Opinión


Pedro Gutiérrez


Breve recuento de los gobiernos divididos en México: el juarismo y la etapa maderista


Los gobiernos divididos o sin mayoría se presentaron en muy contadas ocasiones durante el siglo XIX, y prácticamente casi nunca en todo el siglo pasado, fundamentalmente gracias al autoritarismo priísta. Una variable muy importante que debe tomarse en consideración en la historia política del México decimonónico es la inexistencia de partidos políticos bajo la concepción actual del término. La lucha por el poder en el siglo XIX se verificó en un primer momento entre los federalistas y los centralistas; años después, la disputa se centró entre liberales y conservadores. Y en ambos casos, los grupos eran más bien dispersos, unos más radicales que otros, pero sin una definición tal que nos sirvieran de base para estudiarlos como partidos políticos; eran, en todo caso, facciones tras el poder.


El diseño institucional de la Constitución de 1857 propiciaba una especie de sistema semi-presidencial, que produjo fortalezas en la esfera de facultades del Congreso y debilidades en la institución presidencial. Derivado de esta hipótesis  y a decir de don Daniel Cosío Villegas, los congresos con mayores elementos de republicanismo y de estatura moral y política se produjeron en los años de la reforma, es decir, los posteriores a 1857 y hasta 1872, año en el que murió el indio Benito Juárez.  Podría considerarse que los años del juarismo, fundamentalmente los aciagos y más rescatables que van de 1867 a 1872, fueron años en los que el Congreso verdaderamente funcionó como un contrapeso de la presidencia de la república. Insistimos: el juego de pesos y contrapesos en la república restaurada tuvo mucho que ver con el perfil intelectual de los legisladores, quienes hacían uso de la maquinaria constitucional con la que contaban y que tanto criticó Emilio Rabasa en su obra de principios del siglo XX.


Una de las joyas escondidas del derecho mexicano en el tema de los pesos y contrapesos y que ilustra además una faceta escondida de Juárez con respecto al catolicismo está en el proyecto de ley electoral que el 14 de agosto de 1867 envió el Presidente al Congreso, mismo que contemplaba la posibilidad de que los ministros de culto pudiesen votar y ser votados. El proyecto de ley, en este apartado tan curioso por lo que representa para los liberales defensores de oficio de Juárez, fue rechazado por los legisladores y es constatable en el conocido libro de Felipe Tena Leyes Fundamentales de México –y ampliamente mencionado por el querido Padre Nacho González Molina en sus cátedras de Historia del Derecho Mexicano en la Escuela Libre de Derecho de Puebla.


Otro gran momento histórico en el que se verificó la hipótesis de los gobiernos divididos fue el que experimentó don Francisco Ignacio Madero. El contexto político en el que se desarrolló el impasse democrático del maderismo, después de largos años del porfiriato, produjo que las fuerzas ideológicas del país se reagruparan en torno al Congreso, el cual se convirtió en la arena política del pluralismo y de la libertad que no habían gozado desde hacía varios años. La primera oposición maderista en el Congreso la escenificaron los miembros del llamado cuadrilátero (Querido Moheno, Nemesio García Naranjo, Francisco M. Olaguíbel y José María Lozano), quienes negociaron con Victoriano Huerta la aceptación de la renuncia de Madero a la presidencia. Al respecto, dice el maestro Rafael Rojas: “…esta oposición a Francisco I. Madero en el Congreso se circunscribe, habitualmente, al primer período de sesiones de la XXVI Legislatura, que abrió sus puertas en septiembre de 1912…De ahí que, en algún modo, ésta sea una legislatura mítica…”.


Todos sabemos el lamentable desenlace del gobierno maderista, el primer gobierno democrático del México independiente. Y es que don Francisco I. Madero no sólo lidió con un congreso opositor, sino con otras variables también contrarias a su elección, como las reminiscencias porfiristas, los medios de comunicación y –según muchos- hasta su propia ingenuidad democrática.


En los albores del siglo XXI, la realidad de los gobiernos divididos llegó para quedarse. Desde 1997 –año en el que el PRI perdió la mayoría en la Cámara de Diputados-, la pluralidad se ha convertido en una constante con la que tiene que entenderse el jefe del Ejecutivo en turno. Así lo vivió Ernesto Zedillo, luego Vicente Fox y ahora Felipe Calderón. En el impulso de las grandes reformas que requiere la nación se necesita del concierto de todas las fuerzas políticas en el Congreso o, al menos, de aquellas que están dispuestas a dialogar y negociar en beneficio de la patria. Así lo veremos próximamente en el caso de la reforma energética.

 

PEDRO ALBERTO GUTIÉRREZ VARELA

Miembro del Comité Directivo Estatal del PAN

 



 
 

 

 
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