Lector de pruebas


Gerardo Lino


Libro del fracaso, XI


ACórdoba nos había invitado a Lucino y a mí el Rey del Huevo (no le dicen así porque sea un rey de verdad, puesto que estamos en una república democrática, representativa y federal, sino porque domina la comarca en todo lo que toca al huevo, es decir que tiene una granja avícola de considerables tamaños y produce a pasto) para asistir a un baile, creo que era una boda aunque más bien parecía una fiesta del pueblo: era un salón enorme, que tenía las dimensiones de un almacén de aquellos donde se guardan fardos de café, pacas de tabaco o se estiban costales de cualquier cosa de las muchas que se producen en las fértiles tierras entre Huatusco y Fortín de las Flores, Coatepec y Los Tuxtlas, pero que ahora estaba repleto de gente en las mesas (unas doscientas de a diez comensales cada una o más), gente en la pista (del tamaño de dos o tres canchas de tenis), gente en la tarima rodeando a la orquesta, gente por todos lados, gente arremolinada en las puertas queriendo entrar. Ahí estábamos, de pie, en medio del gentío, sin saber qué hacer.


—Vayan y saquen a la que quieran —nos empujó nuestro anfitrión, con la franqueza que siempre lo ha caracterizado.


Alrededor de la pista estaban enfiladas a modo de rectángulo dos o tres hileras de sillas donde esperaban las mujeres a que las sacaran a bailar. Recorrí una parte de esa sillería, especie de muestrario para escoger: no entraré a describir las variedades de la experiencia fisiognómica de aquellos rumbos benditos, porque cualquiera se puede imaginar las formas, tallas y colores que casi cubren el espectro de los deseos. Entonces la vi. Me acerqué sin temor, extendiendo la mano (raro, pues uno estaba acostumbrado en las planicies templadas entre Tecamachalco y San Nicolás de los Ranchos a que se hicieran del rogar, tengo novio, ésa no me la sé), que ella tomó sin titubeos, se levantó, me tomó del brazo de un modo muy elocuente y nos pusimos a bailar en medio de la masa caliente, aunque yo sentía que estábamos solos y que la música sonaba para nosotros en una terraza tibia de Ypacaraí.


Terminó la pieza, la llevé a su silla y regresé a donde estaba el Rey del Huevo, aunque el verdadero rey en ese momento era éste que ahora escribe: el modo en que me había dado la mano, el roce de sus vellitos bruñidos en mi brazo, la firmeza no sólo de su torso sino de apoyar sobre el hombro la mano, muñeca, su antebrazo bajando por el orgulloso pecho de su hombre, su codo en mi costado, sus cejas de un castaño más pardo que rojizo, y cómo sonreía a través de sus ojos, los giros acompasados al unísono como si hubiéramos ensayado toda la vida: eso venía saboreando muy orondo cuando de mis ensoñaciones me sacó nuestro anfitrión.


—Qué, ¿no te gustó?
—Pero cómo no!
—Entonces por qué la dejaste.
—Pues se acabó la pieza.
—Pero no la tanda. Aquí se baila por tandas, que son siete piezas. Y pueden bailar todas las tandas que quieran; por eso casi todos se quedan en la pista, mira. Si la dejaste, quiere decir que no te gustó.
Intenté regresar por ella, pero el Rey del Huevo me detuvo; no tenía caso: no me aceptaría después de mi gesto de desprecio, y además de seguro ya la habría sacado otro. Ahí me estuve toda la santa noche que duró el bailongo, esperando que ella terminara, que se cansara, que se sentara. Nunca se cansó; nunca regresó a su silla. Le pregunté a nuestro anfitrión dónde vivía ella, Irene, que así me había dicho que se llamaba mientras bailamos esos cuatro o cinco minutos de gloria, para buscarla al día siguiente. Con la franqueza que siempre lo ha caracterizado, el Rey del Huevo me dijo:
—No es de acá. Ya valiste.


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“De muchos escritores se ha observado que su prosa disparató cuando se puso teórica.


Fructíferas páginas de los filósofos, las deleitables, se encuentran en los momentos en que supieron ejecutar sus habilidades narrativas —aquello que los delata como lectores atentos de los ensayos literarios, novelas, en suma: de su penetración de la poesía: oír el instante natal.


(Por supuesto es mucho más fácil inventar explicaciones —pretextos, excusas— que ponerse a contar; más fácil: peor. Aunque pueden darse aciertos en las reflexiones del narrador —depende de la fortuna del invento: no: de ese dominio que no puede ejercerse sin una especie de obediencia.)


No da lo mismo un trago, un sorbo a la hora precisa, que una botella cuando caiga.


Aspira profundo, contente; pero coge lo que hay.


Claro: el dolor no viene de la muerte sino de la testarudez.”


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