Lector de pruebas


Gerardo Lino


Libro del fracaso, X


Cuando los acontecimientos se precipitan, suponemos que por fin se está dando lo que estaba por darse aunque nadie pudiera decir a bien de qué se trataba aquello que se daría, en dado caso de que se diera. Cuando se precipitan los acontecimientos bien podemos imaginar por ejemplo un alud de objetos que caen de pronto como cuando se raja por completo y por fin una piñata a la que con esperanza primero y luego con desesperación se le ha estado dando de palos para que se raje un poco, se quiebre un tanto y deje salir alguna muestra de su contenido para probar si vale la pena seguir rompiéndola. Cuando los acontecimientos se precipitan, hayamos querido seguir o no, apaleando la piñata, vemos cómo caen los prometidos dulces y hasta juguetitos, cuando no alcanzó para la fruta, que de seguro están predestinados para amolarnos las rodillas cuando nos arrojamos sobre el chorro que viene del cielo pero que ahora yace y ronda en el suelo o nos arrojamos ya sin remedio sobre los otros que han caído antes para recoger lo que se pueda reunir entre los brazos con las uñas y los dedos aquello que nos es más preciado en ese instante de la noche que son esas cuantas golosinas y cacahuates cañas naranjas aplastadas y algún confeti si es que no nos hacen la grosera broma de rellenar de harina la infame piñata. Cuando se precipitan los acontecimientos ya sabemos de qué se trata o eso creemos y aseguramos a ciencia cierta que se trata de arrojarse sobre lo que yace y ronda y hurgamos en el suelo, sobre los otros que se nos adelantaron, sobre quienes se han hecho de cualquier cosa que haya caído, un cucurucho, no importa, lo importante es hacerse de algo, poseerlo, tenerlo algún instante entre las manos aunque sea que alguien en el rejuego de las apropiaciones nos arrebate lo que nos había sido deparado y sentimos como nuestra más auténtica propiedad, como si esa cosa fuéramos nosotros mismos, y en el momento en que nos damos cuenta de que lo hemos perdido y aquilatamos el valor del procedimiento, procedemos igualmente a arrebatarle a alguien, a cualquiera, de preferencia desprevenido o tan concentrado en su dicha, de entre las rodillas entre las piernas entre los brazos cualquier cosa que se pueda para suplir la carencia y la inclemencia en que nos ha dejado el momento en que lo perdimos todo o no obtuvimos aquello tan anhelado que es lo mismo. Pero cuando se precipitan los acontecimientos no se trata de que lluevan cosas del cielo, sino de algo mucho más sutil y difícil de captar. Cuando se precipitan los acontecimientos no hay nada en el mundo que raye tanto la imposibilidad como el tener que ponerse a relatarlos, escoger las palabras oportunas, colocarlas unas junto a otras en el lugar preciso. Claro que cualquiera puede contar las cosas a su modo y darles el tono que quiera, remover de la memoria lo que le venga en gana o más bien lo que se le ocurra o lo que sus perversas invenciones le aconsejen; pero contar la verdad, ¿quién? De cualquier modo que sea tratada, la verdad nunca y siempre es la misma. Si aquello que se busca se concentra en un solo hecho —por ejemplo un crimen—, cada situación, cada personaje, con sus razonamientos y sus dichos tienen que apuntar hacia ese centro: cada palabra que figura una situación, las palabras que conforman a cada personaje (con sus razonamientos y sus dichos), cada cláusula, cada coma, junto con los demás signos empleados y por emplear deben dirigirse a ese punto. Nada más. Pero y si de lo que se trata no puede compendiarse en un hecho (¿qué es un hecho?), si el narrador (no el autor, que bien debe saber hacia dónde va) percibe que aquellas personas queridas que son objeto de su narración no eran cosas que pueden definirse en tres renglones o en tres volúmenes aunque al fin y al cabo terminan quizás sin definiciones pero siendo cosas, sino que se mueven en el tiempo de sus características y ellas mismas con sus manos y sus pies, oído-nariz-y-garganta, por razón natural, se mueven en el espacio de las circunstancias, que por tales y cuales razones cambiaron de parecer y se desviaron en el momento decisivo —por ejemplo, ése: para que nadie lo viera— o giraron hacia el lado opuesto de modo que puede decirse de ellos cada paso que dieron aunque no —qué más quisiéramos— sus motivos más profundos o sí, por qué no: ahí están analizados sus orígenes, las causas y los efectos —sin faltar uno solo—, que los llevaron a hacer lo que hicieron y todo se explica y ahora comprendemos que el universo no es una ficción o al revés: que persisten los enigmas y las ficciones no pueden ser sino un reflejo del universo porque además qué es el universo sino una palabra compuesta que significa aquello que se vierte en uno es decir que varias cosas llegan a ser una sola o mejor dicho que de las heterogéneas formas de que se componen el caos primitivo y el caos actual (que es lo mismo) o de la primitividad que sigue actuando en nuestros tiempos (en estos tiempos que nos ha tocado vivir, puede decirse; para que me entiendan, ¿verdad?) se siguen vertiendo como si nunca acabaran de vaciarse todas esas heteróclitas formaciones en un solo envase clasificado, sellado y etiquetado para consuelo de los listos y permanente confusión de los tontos es decir de todos nosotros los que no sabemos qué diablos significa de verdad el universo.




 
 

 

 
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