Opinión


Javier Lozano


04/12/2012


Felipe Calderón


Lo conocí en la Escuela Libre de Derecho hace más de 30 años. Siempre ganador de los concursos de oratoria y panista de cuna fue un estudiante destacado, con la mira puesta en la política. La administración pública me permitió volverlo a encontrar hace cerca de una década. Desde ese tiempo me convencí de que Felipe tenía todo para ser Presidente de México y que yo quería estar con él. Se lo dije primero a Juan Ignacio Zavala y luego directamente al entonces Director de Banobras. Y me invitó a participar.

El proyecto inició contra viento y marea. El mal clima era, sobre todo, de aguas interiores provenientes del Gobierno y del PAN. Para Fox y Espino Calderón representaba un huésped incómodo. Hicieron todo para hacérselo saber y para deshacerse de él. Los rebasó "El Hijo Desobediente".

En campaña, cuando parecía que no había más que hacer y que López Obrador tenía el triunfo asegurado, Calderón reaccionó a tiempo, hizo ajustes en estrategia, discurso y equipo, y así remontó el marcador. Su liderazgo y tenacidad fueron, indiscutiblemente, la clave del éxito. 

Ya en el poder, el Presidente Felipe Calderón mostró un temple y un olfato político extraordinarios. Muchos hablan de él desde el análisis externo o a partir de la percepción derivada de los medios de comunicación. Yo lo conocí como parte de su gabinete, en la intimidad del procesamiento de las decisiones, del desvelo de los diagnósticos y de la confirmación ideológica.

Sé que mi juicio es naturalmente subjetivo y animado por un sentimiento de gratitud, admiración y respeto. Pero eso no obnubila mi capacidad de apreciar en él a un auténtico hombre de Estado. Es un político y abogado que respeta a la República, que ha luchado toda la vida por la democracia y que, como buen panista y humanista, pone en el centro de toda acción política y de gobierno al bien común y a la dignidad humana. 

No quiero pensar qué habría pasado en este país con un Presidente distinto a Calderón enfrentando calamidades tales como la crisis alimentaria; la crisis financiera mundial; la pandemia de la influenza; la muerte de tres secretarios del gabinete; los desastres naturales y el brutal embate de los cárteles de la delincuencia organizada. 

Felipe Calderón le ha entregado a Enrique Peña Nieto un país con crecimiento económico generador de empleos. La disciplina fiscal es ejemplar a nivel internacional. Las reservas del Banco Central alcanzan para pagar dos veces la deuda externa mientras que el tipo de cambio y la inflación se mantienen en rangos más que razonables. 

Programas sociales robustos están en marcha y ensanchando su cobertura sin componendas clientelares. Hoy se tienen y respetan más las libertades y los derechos fundamentales de la población. La democracia, aunque con insuficiencias y deficiencias, es ya una tónica de vida en el Estado mexicano. Se avanzó como nunca antes en materia de transparencia, rendición de cuentas y no se diga en el concierto de las naciones, donde México ocupa un lugar distinguido, respetado e incomparable. El diálogo directo, sin filtros ni tapujos, con organizaciones de la sociedad civil fue otro de los árboles que Calderón sembró en su gobierno.

Acaso el tema que presenta mayor polémica en su narrativa y, por tanto, en el debate de las ideas y en la opinión pública sea el de la inseguridad y la violencia en México. Lo cierto es que por fin alguien se decidió a enfrentar el reto con la firmeza y determinación que demandaba ese cáncer que crecía impunemente ante los ojos de otros gobernantes. La dejaron pasar por negligencia, tolerancia o complicidad. 

Qué fácil es apuntar y hablar de "los muertos de Calderón”. No tienen vergüenza. Estamos hablando de bandas criminales sin escrúpulos que no solo se dedican al narcotráfico (ojala únicamente fuera eso) sino que abarcan ya, con la venia complaciente de varias autoridades locales y de gobiernos anteriores, otros terrenos como el del secuestro, la extorsión, la piratería y giros negros. 

Yo afirmo que en Felipe Calderón tenemos al Presidente más trabajador, honesto, responsable y valiente de la época moderna de nuestro país. Lo expreso con tal seguridad porque tuve el privilegio de acompañarlo en su gobierno. Porque fui testigo de cómo sus decisiones siempre estuvieron acompañadas por el deber ser sin pretender imponer su visión ni desacreditar a los distintos.

Deja la Presidencia y se va un hombre congruente y decente. Un político de leyes; de resultados; de mano firme y pasión por México. Lo echaremos de menos.

 

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