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Invitado Especal
La Quinta Columna


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   lector

Lector de pruebas

 

DE LA INDOLENCIA DILIGENTE

 

Keats nunca había jugado cricket. El jueves 18 de marzo de 1819, al tomar el bate por primera vez —ya tenía 23 años— le dieron un pelotazo en un ojo. Al día siguiente, escribió en una carta a sus hermanos George y Georgiana:

 

Esta mañana estoy en una especie de talante indolente y descuidado al máximo: voy ansioso tras una estrofa o dos del Castillo de la indolencia de Thompson — Mis pasiones están todas dormidas por haber dormitado hasta aproximadamente las once y haber debilitado la fibra animal de cualquier lugar de mí en una deliciosa sensación alrededor de tres grados por este lado de la debilidad — si tuviera dientes de perla y aliento de lirios lo llamaría languidez — pero tal como estoy (porque tengo un ojo morado) tengo que llamarlo Pereza — En este estado de afeminamiento las fibras del cerebro están relajadas en consonancia con el resto del cuerpo, y hasta tal grado de felicidad que el placer no tiene muestras ni de atracción ni de dolor ni de fastidio insoportable. Ni la Poesía, ni la Ambición ni el Amor tienen ninguna expresión de viveza cuando pasan por mí: parecen más bien como tres figuras en un vaso griego — un Hombre y dos mujeres — a quienes nadie salvo yo podría distinguir en su disfraz. Es esta la única felicidad; y es un raro ejemplo de la superioridad del cuerpo que subyuga a la Mente.(Cartas, John Keats, traducción de Mario Lucarda, Icaria-Bosch, Barcelona, 1982.)

 

Esta descripción contiene el germen que constituiría el relato de la “Oda sobre la Indolencia”, cuya versión y original publicamos in extenso la semana pasada y la antepasada (¿constituiría?; más bien, sin recurrir a biógrafos ni a otros eruditos, creo que cuando refirió esto, la Oda ya estaba hecha; al menos así suele ocurrir: está completo el poema, se escribe, se corrige, se comenta; al revés, suele quedarse en eso: en charla, en sueño, en proyecto). Extraigo unos renglones:

 

“Una mañana vi tres figuras ante mí, [...] La bendita nube de indolencia veraniega / Entorpeció mis ojos; mi pulso disminuía; [...] Por qué no se esfumaron, para dejar mi mente / Desocupada en absoluto, excepto —la nada? [...] —dulce modorra de las tardes, [...] Oh, por una edad tan protegida de fastidios, / Que pude saber nunca cómo cambian las lunas, / U oír la voz del ansioso sentido común! [...] Y otra vez regresaron —malhaya! para qué?”

 

Notemos por lo pronto esa “indolencia diligente” como él llamaba a su actividad. Pareciera decirnos que los poetas, como los lirios del campo, No se esfuerzan ni hilan (frase de Mateo 6:28 que usó de epígrafe. En el más digno de fe Rey Jesús, de Robert Graves, se dice que era una de las canciones que componía “el sabio y poeta” para prevenir a hombres y mujeres contra la ambición y las rutinas que pueden apartarlos de “la contemplación del reino de Dios”).


Resulta de lo más cómodo imaginarse al joven inglés tendido entre las hierbas de un prado primoroso, mirando una gota de rocío por ahí, el vástago atorado en la ventana, las nubes sin amenaza alguna, hueco de aprensiones: la pura y carísima indolencia. “Juzgará de mi estado de ánimo en 1819 cuando le diga que la cosa con la que más he disfrutado este año ha sido escribiendo una oda a la Indolencia.” (Carta a Mary-Anne Jeffery, 9 de junio de 1819.) Podemos recordarlo, sí: ápice insular de ildolcefarniente, figurándose al Amor y a la Ambición e incluso a su consentido daímon (“muchacha más atrevida”) la Poesía, como Apariciones venidas a él, que nada quiere sino su ocio, y las desdeña y las despide sin ganas de volver a verlas. Sí: pero lo escribió.


Porque antes de poder entregarse sin más a tal desfachatada holgazanería, el joven Keats había seguido el consejo de Horacio: sapere aude: atrévete a saber! Tardes y mañanas en el Paradise Lost, el Quijote, el Inferno (no eran unos antros); examinando a Wordsworth con distancia, a Coleridge con deleite, a Byron con admiración, a Shelley en pequeñas dosis; y por encima de todos a Shakespeare una y otra vez. Podría incluso haberse conformado con sus lecturas y seguir en su propia complacencia. Y sin embargo compuso líneas memorables: “Lo que la imaginación capta como Belleza tiene que ser verdad; haya existido antes o no.” (Carta a Benjamin Bailey, 22 de noviembre de 1817.)

 

A pesar del entorno que le ha tocado —a siglos del fulgor mítico, cerca de las supersticiones de moda—, el poeta escribe. Pudo haberse quedado en la mera contemplación: pueriles juegos imaginarios, memoria de antiguas lecturas, sonidos deliciosos. Pero no: asume su condición, con el pensamiento de la ociosidad que no puede estar ociosa. Entonces:

 

A Thing of beauty is a joy for ever:


 

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