Opinión


José Ramón López Rubí Calderón*


Más sobre el dominio del PRI


En 2004 escribí en estas mismas páginas (son las partes clave del texto publicado, esto es, un resumen): “¿Por qué el PRI ejerce el dominio –que no hegemonía ya- del escenario electoral poblano? ¿Por la coincidencia permanente tanto entre sus candidatos y los electores como entre sus ofertas de gobierno y las demandas del electorado? ¿Por sus brillantes resultados de gobierno? Las respuestas positivas a estas preguntas sólo encontrarían cabida en uno de los muchos ejercicios retóricos de los políticos mexicanos, en este caso de los priistas.


Fundamentalmente, el PRI aún domina el estado de Puebla por tres razones:


1) Los programas federales de desarrollo social han fracasado en desplazar la lealtad campesina hacia el PAN y, por tanto, sobrevive el control corporativo tradicional –obstáculo a la competitividad del sistema- que la maquinaria electoral priista traduce en votos que otorgan los triunfos en la mayoría de las elecciones de presidencias municipales y diputaciones locales de mayoría y que constituyen el respaldo para la gubernatura. [Nótese que hablo de una causalidad circular: esta parte del trabajo del gobierno federal no ha alcanzado para poner en entredicho al corporativismo local mediante la penetración “mental” de sus bases campesinas y éste, vivo y alimentado por el gobierno estatal, a su vez, interfiere y obstaculiza el impacto a favor del PAN de los programas federales, de origen y esencia zedillista, los cuales no son corporativos per se. Al respecto, recuérdese también que en las elecciones presidenciales pasadas muchas zonas del país beneficiadas por el programa Oportunidades, y en las que los mecanismos corporativos priistas estaban rotos, se generó un voto mayoritario a favor de la Coalición Por el Bien de Todos que la institucionalidad electoral respetó].


2) De acuerdo con lo anterior, el PAN carece de reservas distritales de votos al interior del estado. Es decir, el PAN es un partido de implantación débil con un desempeño pobremente competitivo en la arena electoral legislativa en su conjunto: nunca ha ganado una diputación por mayoría relativa de votos en 17 de 26 distritos uninominales locales.


(…) resulta que Puebla es una excepción en la pasada trayectoria general de la democratización electoral mexicana y, por extensión, una anomalía federativa actual dentro de la joven democracia mexicana: es el único estado de la federación en el que el PRI no ha perdido la mayoría absoluta (50+1) en el Congreso local desde 1929 hasta la fecha (es más, siempre ha mantenido una mayoría muy cercana a la calificada, o calificada [como he señalado, el único caso del país en 2000]).


3) Ahí donde el PAN existe como opción de gobierno, los ciudadanos se han librado del voto corporativo y alejado del sufragio ideológico -lo que no obsta para calificarlos como votantes racionales stricto sensu- y, además, su demostrada ineficacia gubernativa incentiva el voto de castigo en su contra.


El PRI no domina Puebla por ser un mejor competidor electoral sino por ser un competidor en posesión de recursos corporativos exclusivos enfrentado a un competidor que, por lo mismo, no sólo es estructuralmente débil sino humanamente [políticamente] deficiente”.

 

*** Lo importante, política y gubernativamente, era y es el Congreso. Ahí pasó lo que siempre ha pasado. Nada nuevo. ¿Por qué se sorprenden? ¿O acaso salimos de un gobierno dividido para entrar a uno unificado priista? ¿O, de tener mayoría simple, el PRI ganó una cuasi calificada? Todo igual.

 

*** Más sobre los programas sociales federales y la política. Irene Palacios y Tanya Nájera en “Los alcances del oportunismo y partidismo en programas para el alivio a la pobreza”, tesis de grado en Ciencia Política del ITAM dirigida por Federico Estévez: “(…) se encontró que el Programa Oportunidades no está sujeto a manejo político en la asignación per capita de recursos federales, mientras que el Programa Tortilla presentaba un sesgo político de tipo partidista que beneficiaba a los estados gobernados por el PRI y perjudicaba a los gobernados por el PAN en la asignación per capita de sus recursos en los últimos tres años de la administración de Ernesto Zedillo”. Oportunidades inició como Progresa, en el sexenio zedillista (1997), y se concentró en zonas rurales, las más necesitadas pero también asiento de la fuerza electoral priista. Con la llegada del PAN a la presidencia, el programa no fue retirado de dichas zonas de “voto verde” y se extendió a otras del mundo urbano, en las que el panismo obtiene sus votos. Lo primero respondió a consideraciones gubernamentales y lo segundo, probablemente, a consideraciones tanto gubernamentales como político-electorales. Aun cuando los beneficios del programa no han hecho “panistas” a los beneficiarios del mundo rural, el gobierno federal no sólo no lo ha retirado sino que no lo ha condicionado partidistamente. (Otra cosa es qué tan exitoso ha sido en realidad en elevar el grado de desarrollo humano). El Programa Tortilla fue desaparecido por su manufactura partidista (priista) y su ineficiencia como elemento del combate general a la pobreza. Según el análisis y pruebas de las autoras, Oportunidades es “programático”, no ha entregado subsidios con base en “ciclos electorales de acuerdo con el calendario federal” ni en “asignaciones estratégicas”. El manejo político que permite se limita “a la colocación de propaganda partidista en el lugar del reparto [de los beneficios monetarios]” o a utilizar “como lema de campaña política el nombre del programa”. Es decir, esos beneficios monetarios, más allá de que hayan o no hayan sacado de la pobreza a mexicanos (yo creo que no), no son entregados a panistas, tampoco se focalizan interesadamente en regiones donde el PAN obtiene menos votos que el PRI o el PRD ni aparecen exclusivamente en tiempos electorales (son permanentes) o condicionados durante los mismos. Eso es una política pública. Y, también, eso no es corporativismo.

 

*** Un columnista quiere creer que Carlos Marín y Joaquín López Dóriga (a quien no veo qué se le pueda deber, o al menos agradecer, en términos periodísticos y democráticos) se han convertido a la objetividad porque no juzgaron negativamente estos resultados electorales. Una columnista no se cansa de citar al “analista” Ciro Gómez Leyva y su luminosa y deslumbrante conclusión: “algo supo hacer Mario Marín que los demás no” (me pongo de pie, qué capacidad, qué claridad, qué profundidad, qué manejo de la historia y los datos, qué sabiduría la de don Ciro). Otro columnista (de buen pasado reporteril) jura haber visto en el anodino show televisivo llamado “Tercer grado” un debate lleno de inteligencia y conocimiento. Pero no. La realidad es otra (sus anteojos personales no les dejan ver bien). Marín (Carlos), López Dóriga y Gómez Leyva demuestran una sola cosa: tener suficiente atrevimiento para hablar de algo sin conocerlo, sin haber dado el más rápido vistazo al pasado local, sin hacer el menor esfuerzo por ir más allá de sus suposiciones y creencias, propias de ignorantes pero pretenciosas estrellas de televisión política. Son, en pocas palabras, tan superficiales e irresponsables como el grueso de los columnistas poblanos.

 

*** Defendiendo al PRI estatal, escribe Leticia Montagner en Milenio Puebla: “el ciudadano que no vota, de acuerdo a los politólogos más reconocidos, con su ausencia aprueba el statu quo. Es un voto pasivo”. Ah caray. Su servidor dirige una revista académica especializada en Ciencia Política (Estudios de Política y Sociedad) en la que han colaborado y colaboran politólogos internacionalmente reconocidos como Giovanni Sartori, José Ramón Montero, Gerardo Munck, Richard Snyder y Dieter Nohlen, amén de que todos los días lee Ciencia Política hecha alrededor del mundo, y jamás había topado con semejante conclusión, presentada por Montagner en términos de lo que según ella es, ley universal: en todos lados, sin importar el contexto particular de un caso (régimen político, sistema de gobierno, sistema electoral, sistema de partidos, cultura política, situación de la economía, desempeño gubernamental), en todo momento, el abstencionismo no es sino un perezoso espaldarazo al statu quo.


Desde luego, una afirmación así debe acompañarse del análisis de factores contextuales dentro de un caso, de las comparaciones entre todos los casos y, obviamente, de las pruebas empíricas respectivas. Pero, bueno, Montagner no hace Ciencia Política. Pero entonces, por lo menos debió hacer mención de los casos en que se verifica lo que afirma. Porque algunos sabemos, aunque parece que a muchos otros se les hace muy difícil creerlo, que Suecia, Dinamarca y Noruega no son lo mismo que Puebla, Hidalgo y Oaxaca. Vamos, algo tan sencillo como esto: elecciones hay en autoritarismos y en democracias, no sólo en éstas. (No toda elección es en sí un proceso democrático). Y eso conlleva que el comportamiento del ciudadano/votante no exprese lo mismo siempre y en todo lugar y bajo cualquier circunstancia. En este sentido, hago saber que podemos encontrar varios tipos de abstencionistas, entre ellos: a) el ciudadano que no vota porque es indiferente respecto al statu quo (no le interesa), b) el que no vota porque está desencantado o harto de la política y los políticos y c) el que no lo hace porque está convencido de que no puede cambiar con su voto el statu quo y no desea perder su tiempo.


Montagner dice leer a politólogos, y a los “más reconocidos”. Por ello, le ruego nos informe quiénes son los “politólogos más reconocidos” de los que habla, en qué libro o revista podemos leer y revisar lo que dice que dicen y, de paso, qué evaluación hace de la literatura contraviniente (que seguramente leyó, como debe ser, antes de redactar su columna). A mí me haría un gran favor: sabiendo quiénes son, tras leerlos, podría invitarlos a colaborar con la revista.

 

 

*** Tal vez esté por llegar el momento en que deba incluirse en los códigos de ética periodística una línea: “no jurarás el nombre del politólogo en vano”. Se está haciendo moda que cualquiera que no sabe de qué habla, no puede construir un solo argumento o no halla cómo justificar a sus amos o ídolos políticos, recurra al “como dicen los politólogos”. No, no, no. ¿Qué politólogos? ¿Qué dicen? ¿Qué quiere decir lo que dicen? ¿Cuándo y dónde lo dijeron? Lector: lo conmino a descreer de entrada de todo aquel que apele a “los politólogos” sin proveerlo de nombres, datos, citas y referencias.

 

*** Amablemente, dos lectores me preguntan dos cosas: 1) ¿qué es un sistema electoral sobrerepresentativo?; 2) ¿por qué no es “mucho más plural y representativo” el Congreso poblano si entró el Panal? Preguntas de respuestas obvias. 1) El sistema puro de mayoría relativa es naturalmente sobrerepresentativo: deja fuera a todas las expresiones políticas incapaces de ganar una mayoría de votos. Contra eso, existe la representación proporcional. Pero aun en sistemas que cuentan con ella puede haber sobrerepresentación (y, por tanto, subrepresentación). En este caso, estamos frente a un sistema que otorga a uno o más partidos un mayor número de curules plurinominales del que por proporción de votos debería. Evidentemente, el sistema electoral poblano todavía sobrerepresenta al PRI, dueño del proceso legislativo. Dentro de estos comicios, sobrerepresentará en el Congreso al PT, en perjuicio del Panal. 2) El Congreso local no es “mucho más” plural porque sólo hay un partido nuevo, pero sobre todo porque aun con dicha incorporación no hay pluralización de la composición, es decir, no hay modificación –a la baja- del margen numérico que separa al PRI del resto de los partidos. De igual forma, no es “mucho más” representativo (en uno de los sentidos democráticos: integrador de preferencias ciudadanas en la toma de decisiones) porque su composición y la resultante correlación de fuerzas no significan la obligación de negociar entre posiciones distintas para tomar cada decisión.
Por último: a mayor pluralización, mayor representatividad. Por cierto, en sistemas presidenciales, un exceso de pluralidad (fragmentación excesiva del sistema partidista llevada al órgano legislativo), combinado con el tipo de partidos, puede provocar una parálisis. O alianzas mafiosas.

 

*** El “misterioso” cuanto fallido profeta Enrique Huerta Cuevas: “si con eso están buscando la derrota de Blanca Alcalá, créanme que no es tan necesario, ella sin advertirlo ya trabaja al respecto” (Intolerancia, 5 de octubre). ¿Hay que creerle? Mi comediante local favorito.  

 

*** Lo “aldeano” es una mentalidad. Sólo los aldeanos no lo saben.

 

* Director de la revista académica Estudios de Política y Sociedad y miembro del Consejo Editorial de la revista cultural Replicante




 
 

 

 
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