Genio y figura


Gaby Vargas

11/03/2009

EN TU MEJOR MOMENTO


“¡Estoy traumada porque ya llegué a los 30!”, le dice una joven a otra. “No, ¡espérate que llegues a los 35!”, le contesta su amiga. Mientras las escucho, pienso que estas jóvenes, no se dan cuenta de que apenas inicia la mejor etapa de su vida.


Si, desde que cumplimos los 30 años, el tiempo parece que nos persigue como una fiera. Pasando esa edad, hombres y mujeres sentimos la necesidad de correr más fuerte con la ilusión de que éste no nos alcance. Es ahí cuando, al vernos en el espejo, y sintiéndonos igual de jóvenes que siempre, comenzamos a tener pensamientos tipo “Siento que el cuerpo me está cambiando”, “Mi energía como que ya no es la misma”, “Ya no aguanto las desveladas como antes”, “Mi cuerpo requiere de más tiempo para reponerse y más esfuerzo para conservarse en forma” y otras tantos razonamientos que tratamos de reprimir.


En esta edad, comienza a gestarse la crisis de la mitad de la vida, que culmina alrededor de los 42 años.  Comienza el mediodía de nuestra vida y empiezas a vislumbrar que te haces “grande”.  Inexorablemente.


Como esta semana celebramos el Día Internacional de la Mujer, me quiero dirigir a mis queridas lectoras, sobre todo a las que atraviesan por esta etapa y sienten esa ansiedad que producen preguntas tipo ¿a dónde voy ahora? y temores como: “la vida no me va a alcanzar para realizar todos mis sueños, en especial si tengo hijos pequeños”, y otras tantas más.


Como ya he pasado por esa crisis -lo cual no garantiza que me salve de otra-, quiero decirte que, por lo general, cuando llegamos a los 42 años, no sólo sentimos muchas pérdidas, sino también lo que ellas acarrean: miedo a perder mi tiempo, la juventud, a que mis hijos se vayan… por lo que es común aferrarse al papel de mamá gallina y resistirse a ver que ellos ya no nos necesitan como antes.  Y si elegimos la opción de atender a nuestra familia de tiempo completo, sentimos que las oportunidades de tipo profesional y la vida se escapan. Así que se vive la maternidad con un sentido de pérdida, en mayor o menor grado.


Además, las mujeres que necesitan o deciden salir a trabajar, viven con el sabor del remordimiento. El caso es que si estoy aquí siento culpa y si estoy allá, también. En fin… Así, nos olvidamos de que antes que mamás, somos mujeres y que como dice la frase: “Gozamos poco por lo mucho que tenemos y sufrimos mucho por lo poco que nos falta”.


Para aliviar lo anterior, la sociedad de consumo te invita a comprar más cosas, a tener más dinero, a subirte a lo que yo llamo “El camión de los payasos”, al que todos nos subimos con máscaras. “¿Cómo estás?”, te preguntan, y tú contestas “Muy bien”, cuando no es cierto. La otra persona, al irse, se dice: “¿Cómo es posible que ella esté tan bien y yo no?”. El camión de los payasos. Y todo esta superficialidad, de momento, parece que borra los miedos. Pero no es cierto.


Si en lugar de angustiarte por lo que inevitablemente vas perdiendo, te enfocas en lo mucho que te falta por recorrer, por hacer, por crear, y te dedicas a ver todo lo que tendrías que agradecerle a la vida, comenzarías a darte cuenta de que estás en el mejor momento de tu vida.

 

Cómo me gustaría transmitirles a todas esas mujeres de treinta y tantos años que ya se sienten grandes y temen que la vida se les escapa que, sin importar la edad, la solución está en cultivar tu interior, en dedicarle tiempo y energía, en afianzarte en lo que eres, en ser más fuerte y firme en tu vida. Sólo así, podrás enfrentar cualquier tipo de pérdida. No hay de otra.

    



 
 

 

 
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