Lector de pruebas


Gerardo Lino


Libro del fracaso, VIII


Perico de los Palotes llegó un poco después de nosotros, como si nos siguiera, también a pie:


—Pues no me lo van a creer, pero tanto que había oído de la Peña, que la Peña de Bernal para arriba, que vaya usted a la Peña de Bernal para abajo, paraíso natural: y yo dije “tengo que ir allá a como dé lugar: es la única peña en donde no he tocado”. Y ¡mira! ¡Resulta que es un cerrote!


Así se plantó entre nosotros sin más explicaciones, puso su guitarra con mucho cuidado en el suelo, abrió su portafolios (de esos de tapas duras que se abren de par en par como dos puertas que no llevan a ningún sitio), se desparramó esa resma de letras, de la que escogió una —sin dejar de hablar sobre sus giras exitosas, desde Topolobampo hasta la mismísima plazuela del metro Insurgentes, en una época en la que había peñas para dar y prestar y se reproducían como esporas—, la colocó sobre las otras hojas, con precaución, detenida con una piedra, y comenzó el largo recorrido por su repertorio, “la mayor parte de mi producción” —espesada de los insulsos tópicos de los troveros de más baja ralea— hasta que caímos rendidos, no a sus pies, sino de agotamiento cerca de la medianoche.


Su cháchara interminable, entre canción y canción, a veces hasta interrumpiéndose en medio de un estribillo para acotar un chiste, alguna anécdota veloz o cierta sentencia plúmbea, iba de las mixtificaciones de moda, astrología revuelta con el poder de las velas aromáticas, digestos orientales, filosofisterías, la adoración de las pirámides por su poder “energetizante”, hasta la globalifobia a ultranza, la buena onda del neozapatismo, o el último éxito de ventas de algún libro de superación, autorrealización y compenetración.


Después de la primera hora había dejado de oírlo: se había vuelto parte del entorno: ráfagas fortuitas, grillos, aullidos lejanos. Solo volví a darme cuenta de su existencia cuando a Menandro, que lo había escuchado con toda gentileza y acababa de pedirle que tocara “una de Silvio”, le respondió el insolente:


—No canto las de Silvio... para no contaminarme.


Hubo algunas leves protestas, aunque más bien ya todos estábamos cansados. El Perico de los Palotes siguió con el suplicio mientras íbamos cayendo.


—Reverendo imbécil —murmuré, antes de quedarme dormido.


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“’¿Quién sabe por qué hacemos lo que hacemos?’, escribió Carver en su relato Desde donde llamo.


Insatisfacción es la idea que razona Vargas Llosa para explicar por qué se escribe una novela.


Insatisfecho del mundo, de sí, de lo que hace, aquél relata eficazmente sobre el fracaso; éste narra la joda eterna; otro pergeña sus titubeos.


¿Insatisfecho? A ver qué haces con eso.


Alguien repone sus excusas, acusa a medio mundo; por ahí habrá quien hurgue en la ebriedad; y nunca faltan los que buscan a otro.


¿Satisfecho? Estás muerto.


Llegar al final de la experiencia, para que nazca una obra de arte —dice Rilke—; pero esperar al final no me daría tiempo (tampoco, tampoco) pues ya sabes que ese punto es el peligro fatal.


[Otro Sol y sombra...]


¿Tendré que huir para inventarme otro pasado; falsificarme o seguir fingiendo que soy mientras me deshago; reconocer que no vine a escribir sino a callarme: a ser de otros y sin mí?


Qué bonito escribes; y no eres nada—“


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Incomprensiblemente, Manzur lo hizo su amigo. Esa ha sido una de las cosas que me desquician del Panzuco: entablar “amistad” casi con cualquiera. Le dio la letra para una canción —nunca supe qué decía, jamás salió en el radio—. Si el Meastro se la ofreció porque sí —como solía— o si el cantorcete se la pidió, tampoco lo sé. Lo único cierto es que se la entregó, después de haber platicado mientras descendíamos de la Peña. Nos habíamos reunido en el punto de retorno, y en lo que descansábamos, revisó su cuaderno, anotó algo y arrancó una hoja (creo que ya la tenía escrita). Luego amenazaba otro fastidio: una ronda de discusión sobre lo experimentado en el ascenso, las alturas y el regreso. Por suerte —así sí— el Perico la acaparó con su soliloquio. Entre lo poco bueno que traía encima el Perico de los Palotes —porque no he de ser tan injusto como para decir que sólo era una pura piltrafa— estaba una agenda que él mismo llamó “Falso diccionario del Diablo” donde anotaba ocurrencias a partir del auténtico Diccionario de Bierce, añadiduras de estilo como la que sigue: “Poeta críptico: Lápida que nadie reconoce. Fosa común del solipsismo. Se encierra solo. Sepulcro en vida.”




 
 

 

 
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