Opinión


Javier Lozano


13/08/2012


El PAN y el bien común


El PAN atraviesa por la peor crisis de su historia. Estamos mal. Debemos reconocerlo y actuar en consecuencia. Perdimos las elecciones y caímos al tercer lugar electoral. En mayor o menor medida, todos somos responsables de la derrota y todos somos también responsables de salir adelante. Hemos de lograrlo con Unidad, Disciplina y Generosidad. No fuimos capaces de trasladar la popularidad y aceptación del gobierno del presidente Felipe Calderón (del 66 por ciento) hacia nuestra campaña presidencial. No fuimos capaces de comunicar a la sociedad lo mucho que, desde el gobierno, se hizo en materia económica, de combate a la pobreza, en infraestructura y en la lucha contra la delincuencia.


Más aún, preferimos mostrarnos como opción "Diferente" y no como línea de continuidad. No acabamos de asumir que somos partido en el gobierno y no eterna oposición. Eso fue evidente en algunos de nuestros "distinguidos" militantes, tanto para el caso del Gobierno Federal como a nivel local (Puebla es un buen ejemplo). El comportamiento de algunos de nuestros gobernantes y legisladores se parece más al de aquellos políticos vulgares que tanto criticamos pero no nos atrevimos a señalarlos y a echarlos del partido. No estamos reclutando a verdaderos militantes ni facilitando la entrada a ciudadanos de bien que quieren sumarse a nuestras filas. En Acción Nacional ya no se ve con claridad a quienes hemos intentado hacer de la honestidad y la virtud una forma de hacer política, de diseñar políticas públicas y de hacer buen gobierno, respecto de aquellos que solo buscan un beneficio personal. Ya nos ven a todos por igual. El colmo es que somos un partido de viejos en un país de jóvenes. No hemos sabido sumar a esos jóvenes a nuestras filas, ni hablarles claro y ni escucharlos.


Nuestros procesos internos, supuestamente democráticos, están brutalmente viciados. Nos preocupamos más de las contiendas al interior del partido que por ganar las elecciones constitucionales. La lucha es más por un padrón interno de electores que por un patrón de conducta ejemplar. Hoy estamos en medio de un de una estéril discusión: si llamarle o no refundación al necesario proceso de reestructura que se requiere; y si la asamblea indispensable que debemos tener para cambiar la manera en que estamos trabajando al interior del PAN debe ser antes o después de que deje la presidencia Felipe Calderón. Digo que es estéril y hasta absurda la discusión porque no es importante el nombre que tome el proceso sino la fuerza y convicción con la que se emprenda. Un cambio cosmético ya no cabe más en el PAN.


Nos tenemos que transformar profundamente y hacerlo rápido. No es un capricho personal. El próximo año habrá procesos electorales en 14 estados de la república. Debemos llegar con un partido revitalizado y habiendo reestructurado nuestros procesos internos: cómo afiliamos; cómo elegimos a nuestros candidatos; cómo financiamos campañas y cómo volveremos a la congruencia entre lo que pensamos lo que decimos y lo que hacemos. En las elecciones no basta con competir, debemos seleccionar a quienes puedan ganar y gobernar -o legislar- con apego a nuestros valores y principios de doctrina. Tenemos, en suma, que recuperar la confiabilidad y credibilidad de los ciudadanos y representarlos con eficacia y dignidad. Volvamos a ser distintos y distinguibles como políticos eficaces, honestos y capaces de llevar nuestros principios a la acción y no a la mera contemplación, como la de aquellos quienes se asumen cual si fueran diferentes por un derecho de antigüedad que nadie les confirió.


En el PAN, no más cepa ni pedigree. Mejor, más militancia auténtica y acción, y menos hipocresía y contemplación. Nuestra militancia debe cumplir con responsabilidades partidistas mínimas y actuar con convicción panista en cualquier foro. Hoy, desgraciadamente, hasta la representación y vigilancia de las casillas se venden al mejor postor. La ética política nos debe caracterizar. Tenemos la obligación de demostrar que, como políticos, somos mejores; que somos más capaces, más honestos y más congruentes.

 

La Comisión de Evaluación y Mejora que se constituyó ayer en el Consejo Nacional deberá identificar esos espacios de oportunidad y actuar en consecuencia. Pero también tendremos la oportunidad, desde el Congreso de la Unión, de erigirnos en una fuerza política revitalizadora que ayude al nuevo gobierno a sacar la agenda legislativa adelante sin mezquindad y con altura de miras. Hemos de hacerlo por el bien común, a veces tan olvidado.

 

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