Palabras Combativas


Christopher Hitchens / NY Times


El león que no rugió

 

 

¿Por qué Nelson Mandela no habla en contra de Robert Mugabe?


Robert Mugabe Cambio/ Foto/ Especial

El nivel de crimen y de terror patrocinado por el estado en Zimbabwe ha escalado a tal punto que no sólo vemos la sistemática demolición de la democracia y de los derechos humanos en aquel país sino también algo no muy alejado de una matanza en masa en cámara lenta al estilo de Birmania.


La orden del régimen de Robert Mugabe de impedir la acción de todos los grupos internacionales de ayuda y las organizaciones humanitarias no gubernamentales es significativa en dos aspectos. Expresa la ambición de control total por parte del estado, y representa una amenaza directa —“vote por nosotros o padezca hambre”— a una población civil ya desesperada.


Por ejemplo, a la organización Care (www.care.org), que ofrece ayuda a medio millón de empobrecidos habitantes de Zimbabwe, se le ha ordenado suspender sus operaciones. Y aquí hay un pequeño parágrafo, casi enterrado en un informe más grande sobre las atrocidades en su conjunto, pero que de algún modo lo dice todo: “El Fondo de la Niñez de las Naciones Unidas dijo el lunes que 10 mil niños han sido desplazados por la violencia, decenas han sido golpeados y algunas escuelas han sido tomadas por las fuerzas del gobierno y transformadas en centros de tortura”.


Mientras la politización del reparto de alimentos en “su” país estaba siendo completada, Mugabe se benefició de dos cosas: la indulgencia del gobierno de Sudáfrica y la clemencia de las autoridades de Roma, que le permitieron asistir a una conferencia de la ONU sobre la crisis alimentaria mundial. Y eso, a pesar de una prohibición de cinco años para que pueda visitar algún miembro de la Unión Europea. Esto, a su vez, me parece que implica a dos de las supuestas fuentes de autoridad moral del planeta: Nelson Mandela y el Vaticano.


Por mantenerse silencioso sobre lo que está pasando en Zimbabwe, Mandela se está haciendo cómplice en el pillaje y asesinato de una entera nación, como también del estrangulamiento de una importante democracia africana.


En fecha reciente pude hablar con George Bizos, el heroico abogado sudafricano que defendió a Mandela en la época del apartheid y quien recientemente representó a Morgan Tsvangirai, el perseguido líder de la oposición de Zimbabwe.


¿Por qué, le pregunté al abogado, estaba su antiguo camarada acatando la escandalosa línea tomada por el presidente Thabo Mbeki y el Congreso Nacional Africano?


Bizos me dio una respuesta que me hizo respingar —Mandela es ahora un hombre muy anciano— y otra que me hizo saltar —sus doctores le habían aconsejado que evitara cualquier cosa agobiante.


Tengo bastante respeto por el viejo león como para imaginar que ignora lo que está pasando en el vecino país de Zimbabwe o para creer que no entiende la enorme diferencia que su denuncia podría causar. Sería algo así como una tragedia si Mandela termina su carrera en una nota de compromiso tan escuálida.


Respecto al asqueroso espectáculo de Mugabe viajando la semana pasada a la conferencia de Roma de la Organización de Agricultura y Alimentos de la ONU, hubo sutiles funcionarios de la entidad que sostuvieron que la prohibición de Mugabe de viajar a la Unión Europea no abarcaba sitios de reunión de organizaciones de la ONU. Pero esto no incluía el hotel de lujo en la Via Veneto donde permanecieron Mugabe y su esposa.


Y parece que Mugabe soporta una vida encantadora en Roma. Estuvo allí en fecha reciente como invitado al funeral del papa Juan Pablo II. Por cierto, en esa oportunidad dijo que estuvo en suelo del Vaticano, no en territorio italiano. Lo cual a su vez plantea una interesante pregunta: ¿qué se necesita para que la Iglesia Católica Romana tenga algo que decir sobre la conducta de este miembro de su rebaño?


Mugabe ha sido siempre un católico devoto, desde sus días en una escuela misionera en lo que entonces era la Rodesia colonial. Uno se ve obligado a preguntarse qué le dice Mugabe a su sacerdote cuando éste le pregunta si tiene algo que confesar.


En contraste, miren lo que pasó con el arzobispo Pius Ncube de Bulawayo. Este clérigo católico de la segunda ciudad más importante de Zimbabwe era un pilar de la oposición al régimen y un gran defensor de sus innumerables víctimas. Luego de una larga campaña de desafío y de enfrentar muchas amenazas a su vida, el arzobispo fue sorprendido en un video el año pasado cuando mantenía relaciones sexuales bastante vigorosas con una mujer que no era su esposa. En realidad, era la esposa de algún otro. Eso transformaba la fornicación en adulterio.


Uno podría pensar que la Iglesia, para variar, habría estado contenta con una transgresión de índole heterosexual. Sin embargo, adoptó un punto de vista sombrío sobre toda la situación. Y eso, pese al hecho de que llevaba todas las marcas de una trampa. Por cierto, las agencias policiales de Zimbabwe dieron amplia publicidad al episodio. Ncube ha dejado de ser el arzobispo católico romano de Bulawayo.


Está bien, entiendo que quebró sus votos y que las reglas son las reglas. Pero él no hizo padecer hambre ni torturó a niño alguno. Él no envió escuadrones de la muerte para silenciar a sus críticos, ni obligó a millones de sus compatriotas a elegir entre la penuria y el exilio. Y tampoco intentó robar una elección de manera descarada.


Mugabe ha hecho todas esas cosas, y las sigue haciendo. Sin embargo, no he escuchado un solo chillido papal. Un hombre de su edad tal vez es improbable que sea atrapado usando un condón. Sin embargo, existe la esperanza de que encuentren a Mugabe con las manos en la masa. Parece ser la única forma de traer la condena de la Iglesia sobre su pecadora cabeza.


Pero es el silencio de Mandela, mucho más que cualquier otra cosa, lo que lastima el alma. Parece burlarse de sus valientes discursos donde reclamó estándares internacionales para la defensa de los derechos humanos, sobre la solidaridad internacional y la hermandad del hombre, y todo eso. Tal vez hay una sola persona en el mundo que simboliza todo eso, y él ha optado por traicionarlo. ¿Será posible, antes de la sombría farsa del 27 de junio, cuando Mugabe participe en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, que el viejo león se anime a lanzar un último, poderoso rugido?


(Traducción de Mario Szichman.)

    



 
 

 

 
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