Freaks
Un clásico de lo grotesco


Zeus Munive


Ben, de rata asesina a rata enamorada


La historia bien contada debería ser relatada por Nadina, pero con respeto a ella me atreveré a platicar algo que sucedió el jueves por la noche en el bar del Fiesta Americana de La Vista Country Club.


Sería algo así como las ocho de la noche, cuando un conocido personaje del gabinete estatal arribó al bar.


Un grupo de siete constructores lo esperaban. Ellos ya habían tomado unas cuantas copas y acabado con los cacahuates que sirven de botana. Uno de los siete empresarios era quien llevaba la batuta. Y es que él aseguraba que con dicha reunión conseguirían el “cariño” del conocido funcionario.


El secretario, a quien de cariño llamaban Mi inge, saludó a todos un tanto nervioso, aunque eso sí, muy atento.


Quien llevaba la batuta de los constructores lo recibió, literalmente, con los brazos abiertos para darle un fuerte abrazo. “Mi inge, qué gustazo. Siéntate aquí en medio de todos.”


Dicho empresario tronó los dedos para llamar a la señorita que tomaba las órdenes:


—¿Qué vas a tomar?— preguntó el constructor amistoso.
—Un Appleton blanco con pura coca.
—Buena elección— replicó el empresario lambiscón.


A la segunda cuba que disfrutaba Mi inge. Aparecieron dos mujeres, dicen, hermosísimas: una alta de cabello rubio, y la otra más bajita pero de amplias caderas. Ellas llevaban vestidos que provocaban a cualquiera. La mujer alta se sentó al lado de Mi inge y la mujer de baja estatura se sentó junto con otro de los empresarios.


El líder del grupo interrumpió la acción, pues con golpear sus palmas dijo: “¡No, no, no! Tú chiquita —mirando a la chaparrita caderona— tú te sientas al otro lado de Mi inge”.


La joven siguió la orden.


—¿Cómo te sientes Mi inge? Como Pancho Villa, con tus dos viejas a la orilla.


Las carcajadas sonaron en todo el bar, y el funcionario abrazó a sus dos viejas, como cuadro de Pancho Villa, efectivamente.


“Pero a ver, chicas, muéstrenle sus encantos al ingeniero.”


Las muchachas se levantaron.


El funcionario le acercó la mano a la alta y le tocó tímidamente una de las nalgas —desconocemos si fue la izquierda o la derecha, pero la tocó—. Ella la apretó con fuerza y luego se la restregó en la susodicha nalga.


“¿Te gusta papi?”, preguntó incitando a Mi inge.


La mujer bajita le tomó la otra mano al funcionario y le hizo tocar una de sus bubis. Los constructores reían. El ingeniero ya más en confianza le tomó con más fuerza los pechos de la joven que sería para su diversión.


La tercera copa de alcohol llegó y Mi inge les acariciaba las piernas ya sin ningún rubor. La mujer alta le hizo una seña al líder del grupo y ella se levantó y dijo: “Vamos al cuarto, nos esperas. Nos vamos a preparar.”


La mente del lector de esta columna podrá fantasear como se le antoje: ligueros, lencería, colegialas, látex, cueros negros y hasta estoperoles. El nivel de perversión es libre.


Mientras Mi inge degustaba su última cuba de Appleton y los empresarios chanceaban con él, el celular del líder del grupo sonó: “Ya, ¿están listas?”.


Mi inge, pues te tenemos un presente de todos nosotros. Sabes que somos tus amigos y a los amigos se les conoce en la cárcel y en la cama. Así que si nos permites te tenemos un regalo por tu amistad y para festejar que saliste “avante” como dicen algunos amigos tuyos, en la comparecencia del pasado martes. Qué chinga les pusiste, hermano.


Brindaron por última vez y el ingeniero subió a la habitación en la que ya lo esperaban las muchachas ansiosas de cumplir con su trabajo.


Los constructores se quedaron ahí y comenzaron a pasar la charola para pagar el servicio tanto de las escorts como de las muchachas. Mientras, el líder se comenzó a frotar las manos: “Señores, ya chingamos. El negocio es nuestro”.


De pronto se escuchó: “Y Pepe, dónde chingaos está el pinche Pepe”. Los demás invitados levantaron los hombros y miraron de uno a otro lado.


“Pues díganle a Pepe que se chinga que ya no irá en el negocio.”


Los minutos pasaban y Mi inge no bajaba de la habitación, por ello el líder del grupo salió al lobby del hotel para llamar a uno de los guaruras de Mi inge.


—Amigo… pssst… pssst… Oiga amigo, ¿cómo cuánto se tarda el ingeniero en… usted ya sabe?


—Ah pus, como una hora. Una hora nomás.


El constructor dijo animado: “Lo esperamos”.


Tronó los dedos, traiga la cuenta, las de la casa, que lo vamos a esperar.


“Pinche Pepe, ora sí se chinga”, remató la escena.


El final de la historia se desconoce.


Aunque si la escribiera Nadina diría: “Salimos y una vez que vio a los constructores les dijo cosas que nunca ocurrieron.”

 



 
 

 

 
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