El último mes electoral en México


Pedro Ángel Palou


18/06/2012


De cómo la incertidumbre es la verdadera razón de la democracia


No hay lugar a lo largo y ancho de nuestra república –que no está digamos que nada amorosa estos días- en que la gente de a pie con la que me he encontrado (taxistas, maleteros, afanadoras, personal de restaurantes, funcionarios menores, periodistas de radio y de prensa escrita incluso) no me diga sino una cosa: Voy a votar por AMLO.


Las encuestas parecen confirmar la tendencia ascendente, parece que imparable del político tabasqueño. Los cierres de campaña, apoteósicos, también (45 mil personas en el Estadio Hermanos Serdán en Puebla lo atestiguan).


Hay un discurso modificado en los medios afines a Peña, que si bien no le dan el triunfo o lo acercan a la meta o simplemente se curan en salud desde antes.


Incluso el presidente –el antes espurio- ha terminado por afirmar que “cualquiera de los tres puede ganar”, y el propio Andrés Manuel ha afirmado que dialogará con el presidente, tendiendo un puente de plata a una transición ordenada y pacífica.


Lo curioso, me lo decía el otro día un vendedor en Guadalajara, es si lo dejarán ganar. Y en ese ellos implícito se encuentra, quizá, la respuesta del dilema.


¿Quiénes son ellos, los que no lo dejaron ganar, por ejemplo en 2006? ¿Los poderes fácticos, léase el ejército, la iglesia, los empresarios, los Estados Unidos, los capos del Narco? México es un país sospechosista, lo sé, y no quiero caer en la tentación, pero no deja de parecerme intrigante que pensemos que la democracia, en sí misma, es un juego. Que no se trata de lo que votemos en las urnas, sino de que otros, los que votan en otro formato, acepten. Esa misma persona me dijo, para que no hubiese duda: ¡Yo creo que Andrés Manuel ya pactó!


No pude dejar de cuestionarlo sobre con quién, pero la respuesta no sólo fue lacónica, sino evasiva. ¿Con quién va a ser?, ¡con todos los que importan!


La incertidumbre, sin embargo, es el elemento central de las democracias verdaderas. El no saber pese a la predicción de las encuestas quién será el elegido por la mayoría. Ese elemento es el que enriquece cualquier debate, el que obliga a los candidatos a luchar hasta el último voto. Ese elemento, además, parecía haber estado ausente en nuestras campañas del 2012 hasta la irrupción sorpresiva del movimiento #YoSoy132.


¿Qué mueve verdaderamente al votante a cruzar una boleta? A veces, muchas, el miedo. Otras la esperanza en un cambio (¿el cambio verdadero?), muchas también el castigo al mal gobernante, a su corrupción o ineficacia.


Creo entrever que en estas elecciones el abstencionismo no será el problema. Quizá lleguemos a índices históricos superiores al 68%, no lo sé. Creo que tampoco se dará, como algunos pensaban ligeramente, un fenómeno Quadri (conservará el registro, cobrará su cheque con la maestra, faltaba más). El PAN seguirá desplomándose con una candidata que no supo desmarcarse a tiempo de Calderón (ser diferente) y que ha mostrado más oratoria que eficacia. La campaña llena de errores de Josefina y el lastre de la guerra contra el narco hacen prever una debacle (me atrevo a pensar en una votación menor al 20% para JVM), por lo que la contienda, cerrada, será entre el PRI y su posible regreso a Los Pinos, con todo lo que eso significa (a pesar de que en un reciente artículo para Time, Jorge Castañeda afirme que ni el PRI ni el país son los mismos que en 1994, la última vez que fue votado un presidente de ese partido) y el retorno de Andrés Manuel López Obrador y la voluntad explícita del electorado de virar a la izquierda.


Hasta hoy no nos hemos fijado en que ambos candidatos despiertan lo mismo filias que fobias realmente recalcitrantes. Hay ambientes en que la simple mención de AMLO puede despertar un fuego nada amigo. Hay lugares en que Peña Nieto es tan innombrable como su asesor negado, CSG. Son esos que los odian o temen los que pueden inclinar al final una balanza, si acaso el gobierno federal no mete las manos y la guerra sucia no escala.


México, entonces, está decidiendo por dos proyectos antagónicos. Mínima reforma, continuidad y maquillaje, creo yo o un cambio de rumbo que no será tan brusco, más bien requerirá un pacto social a lo Lula, en Brasil (aunque en ese caso Fernando Henrique Cardoso ya había realizado buena parte de las reformas, impopulares pero necesarias que en nuestro país no nos atrevimos a hacer, por lo que habrá que aclarar desde ya que México no es el Brasil que tomó Lula).


México sale de una guerra cruenta con más de sesenta mil muertos y no se sabe cuántos desaparecidos. El tejido social ha sido fracturado hasta en los núcleos más mínimos, como la familia. No parece haber salidas fáciles. Ahorro e inversión (¿un new deal 2012 a la mexicana?) Quizá, no lo sé. No sé si nos alcance, después de la elección, el impulso para el verdadero cambio, ese que requiere no mandar al diablo las instituciones sino unas nuevas, sólidas y listas para los nuevos consensos y disensos. Un nuevo constituyente, planteo yo, si se quieren hacer las cosas bien desde el principio y de a deveras. Y nuevas leyes electorales, en segundo término. Luego pueden venir las otras reformas, la laboral, la hacendaria, la de salud pública, la del sistema judicial entero.

 

Yo sí creo que es posible. Me gustaría saber cuándo.

 

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