Por las entrañas del poder


Jesús Ramos

28/03/2011

 

Doy la razón a Moreno Valle


Sobre los secretarios de gabinete pesa la advertencia de que no pueden declarar a los medios de comunicación nada que no esté debidamente autorizado, no digamos por Norberto Tapia, el coreback de prensa oficial y cliente preferido del periódico Reforma, sino por el mismísimo gobernador Rafael Moreno Valle. Esa, es la razón de que de ellos poco se sepa incluyendo el nombre. ¿O me equivoco?


Al principio pensé que ésta era una más de esas modas de temporada, “Es un lujo, pero creo que lo valgo”, al estilo del Palacio de Hierro, de los Ejecutivos en turno que por ser novedad usan y desechan en una misma estación del año y que en el inicio de sus mandatos tanto Mario Marín como Moreno Valle, cosa curiosa, coincidieron en implantar, más por egocentrismo y vanidad que, por estrategia y marketing de gobierno.


Recordemos.


El protagonismo –y atragantamiento de poder- de Marín fue tal que, en sus primeros meses, incluso llegó a cabecear los boletines de gobierno a la par de girar instrucciones, nomás por decir, al Sol de Puebla y a El Heraldo, sobre las ocho columnas del día siguiente. Él, pensaba que la única estrella que debía brillar en el firmamento era la suya. Ninguna otra, incluyendo la de Enrique Doger, entonces alcalde, con quien disputó y jaloneó la agenda mediática durante tres años, motivo superfluo por el que terminaron peleados.


Moreno Valle optó por implantar la misma norma. Nadie por encima de él. Ninguna estrella con más luz que la suya. Ningún miembro del gabinete puede ni debe declarar si no cuenta con su permiso. ¿Exceso? ¿Protagonismo? ¿Enfermedad? ¿Cojones coño? ¿O de huevos? Pareciera, sí, pero no. Francamente no lo comprendía, sin en cambio ahora lo comprendo. Y me parece que tiene toda la razón en censurar la expresión pública de sus funcionarios.


Y le doy la razón tomando como ejemplo a dos miembros de su gabinete: Pablo Rodríguez Regordosa y Ardelio Vargas, uno secretario de Economía, el otro de seguridad. Veamos. Pablo disparó en un solo día dos inferencias de lenguaje elaboradas por su pírrico inconsciente al acusar a los trabajadores y empleados de Volkswagen -arrasando con todos por igual- de haberse robado los 10 millones de pesos que la empresa Tameme introdujo la madrugada del viernes a la planta armadora para cubrir sueldos.


Decir lo que pensamos no siempre es lo mejor, decía Nietzsche. Y máxime cuando se es engrane de una misma maquinaria, como lo es el yunquista Regordosa, y sabedor que las declaraciones oficiales pueden poner en predicamento a lo que representa, en este caso a Moreno Valle y a su gobierno.


La otra inferencia poco sesuda del mismo secretario de economía fue haberle pedido de manera pública al empresario Ricardo Henaine que se pusiera “Flojito y cooperando”, aludiendo la negociación de sus acciones en el aeropuerto Hermanos Serdán de Huejotzingo con el gobierno estatal, como si no supiéramos la gran mayoría de los mexicanos que “Flojito y cooperando” tiene implícitas connotaciones sexuales de baja ralea, es decir, no poner resistencia al coito. ¿Dónde extravió Pablo lo puritano y divino que le inculcó el Yunque? Solo Dios sabe.


Lo  mismo ocurrió con Ardelio Vargas. Tres veces ha hablado. Y en las tres la ha regado. La primera, cuando se comprometió a regresar la tranquilidad a Palmarito Tochapa, y es la hora en que aquella comunidad sigue metida en problemas cada vez peores de delincuencia e inseguridad. La segunda, cuando en lugar de atrapar criminales y rateros en la 46 poniente, detuvo boleros y transeúntes. Y la tercera, cuando al fungir de orador en el natalicio de don Benito Juárez comparó en su discurso a Puebla con Sinaloa, Guerrero y Tamaulipas en la lucha que el estado libra con el narcotráfico siendo que sus realidades son distintas. ¿Alguien ve en Puebla que Ardelio luche contra el narcotráfico? Yo no. 


Para concluir. Le doy la razón a Moreno Valle, si como Pablo y Ardelio hablan mejor que no hablen.

 

Autoría intelectual


No se vale que los diputados locales hayan apodado a, mi paisano y connacional, Inés Saturnino López Ponce: “El diputado Cantinflas”, nomás porque cuando sube a tribuna no le entienden ni pizca lo que quiere decir como ocurrió con el tema de la tortilla. A Inés con ejercicios orales (…) (me refiero a que practicando con un lápiz en la boca) se le puede quitar su inconveniencia para comunicarse, pero a sus compañeros diputados su falta de finura y descortesía con que tratan lo primitivo no se les quitará nunca. No. Inés no tiene la culpa de ser cómo es, lo que pasa es que es muy auténtico.

 

Codo a codo, hombro a hombro, del lado del jodido, del ignorante pues, del oprimido, aquí estaré con la pluma desenvainada desde esta humilde tribuna para responder a faltas de respeto y agravios. No me rajo. ¡No! Si entre paisanos no nos echamos la mano, ¿quién? ¿Bromas a un diputado? ¡Nunca! Hasta aquí la defensa. Por hoy…

 



 
 

 

 
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