La Manzana


Irma Sánchez


LO QUE BARRIÓ LA CRISIS

 

Cuando las cosas no vienen bien, cualquier crisis del tamaño que sea arrasa con casi todo,  hasta el orgullo y el emblema.


Es el caso del que ayer ya daba cuenta el reportero Iván Tirzo del periódico El Sol de Puebla, al pasar lista de los establecimientos comerciales y de servicios que hicieron historia en Puebla, y por los que desfilaron hasta cuatro generaciones de poblamos.


Tal vez el de mayor longevidad fue El Escritorio de Puebla, fundado por don Tomás  Raigadas, los últimos años bajo responsabilidad de Ramón Raigadas Buergo, quien lo pensó una y otra  vez y, después de siete décadas de trabajo, tuvo que tomar la decisión: el cierre.


Para Reigadas Buergo  no fue fácil, fue sumar muchas noches de insomnio y vencer los fantasmas de la nostalgia.


Hubo que liquidar a los fieles empleados para bajar la cortina y acabar con una larga historia de trabajo.


Entre que comenzaron a llegar a la ciudad papelerías y librerías de cadenas muy fuertes con un sistema de mercadeo que por teléfono o por internet toma los pedidos y usted recibe la mercancía a las puertas de sus necesidades; el gigantismo de la ciudad que generó la creación de nuevos centros comerciales y la invasión del comercio informal con mercaderías de procedencia china de dudosa calidad pero de atractivos precios, todo se vino abajo.


Y así, con todo y el entusiasmo, los esfuerzos, los recuerdos y el peso de una herencia familiar, de pronto se descubre  un día que el cajón está casi vacío, dejando sólo la alternativa del cierre.


Así, 70 años de trabajo, de entrega, de prestigio, llegan a su fin y no hay vuelta de hoja.


Si hacemos una encuesta con los abuelitos de hoy y en algunos casos hasta bisabuelitos, encontraremos una mirada perdida en el horizonte con una voz cargada de nostalgia recordando cuando las clases comenzaban en el mes de febrero, en días muy fríos en los que las temperaturas invernales en Puebla bajaban escandalosamente hasta a los 11 grados.


Los escolares de esos días iban de la mano de sus padres a comprar sus listas de útiles, que entonces eran de un cuaderno rayado, otro de doble raya —para lograr una buena letra—, uno mas de cuadrícula para machacarle a las matemáticas y otro de dibujo para soltar la mano y darle rienda suelta a la creatividad.


Más un lápiz, un bolígrafo, una goma, un rollo de paspartú, un juego de geometría y los libros de historia y el obligado de gramática de Goñi.


Eran los días en los que la larga lista no rebasaba un costo total de 12 a 15 pesos, cuando la vida comenzaba a encarecer y los precios se pasmaban hasta por cinco años.


Para entonces la competencia en este sector estaba con La Ilustración, de don Basilio Sánchez, localizada a un costado del templo de Santo Domingo cuando éste no tenía atrio.


¡Ah, cuántos recuerdos de generaciones que hoy presencian cómo agoniza esa Puebla de poco más de medio millón de habitantes, cuando un solo cuaderno cuesta lo que costaba toda la lista y las temperaturas amenazan con bajar hasta a 2 grados bajo cero!


Con estos recuerdos, otros negocios emblemáticos de Puebla también se deciden al cierre en condiciones de litigios porque las ventas ya no dan desde hace un buen tiempo ni para pagar la renta, como el caso de la zapatería de los niños de la misma época, El Ponchito, de la 11 Oriente y 16 de Septiembre, que era obligado visitar cada fin de año para calzar a los niños que pronto regresarían a la escuela.


La Princesa, restaurante en el portal en el que los poblanos al menos unas cuantas veces disfrutaron un chocolate con tamalitos.


Los boleros del pasaje del Ayuntamiento que de pronto un día de hace docenas de meses ya no tuvieron para pagar la renta del local y fueron lanzados al finalizar la semana pasada.


La mueblería Frey, que parecía que hace tres décadas había llegado para quedarse en la Reforma y casi la 11 Sur, en donde por cierto, el gerente fundador, Antonio Zaraín García, encontró el enfoque del negocio de los muebles.


Foto Reforma y Foto Aguirre de la 5 de Mayo, propiedad de Vicente Aguirre que decidió un cambio de giro cuando descubrió que la crisis había llegado para quedarse.


Y así como éstos, otros muchos negocios paulatinamente han ido cambiando la fisonomía y el inventario de nuestro Centro Histórico.

 



 
 

 

 
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