Inteligencia Financiera


Guillermo Barba

11/11/2011

Todo el mundo se pregunta: ¿dónde está nuestro oro?


La siguiente ficha del dominó está cayendo: Italia. Sin embargo, nadie debe sorprenderse por eso o por la volatilidad de los índices bursátiles, ni por los rendimientos récord observados los últimos días en los bonos soberanos de aquel país. Para nada. La crisis de los PIIGS (Portugal, Italia, Irlanda, Grecia y España) y sus efectos, fue anticipada por esa minoría de analistas que, por sentido común, sabían de antemano que la hora de la verdad y de pagar las cuentas, siempre llega. El tiempo, se ha cumplido.


En medio del nerviosismo que se genera, una pregunta comienza a hacer eco por diversas latitudes. Una como la que cualquiera se haría al encontrarse en un barco que zozobra: ¿dónde están los salvavidas? ¿Están donde deberían y hay suficientes? El silencio o las evasivas del capitán, desatarían el caos.


Así, los endeudados barcos financieros que se hunden tanto en Europa como en América, disparan las alertas de aquellos que cuestionan con insistencia: ¿dónde está nuestro oro? La cerrazón de la mayoría de las autoridades a contestar, desata toda clase de sospechas y expone su falta de transparencia con los ciudadanos a los que deberían servir. La poca difusión que se ha dado a esto ha evitado el pánico, pero no la avidez de los más avezados por comprar oro y plata físicos. Algo nos dicen las importaciones áureas de China desde Hong Kong, que entre julio y septiembre pasados ascendieron a 140 toneladas métricas; 20 más que en todo 2010.


Ejemplos de esas reticencias, sobran. Gracias al trabajo de periodistas independientes como Lars Schall, sabemos de la negativa del Bundesbank (banco central de Alemania) al revelar dónde se encuentra su oro. Esta semana la sección alemana del Financial Times retomó el tema y citó las palabras de Hans-Helmut Kotz, quien en 2004 dio la única pista oficial que se tiene, cuando afirmó que la mayoría de esas reservas se encontraban en Nueva York, Londres y París.


En Estados Unidos la causa es encabezada por el congresista Ron Paul, quien una y otra vez ha demandado auditar sin éxito la existencia y pureza de las 8,133.5 toneladas de oro que dicen tener.


En este espacio hicimos lo propio al preguntar al Banco de México en qué países se localizaban físicamente sus 3.4 millones de onzas de reservas del metal, a lo que contestó: “no se otorgará el acceso a la información solicitada, toda vez que está clasificada como reservada” (aquí el artículo completo http://bit.ly/viGYYb). No obstante, al exhibir además su incapacidad para decir cuántos lingotes componían su más reciente adquisición de 93 toneladas, quedó claro que ni siquiera había comprado oro físico sino una simple promesa de entrega con la London Bullion Market Association. No es fortuito que el caso haya tenido mayor resonancia en el extranjero, que en México.


Quizás la única excepción hasta ahora ha sido Holanda, quien a través de su secretario del Tesoro respondió en parte a un cuestionario elaborado por un político socialista, manifestando que el oro estaba en Nueva York, Ottawa, Londres y Amsterdam, pero sin dar detalles sobre cuánto había en cada ciudad, por qué motivo lo mantenían ahí ni si las existencias habían sido auditadas.


Lo que es un hecho, es que esa “reliquia” atesorada “por tradición”, llamada oro, es una posesión de valor estratégico. La evidencia más contundente la ha dado Alemania al oponerse con firmeza a utilizar esas reservas para expandir el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera. El mensaje entrelíneas fue claro: “con mi oro, no se metan”. El discurso de Angela Merkel sobre una eventual modificación del Tratado de la Unión Europea, refuerza el argumento de que se puede negociar con él y con el euro, pero con el oro, jamás.


Sólo falta ver una intención clara de ése y de todos los países q poseen el metal, en repatriarlo. El riesgo de mantenerlo fuera de las fronteras es demasiado alto, pues se vislumbra una ineludible reforma del sistema monetario que incluya de alguna manera al oro, como contrapeso a los desenfrenados excesos de gobiernos y bancos centrales. Al estar en manos ajenas, esas reservas se exponen entre otros peligros a una confiscación, y entonces el esfuerzo por acumularlas habría sido en vano.

 

En este sentido, el otro cataclismo financiero que se avecina, tan previsible como el de los PIIGS, tendrá luego su epicentro del otro lado del Atlántico, pues a los desbalances estadounidenses y a su divisa fíat, también les llegará su hora. Por tanto, el retorno al empleo y a la prosperidad global, tendrán que pasar por el regreso del oro y la plata al rol que les corresponde como el dinero por excelencia, lugar del que nunca debieron ser removidos.

 

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