Opinión


José Ramón López Rubí Calderón*


Lo que el priismo se llevó


Una variante preparatoriana de lo peor de la juventud mexicana llama “espurio” al presidente en una ceremonia en la que éste le entrega un premio del gobierno federal por ser un “buen estudiante”. Lo que sigue es la exhibición de la miseria de franjas del periodismo mexicano. Y, desde luego, el oportunismo y manipulación políticos, la grilla pura y dura. Así, Andrés Gómez Emilsson es elevado –sin razón real, pero por razones de interés político-mediático- a ejemplo de la virtud cívica y el valor democrático. El adolescente que “saca buenas calificaciones” en la escuelita (sólo eso, que en sí mismo significa nada, lo que es perfectamente demostrable) muta en un hombre de 18 años que incluso, para el cada vez más desconcertante semanario Proceso (y, en Puebla, para Javier Palou, el columnista que tergiversa los resultados de un libro de Crespo y ve argumentos en los lances retóricos del gran novelista Fernando Del Paso)tendría credibilidad, como voz conocedora, en la “polémica” sobre el supuesto, nunca probado, por nadie, de ninguna manera, fraude electoral del 2006 en contra de Andrés Manuel López Obrador. De la misma manera, no dejan de hacer presencia los grillos farsantes que toman y quieren hacer ver en el hecho una “evidencia” de que, político-institucionalmente, todo (todo) sigue “igual o peor” que hace 40 años a lo largo y ancho de este país. Pero la única evidencia existente en este caso apunta en las direcciones opuestas.


El Estado Mayor Presidencial (EMP) retira del lugar de la ceremonia a Gómez Emilsson (y a otro joven) y hace que lo presenten en un Juzgado Cívico. ¿Qué es esto? Otro error estratégico de Felipe Calderón y la demostración de que el EMP comete insensateces, tonterías, que reacciona mecánicamente y con exageración. Sin duda, la actuación del cuerpo militar en cuestión fue tan ridícula como innecesaria. Sí. Pero repárese en ello: fue precisamente una ridiculez innecesaria y, si bien es de suyo condenable (tiene mi condena), no es, para acabar pronto, una represión como no pocos quieren entenderla. No es, ni mucho menos, un sesentaiochazo. No es, por supuesto, muestra de que las cosas en materia de autoritarismo sistémico nacional están “igual o peor” que en el 68. Nadie en su sano juicio podría comparar el 2 de octubre de ese año con cualquier otra decisión represiva posterior. Tampoco, por ejemplo, equiparar a los médicos del movimiento profesional de 1965 –o a Rubén Jaramillo y su familia, o a los ferrocarrileros de Demetrio Vallejo-, que fueron reprimidos por el Estado, con la APPO y la naturaleza e implicaciones del conflicto que protagonizó. La realidad actual es otra, y merece y exige ser referida con distinciones y matices. No es igual a la del pasado y en algunas de sus partes es mejor. A nivel nacional, electoral y congresionalmente estamos en otro lugar y uno mucho mejor, ya que se verifican liberalización, democratización y pluralización. Por tanto, también en terrenos de reconocimiento y vigencia de derechos y libertades individuales estamos mejor. Los problemas están en otro lado, es decir, están dados en términos legislativos, gubernamentales y judiciales: los votos de los ciudadanos efectivamente llenan las cámaras con los objetos de su decisión de sufragio (de todos los partidos), pero éstos son políticos vulgares e irresponsables, sin visión ni preparación democráticas; asimismo, esos votos dan lugar a gobiernos legales y legítimos, pero ocupados por el mismo tipo de políticos, los cuales, ya en el poder, irracionalmente llegan a concluir en ocasiones que violar, o intentar violar, derechos y libertades consagrados constitucionalmente y ejercidos en algún grado es “bueno” para la gobernabilidad (¿qué no ven?). Cuando lo hacen, el problema puede y suele viajar (nótese: un cambio en sí mismo, que nos remite a otro: la división de poderes) a un lugar al que nunca lo había hecho en casi todo el siglo XX: una Suprema Corte con una mezcla de leguleyos (el ultraderechista Aguirre Anguiano y el conservador Azuela a la cabeza) y juristas cabales (Góngora, Silva Meza y Cossío, destacadamente) que enfrenta conflictos y dilemas provocados por (heredadas) deficiencias de diseño institucional que los legisladores no quieren terminar de corregir. Como es obvio, el problema subsiguiente es la ausencia constante de rendición de cuentas formal y la precariedad del estado de derecho (de ahí la gran impunidad). Lo que no suele haber es reparación estatal cuando las prerrogativas ciudadanas han sido vulneradas (y todavía hay locos que quitan valor a y hasta se burlan de los estados de derecho. Que vayan a estudiar qué es y no es y para qué sirve el estado de derecho). En general, los castigos recibidos por los gobernantes surgen de dos fuentes no penales (en sentido jurídico): medios y electores. Los primeros castigan con la generación de información sobre el trabajo público y el ejercicio de la crítica (penosamente, a veces también castigan con los efectos a nivel lector, radioescucha o televidente con las distorsiones y magnificaciones de sus periodistas, a izquierda y derecha); los segundos castigan dejando de votar por el partido en el poder y sus candidatos (este castigo no alcanza a ser uno propio de la rendición de cuentas, que no es hacer informes ni dar discursos, puesto que no existe en México una institución llamada “reelección legislativa inmediata”, la cual, a su vez, no es lo que cualquiera que se atreve a opinar de política dice que es. Sobre el punto, puede verse mi artículo publicado al inicio de este año en la revista Metapolítica). Como estas dos fuentes de castigo político-electoral no estaban presentes hasta hace una década, en esta materia también no sólo no estamos igual sino que estamos mejor. No es suficiente pero no es menor. Tampoco es menor el avance en transparencia y acceso a la información –aunque la corrupción, que nunca desaparecerá, sigue siendo grande. Hay libertad de expresión como nunca en el grueso del siglo pasado y se le ejerce. El verdadero riesgo (físico y laboral) surge frente al narco y algunos gobernadores como objeto de investigación y denuncia, el cual puede llevar a medios y periodistas tanto a la autocensura como a la colusión. ¿Dónde sí estamos peor que antes? En algunas entidades federativas (Oaxaca, Puebla, Hidalgo, entre otras). Simple y sencillamente, porque el presidencialismo priista se reproduce a escala gubernatura y los cambios federales anteriormente expuestos no existen ahí o, en su caso, existen sólo en parte y en grado mínimo. Entonces, el cuadro general mexicano es este: una democracia nacional de baja calidad, no consolidada, y con islas autoritarias (en el sentido ya establecido, no en el de la predisposición psicológica individual sobre el uso del poder, para usar palabras del Diccionario de Política de Bobbio) debidas al federalismo y la forma resultante de transición. ¿Dónde estamos igual que antes? En lo socioeconómico: los dolorosos niveles de pobreza y desigualdad. (El “milagro mexicano” se quedó corto y el neoliberalismo no es bueno). Si regresamos al caso del “matadito” (no es lo mismo que ser inteligente), los hechos son claros, contundentes, incontrovertibles: Gómez Emilsson hizo al presidente (no priista: cambio) lo que nadie podría haber hecho hace 40 años; lo hizo y no fue golpeado ni está en prisión; después de hacerlo, los medios en los que se critica al presidente (como se puede hacer en todos, no se mienta) lo entrevistan y lo apapachan. Y, sobre todo, Andrés no fue torturado ni está muerto. (Ni siquiera se le levantaron cargos). Discúlpenme, pero sólo un mentiroso o un imbécil se atreve a afirmar que el 2 de octubre del 68 se reedita y empeora en estos tiempos. Y sólo quien no quiere verlo no ve que “el tocayo legítimo” tiene en una mano sus derechos ciudadanos intocados y en la otra, bien apresado, un premio gubernamental.


Afirmo y sostengo que Gómez Emilsson es una variante (subrayo: variante) de lo peor de la juventud mexicana. Así es. Resume y presenta deshonestidad, incongruencia, ventajismo, cinismo (además de soberbia ignorante: habla de lo que no sabe como si supiera). El Premio Nacional de la Juventud en área académica categoría A (menores de 18 años) no es una competencia científica, o concurso de productos intelectuales originales y específicos (las olimpiadas escolares en las que ha participado exitosamente Andrés son otra cosa, una muy diferente: pruebas de niveles de recuerdo sobre lo enseñado respecto a conocimientos convencionales, básicos y generales por profesores que no son investigadores científicos ni naturales ni sociales), convocado por múltiples instancias, públicas y/o privadas. Este Premio (el que recibió Andrés) es, por el contrario, un premio solamente convocado y otorgado por el gobierno federal mexicano. Precisamente un gobierno que Andrés el exhibicionista (“quise llamar la atención”, dijo a Proceso. ¿Para qué? ¿En qué beneficiaba a la sociedad?) tiene como “espurio”. Como es sabido, Monsiváis me provoca crítica, pero se impone citarlo en este momento: “o ya no entiendo lo que está pasando o ya pasó lo que estaba entendiendo”. ¿El adolescente que califica a este presidente como “espurio” es el que busca ser premiado por su gobierno? ¡¿Y el que acepta el premio de origen “espurio”?! Andrés fue candidato consciente a un premio organizado y entregado por un gobierno visto por él como “espurio”; no retiró su candidatura, ni para no “legitimar” a Calderón ni para salvar su conciencia del tormento de cometer “traición”; el “gobierno espurio” resolvió que nuestro personaje era el ganador, y éste aceptó el premio. ¿Será que una vez en manos “no espurias” lo que tiene origen “espurio” se “purifica”? Reflexiono por un momento (de hecho, me río). No. Lo que pasa es que Andrés es falsificación del espíritu del 68 y exponente de la cultura priista, la profunda: golpear con la izquierda pero cobrar con la derecha, predicar pero no con el ejemplo, transar pero/para avanzar, hay que aprovechar, hacer lo que sea si conviene a uno, la ética es para pendejos y la ideología de uno es la verdad. Un grito (gritito) durante el ritual de aceptación de un premio (“espurio” por conclusión lógica dadas las premisas andresianas) no hace diferencia alguna. El premio no fue rechazado. Punto. Gómez Emilsson sería todo lo que la supuesta izquierda dice que es si hubiese rechazado el premio. En este sentido, lo ideal sería que ni siquiera lo hubiese buscado. Mas, deshonesto (“sabía” que Calderón es espurio y que todo el gobierno federal también lo es consiguientemente), aplicó para recibir un reconocimiento de un poder que no se le da la gana reconocer (“es que vi análisis estadísticos y sí hubo fraude”: me parto de risa con el adolescente cuya “ciencia” es de museo interactivo infantil y secundaria y preparatoria); incongruente y ventajista, aceptó el premio; cínico, le gritó “espurio” a quien lo premió (y no le quitó el premio). Insisto: si (para alguien) Calderón es “espurio”, un premio de su gobierno también lo es; y si alguien no rechaza un “premio espurio” a sabiendas de que lo es, se vuelve “espurio”, primero, y “traidor a la patria (obradorista)”, después, porque aunque le grite “espurio”, aceptado el premio, “legitima” a Calderón (por eso, el peje no tenía por qué felicitarlo. Claro, si no fuera un político cualquiera como el que es: lo felicitó porque podía darle un giro a su favor al asunto, sin molestias de la lógica, que sólo preocupa a quienes son “burgueses” porque se dedican a pensar sin partido). (Y pregunto yo: ¿en qué sería tan diferente el comportamiento de Gómez Emilsson del que es mal visto en los “Chuchos” perredistas por parte del obradorismo?).


México, como un todo, sin estar “igual o peor” que antes, no está bien. No hay motivos racionales para estar orgullosos del país, tampoco para estar contentos en y con él. El país (Estado y sociedad) no funciona bien y a favor del mayor número. Y ello no es culpa de 8 años de mediocres gobiernos federales panistas (¿cuántos del PRI, lo recuerdan?). Éstos son co-culpables (el sistema en el que han tenido la presidencia es un sistema presidencial no presidencialista y con gobierno dividido) de que esta década vaya a los espacios de la no mejora. Las causas del funcionamiento indeseable del país son históricas: la hegemonía autoritaria priista y sus efectos públicos y, marcadamente, la cultura priista que sobrevive y va de la política a la “educación” a los artistas a los negocios a las iglesias. Ciertamente, los Gómez Emilsson son parte del problema, no de la solución. Triste es que gobiernos, medios y sociedad hasta los premian.

 

*** Si Gómez Emilsson –o cualquier otro- no tomara partido, no hiciera autos de fe, atendiera argumentos y no definiera sin ellos a un presidente como “espurio”, eso no significaría que simpatice con él, ni que lo defiende ni que lo sigue. Podría no gustarle como Ejecutivo y criticarlo tanto como quisiera. Podría haber criticado y seguir criticando al PAN y sus gobiernos por la hipocresía de muchos de sus miembros, por no combatir directamente la corrupción, por su poca sensibilidad social, por su fallida estrategia contra el narco. Hasta podría haber recibido de su parte el premio, siendo su crítico, y nada pasaría. Algo así como Granados Chapa recibiendo una medalla del Senado.

 

*** De medios de la ciudad de Puebla. Quienes se esconden en los seudónimos “Edmundo Dantés” y “Manuel Cuadras” sólo son grillos jugando a ser analistas políticos. Por eso los seudónimos (no porque en Puebla se arriesguen al ser “críticos”, “argumento” que manejó uno de ellos y que es una afrenta a los periodistas de Cambio que sí lo son y que no usaron ni usan seudónimo). “Dantés” es uno de los desquiciados que se enorgullece de publicar que “todo está igual o peor que en el 68”. “Cuadras” es quien escribe párrafos como el que sigue: “Todo alumno de tercer semestre de la carrera en Ciencias Políticas, conoce la diferencia entre PODER FORMAL y PODER REAL. El primero se refiere a las instituciones legales consagradas en la Constitución (Poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial), mientras que el segundo se refiere a los poderes fácticos, es decir, aquellos que ejercen un poder real, aunque no necesariamente sean legales ni legítimos. Como ejemplo de este último se encuentran: el narco, la iglesia, los sindicatos, los partidos políticos y los actores políticos (que no es lo mismo)”. Pues bien, “Cuadras” sabe menos que un alumno de tercer semestre. Sólo él cree que los partidos políticos son genéricamente poderes fácticos (por cierto, su definición de “poderes fácticos” necesita más precisión). En la gran mayoría de casos, son cuerpos legales y legítimos. Si están en democracia, no sólo son eso sino que compiten bajo regulaciones formales por la integración de órganos del Estado. Para el caso mexicano, recomiendo a “Cuadras” la lectura del artículo 41 de la Constitución. También del COFIPE. Aunque no se puede esperar mucho de quien habla de “Ciencias Políticas”, esto es, de quien no tiene la menor idea de la Ciencia Política.


Algo más: “Dantés” y “Cuadras” pueden intentar copiar cierto estilo, pero eso no va a hacer que escriban bien. (Ni que escriban algo politológico). Escribir bien supone la incorporación adecuada y fuerte de la gramática al ejercicio. Al intentar copiar un estilo, ellos no escriben igual que el copiado, sólo repiten expresiones. Su aderezo son no pocas faltas de ortografía.

 

 



 
 

 

 
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