Palabras Combativas


Christopher Hitchens / NY Times


Bebedores de vino del mundo, uníos...

 

 

... nada tienen que perder, salvo cuentas excesivas y anécdotas interrumpidas


La otra noche estaba cenando con algunos amigos en un restaurante bastante decente y me hallaba en la cúspide de mi estilo como un ingenioso “racconteur”. Pero justo cuando me aproximaba al remate de mi historia, pasó la cosa más increíble. Un mozo se materializó de la nada, se apoyó encima de mi hombro, tomó mi cuchillo y tenedor, y sin importarle que me hallara en medio de un monólogo comenzó a cortarme la comida en trozos. No satisfecho con esa bizarra conducta, procedió a distribuir partes de mi ración en los platos de otros comensales.


De esa manera, interrumpió el flujo espiritual de nuestra conversación. Y para empeorar las cosas, levantó la botella de vino que estaba en medio de la mesa, y vertió el líquido en el vaso de cada uno. Y yo querría saber: ¿cómo fue que logró establecerse una costumbre tan bárbara, y por qué demonios la soportamos?


Hay dos modos centrales por los cuales un restaurante puede infligir un mal servicio a un cliente. El primero es hacerlo esperar y que le resulte difícil encontrar la mirada de los mozos. (“¿Por qué los llaman waiters?” preguntó mi hijo cuando tenía alrededor de 5 años de edad. “Somos nosotros quienes estamos haciendo toda la espera”. (Hitchens juega con las palabras inglesas wait, esperar, y waiter, mesero.)


El segundo modo es mediante la intromisión, con largos recitados sobre los platos “especiales” acompañados de excesivas preguntas inmoderadamente solícitas.


Una caricatura de The New Yorker mostró una vez a una pareja preparándose para ir a la cama. El marido aceptaba una llamada y manteniendo su mano en el auricular decía a su esposa: “Es el maître del lugar donde estuvimos cenando. Quiere saber si todo sigue estando bien.”


La vil práctica de entrometerse y verter vino sin que uno lo haya pedido está a la misma altura en materia de malos modales. No solamente es un acto de grosería; también comunica un mensaje mercenario sin sutileza alguna: apúrense y ordenen otra botella.


No a todos les gusta el vino tanto como a mí. Por ejemplo, muchas mujeres se limitan a un vaso por comida o inclusive a la mitad de un vaso. A mí me da pena ver un bueno vino vertido en los vasos de quienes no han pedido que les sirvieran y que luego ese vino quede apenas degustado cuando la cena se termina.


Se asegura que Mr. Coleman hizo su fortuna no con la mostaza que era consumida sino con la mostaza que quedaba en el plato. Los restaurantes no tienen por qué infligir desechos y extravagancias a fin de engordar la cuenta de los clientes. Esa es una diferente forma extrema de grosería.


En otras palabras, el gasto de una cosa es solamente un aspecto de su presunción. Usurpa totalmente mi prerrogativa si soy un anfitrión. (“¿Puedo volver a llenar su vaso? Pruebe este vino —creo que le va a gustar”). También tiende a disminuirme como invitado, pues en cualquier momento en que intento destacarme con mi labia puedo encontrar una persona indeseada arremetiendo de manera descuidada y arruinando el efecto. Si esa persona llena los vasos sin que se lo pidan, muestra la grosería descrita más arriba. Si en cambio pide permiso a cada invitado —como realmente debería hacerlo— entonces también podría acercar una silla y unirse a la fiesta. ¡Hay que tener riñones!


Para retornar a la pregunta sobre por qué toleramos esto: pienso que debe tener algo que ver con el snobismo y la inseguridad que suelen acompañar al negocio del vino. Un camarero de vinos es una especie de aristócrata. Tiene cierta arrogancia, y eso puede intimidar a aquellos que conocen poco sobre el tema. Si usted va a una licorería en una parte pobre de una ciudad, advertirá que el vino es muy caro. Por alguna razón se presume que tiene que costar más. Y luego está la simple fuerza de la costumbre y el hábito —los clientes en cierto modo garantizan a los restaurantes el derecho a avasallar a sus clientes.


Bueno, todo lo que se requiere es un poco de resistencia. Hasta hace poco en Washington, era costumbre en las cenas diplomáticas que el anfitrión invitara a las damas a que se retiraran, en tanto los hombres degustaban oporto, fumaban cigarros y discutían los grandes problemas de estado.


Y luego, una noche, en la década del setenta, en la embajada británica, la fallecida Katharine Graham, dueña del Washington Post, se negó a levantarse e irse. Al día siguiente, la noticia circulaba por toda la ciudad. En un breve lapso, todo el mundo había abandonado esa necia práctica.


Estoy consciente de que hay muchos problemas más graves que enfrenta la civilización, y que muchas violaciones a los derechos humanos se siguen cometiendo en este mismo momento. Pero en lo que se refiere a las cenas, esto es algo que todos nosotros podemos cambiar de un solo golpe. La próxima vez que alguien le ofrezca cortar su conversación y asistirlo en la digestión de su comida y en el engorde de su cuenta, sea muy cortés, muy firme y diga simplemente que usted preferiría que no lo hiciera.

 

(Traducción de Mario Szichman.)

    



 
 

 

 
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