Freakonomics


Stephen J. Dubner y Steven D. Levitt / NY Times


Comiendo más, comiendo menos

 

 

Para combatir el calentamiento global se deben establecer impuestos a los ejercicios recreativos


Un artículo reciente en la revista médica Lancet, que se publica en el Reino Unido, sostiene que la obesidad está contribuyendo al calentamiento global pues los gordos consumen más calorías.


Como la producción de alimentos libera carbón, eso significa que una persona que come demasiado contribuye más al calentamiento global que una persona que no lo hace.


Digamos que la producción de alimentos es responsable por el 20 por ciento de las emisiones causantes del efecto invernadero. Según el Departamento de Energía de Estados Unidos, las emisiones de gases industriales en Estados Unidos en el 2006 fueron de alrededor de 7 mil millones de toneladas métricas de anhídrido carbónico. Si la producción de alimentos representa 20 por ciento de estas emisiones, entonces dicha producción causó el lanzamiento a la atmósfera de mil 400 millones de toneladas métricas de anhídrido carbónico.


Según Wikipedia, el costo social —o el costo a los individuos y a la sociedad— de una tonelada de anhídrido carbónico es de 12 dólares. Por lo tanto, los gases industriales lanzados a la atmósfera para fabricar comida en Estados Unidos durante el 2006, representaron un costo social de 16 mil 800 millones de dólares.


Hay unos 300 millones de estadounidenses que consumen alrededor de mil 500 calorías por día. Si mis cálculos son correctos, el impuesto apropiado por calentamiento global sería de alrededor de un dólar por cada 10 mil calorías consumidas.


Según el artículo de The Lancet, los gordos consumen alrededor de 400 calorías extra por día. Entonces, los impuestos apropiados para un obeso teniendo en cuenta su impacto extra en el calentamiento global serían de algo más de un dólar mensual. En otras palabras, el efecto es demasiado pequeño.


Pero ya que intentamos atribuir culpas por el calentamiento global, seguramente deberíamos apuntar el dedo a quienes participan en ejercicios recreativos como correr o andar en bicicleta.


Después de todo, alguien que corre regularmente una hora diaria quema unas mil calorías extra —mucho más que una persona obesa—. Ese despilfarro en la quema de calorías debe ser desalentado si queremos salvar al planeta.


Por lo tanto, pido al próximo presidente de Estados Unidos que envíe al Congreso un proyecto de ley imponiendo un impuesto al carbono de 10 centavos por hora en todas las quemas de calorías recreativas. Para salvar al planeta, debemos alentar a las personas a quedarse sentadas en sus casas y quemar la menor cantidad de calorías posibles.
Steven D. Levitt

 

Un método no tan barato para adelgazar


Hace un par de años, escribimos sobre una investigación muy interesante hecha por Seth Roberts, un profesor de psicología de la universidad de California en Berkeley. Su experimento incluía un programa de pérdida de peso increíblemente simple, barato y aparentemente eficaz.


Más tarde, Roberts convirtió su método en un libro llamado The Shangri-La Diet. La dieta consiste en disminuir el apetito. La idea es ingerir regularmente pequeñas cantidades de agua azucarada o aceite de oliva. Eso engaña el estómago, y la sensación de hambre tiende a estabilizarse.


Ignoro si los científicos que desarrollaron el medicamento SLIM Shots, que disminuye el apetito, leyeron el trabajo de Roberts, pero sus premisas parecen similares: SLIM Shots es 100 por ciento natural seguro y adecuado para cualquiera. El medicamento contiene una fórmula patentada de aceite de palma purificado, aceite de avena y agua, y ayuda a perder peso o a mantener el peso.


Roberts me dijo que un fabricante californiano de suplementos estaba interesado en transformar su idea de la dieta en un producto dietético, pero la cosa no funcionó. Muy malo. SLIM Shots cobra aproximadamente 30 o 40 dólares por un suministro mensual de pequeñas tazas de aceite y agua. Al parecer, ese sector gana mucho dinero.
Stephen J. Dubner

 

Una académica hace la cosa correcta


Hace un par de años, Dubner y yo escribimos un artículo en la revista Slate elogiando a una notable economista llamada Emily Oster. Oster ha continuado haciendo un gran trabajo, y recientemente, ha hecho algo increíblemente raro para un economista académico: ha admitido que estuvo equivocada.


En países como la India y China, hay muchas “mujeres que faltan”. Esto es, nacen muchos más hombres que mujeres.


Oster escribió un artículo sosteniendo que las altas tasas de hepatitis B en China explicaban una gran parte del misterio de las mujeres no engendradas.


Los datos médicos sugerían que las mujeres con hepatitis B tenían más hijos varones: muchas mujeres en China están infectadas con la enfermedad. Eso hace que nazcan muchos hijos varones. Parecía una teoría loca la primera vez que la escuché, pero Oster acumuló evidencias de una variedad de fuentes para apoyar su razonamiento. Finalmente, su hipótesis fue publicada en el Journal of Political Economy, del cual yo era uno de los editores.


Luego vinieron una hueste de otros académicos, incluyendo mi amigo y ex estudiante Ming-jen Lin, que juntaron datos de nuevas fuentes que rechazaban las conclusiones de Oster.


Usualmente, estos debates se vuelven bastante ásperos y tardan en concluir hasta que a nadie más le preocupa, y ciertamente nadie admite que estuvo equivocado. Pero, para crédito de Oster, ella realizó un nuevo estudio a fin de obtener una respuesta más o menos definitiva.


Oster recolectó nuevos datos en China, y luego de analizarlos, determinó que no apoyaban sus conclusiones. Así que escribió un artículo diciendo exactamente eso.


Tengo gran admiración por Oster por haberse animado a hacer eso. Conozco muchas personas que no harían lo mismo. Esas personas no habrían emprendido un estudio para demostrar que sus resultados más importantes estaban equivocados. Y si descubrían un resultado negativo, seguramente hubieran tratado de enterrarlo.

Steven D. Levitt

 

(Traducción de Mario Szichman)

    



 
 

 

 
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