Lector de pruebas


Gerardo Lino


Libro del fracaso, IX


En un lugar del Altiplano de México, cuya ubicación precisa puede encontrarse entre Xalapa y Toluca, Tehuacán y Tulancingo, o más exactamente en las inmediaciones de las faldas de La Malinche por el lado de Huamantla aunque tirándole más hacia Santa Ana Chiautempan, a la altura aproximada de la línea en que terminan los oyameles y empiezan los magueyales, tenía el profesor Manzur una especie de cabaña modesta pero práctica, pequeña pero espaciosa (cuánto campo y ya no encuentro mi camisa!), con un portal de tejas donde había una mesa de cedro para ocho convidados o nueve, desde donde se aprecian los riscos que anuncian la cumbre de la montaña.


A ese sitio aislado llegamos a pie cada ocho días durante un mes (¿era junio?, ¿era septiembre?) para pasar el fin de semana recibiendo las lecciones del “Cursillo de etimologías”. Cretens, a quien había conocido en Chignahuapan, su tierra natal, durante una fiesta a la que llegué desde Córdoba persiguiendo a una damisela de muy buen ver (no tengo por qué entrar en detalles), me invitó a tomar el mentado cursillo. Aunque me causa curiosidad el significado antiguo de las palabras, aunque me dijo que el profesor Manzur era un conferencista interesante y hasta divertido, no estaba yo para cursos de etimologías o de lo que fuera: estaba para conquistar a esa mujer (tampoco diré nada sobre los tonos de su piel y sus guedejas en la nuca esbelta que me orillaban a un entusiasmo desconocido ni acerca de sus dedos armoniosos de uñas trazadas como escenario límpido de la medialuna creciente ni sobre su voz que me estremecía); pero Cretens me convenció con una palabra suya:


—Irá mi hermana.
—¿Tu hermana? ¿Quién es tu hermana? —lo miré por primera vez deteniéndome en el movimiento de sus cejas de un castaño más pardo que rojizo, en el modo en que caían sus párpados, y en cómo sonreía a través de sus ojos—: ¡Irene!


ل


“Primera bocanada del día, el tercio inicial del cigarro. Su placer es tan prístino que buscamos más en el resto, hasta la colilla infumable, y en más y en más: sólo quedan malos sabores. Así los ripios en la escritura. Feo vicio.


Otro día, otro cigarro: la ilusión de comenzar.


Quizá en la obra negra de la construcción verbal yace la frustración.”


ل


Pues allí estábamos, alrededor de la mesa de cedro del entonces desconocido profesor Manzur. Salió cargando una charola con vasos y una jarra de agua de limón. Sirvió. Repartió. Se sentó, sorbió y comenzó.
—Vaso de agua o vaso con agua.


Apenas estábamos viéndonos unos a otros con miradas interrogantes, cuando La Campamocha se apresuró, como siempre, a contestar.


—Vaso con agua, profesor; porque los vasos de agua no existen: son de vidrio o de plástico o si acaso de hielo, jejé, pero...


Luego siguió una rebatinga entre los que apoyaban esa opinión y los que la refutaban e incluso entre los que no sabían para dónde jalar —éramos como nueve o diez intransigentes apenas salidos de la preparatoria—. Manzur nos observó muy serio, escudriñando entonaciones y gestos. Serio, pero con un filo de que se estaba divirtiendo con nuestros altercados, nuestros modos de arrebatar la palabra, de rebatir con razones o sinrazones aquello en que nos había enfrascado con una sola frase sin que nos diéramos cuenta.


—A ver, tú, que contestaste primero. ¿Cómo te llamas?


—Eduardo Gonzalo Sánchez del Pozo, pero pueden decirme La Campamocha —y se rió antes que todos.


—A ver Campa: allá adentro hay un jarro de aguamiel, una botella de vino y una bandeja de tentempiés. ¿Puedes traerlos?
—Claro que sí!
—¿Puedes con todo?
—Por supuesto!


Cuando regresó, mientras ponía las tres cosas sobre la mesa, se soltó a reír de nervios diciendo: “Eso es trampa, ¿eh, profe? Eso es trampa”.


Nada más por molestar, Cretens volvió sobre el asunto preguntando a qué debíamos atenernos. Se desató una batahola más enredada: centellearon los diccionarios; nos embrollamos en gramáticas y lingüísticas; se apeló al régimen de las preposiciones. En un lapso de silencio se oyó, como si viniera de lejos:


—La norma de uso —uno que dijo llamarse Isidoro.


ل


Irene, contra lo que me había prometido su hermanito querido, no fue.




 
 

 

 
Todos los Columnistas