmediato. Es decir, cambiarlo a la brevedad por otro que también quisiera ser presidente municipal de Puebla, y como los que ya estaban anotados eran José Antonio Gali y Jorge Aguilar Chedraui pues fue a ellos a los que agarró para sustituir a su amigo y cuñado. De aquí soy.


Contrario a lo que ven otros colegas míos, yo siempre he visto a un Moreno Valle demostrándole lealtad, aprecio y cariño a Manzanilla. Lo quiere y bien. Y si lo bajó en ese entonces fue para protegerlo de la nueva clase política que se avecina como las ventiscas con la llegada de Peña Nieto. Clase política que gusta de negociar antes de enfrentar.


La sobreexposición que ahora tienen Gali y Chedraui, en los quehaceres de sus respectivas secretarías y en las ceremonias oficiales, fue la misma que tuvo el secretario general de gobierno en su momento. Son ellos los que ocupan el lugar del que fue bajado no por ser más o menos, por estar más bonitos o feos, sino por ser el recurso político que hoy justamente necesita el mandatario.


Decidir quién de ellos será candidato no es una decisión de puntos ni de números, es de lo que pida y mande la nueva clase política nacional de la que hablamos líneas arriba. Si la negociación da para que Manzanilla sea candidato y luego alcalde, lo será. Subirá de nuevo a la palestra. Si no, igual pueden serlo Gali, Aguilar o hasta Anatere. Da igual. Perder no es una opción, no para el aliado entrañable del gobernador, y sí (penosamente) para los demás.

 

En política la lealtad y el cariño pueden ser leídos como se quiera. O no ser leídos. Aquí el asunto estriba en cómo se entienda. Si Manzanilla no habitara el corazón de Moreno Valle seguiría siendo el primero en sobreexposición, en encuestas, en ceremonias oficiales, en espaldarazos, en adhesiones, pero como si lo es, hasta disgustos, huidas y peleas le inventan para protegerlo.

 

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