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Lector de pruebas

Oda sobre la Indolencia, de John Keats

No se esfuerzan ni hilan.

I
Una mañana vi tres figuras ante mí,
            De perfil, manos juntas y cuellos reverentes.
Avanzaban serenas, una detrás de la otra,
            Luciendo sandalias finas y exquisitas túnicas.
Se fueron, como efigies de una urna de mármol,
            A la que se gira para ver el lado opuesto.
                        Regresaron; como cuando se gira otra vez
La urna, retornaron las sombras del principio.
            Y me parecieron raras, como le ocurriera
                        Con ánforas a un perito en la escuela de Fidias.

II
Cómo es eso, Sombras! que no las reconocí?
            Cómo vinieron en tan sigiloso disfraz?
Era una secreta conspiración intrincada
            Para robar, y dejar sin un solo quehacer
Mis inactivos días? Maduro era el sopor;
            La bendita nube de indolencia veraniega
                        Entorpeció mis ojos; mi pulso disminuía;
Sin aguijón el dolor, sin guirnalda el placer:
            Por qué no se esfumaron, para dejar mi mente
                        Desocupada en absoluto, excepto —la nada?

III
Pasaron por tercera vez, y, al pasar, volvía
            Cada una el rostro un breve momento a mirarme.
Desaparecieron; y por seguirlas ardí
            Y me quejé por unas alas: las conocía:
Una, Dama encantadora, y era Amor su nombre;
            Ambición, la segunda, de pálidas mejillas,
                        Y siempre vigilante con ojo fatigado;
La última, a quien más amo, la que más cargas
            Acumula en ella, muchacha más atrevida—
                        La conozco por ser mi demónica Poesía.

IV
Se desvanecieron, y, ¡de veras! quise alas:
            Necio de mí! Qué es el amor! y dónde estará?
Y por una Ambición indigente! La que salta,
            Corta convulsión, del alma anodina de un hombre.
Por Poesía! —no —ella no tiene ni un gozo.
            Al menos por mí —dulce modorra de las tardes,
                        Crepúsculos hundidos en melosa indolencia;
Oh, por una edad tan protegida de fastidios,
            Que pude saber nunca cómo cambian las lunas,
                        U oír la voz del ansioso sentido común!

V
Y otra vez regresaron —malhaya! para qué?
            Mi sueño se bordaba con sueños imprecisos;
Mi espíritu era un césped salpicado de flores,
            Siluetas excitantes y destellos pasmosos:
Se nubló la mañana, pero no hubo aguaceros;
            Tiernos lloros de Mayo colgaban de su párpado;
                        El postigo abierto apresó un renuevo de vid,
            Dejándolo en silbo de zorzal y brote cálido.
Oh Sombras! era ya la hora de separarnos!
                        Sobre sus faldas no han caído lágrimas mías.

VI
Por eso, Espectros, adiós! No pueden levantarme
            La cabeza recostada en el prado florido;
Porque no merendaría yo con alabanzas:
            Un corderito en una farsa sentimental!
Desaparezcan de mi vista, y vuelvan a ser
            Figuras de mascarada en la urna ilusoria.
                        Que les vaya bien! Hay visiones para la noche;
Para el día, tengo reunidas visiones tenues.
                        Piérdanse, Fantasmas! de mis ociosas visiones,
            Dentro de las nubes, y nunca jamás regresen!

 

 

 

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