Opinión


Pedro Gutiérrez


El caudillismo en México y América Latina


Durante el siglo XIX y fundamentalmente en el siglo XX, el esquema presidencial sirvió como puntal para que los países latinoamericanos padecieran por muchos años el fenómeno del caudillismo. Cualquiera que abra el Diccionario de Política de Bobbio, Pasquino y Mateucci y busque el significado del término caudillismo, encontrará que la referencia inmediata del vocablo es aplicable para los países latinoamericanos. En una primera acepción, los autores italianos señalan que el caudillismo es: “…un período histórico situado entre el fin de las guerras de independencia (1810-1825) y el surgimiento de los estados nacionales en la segunda mitad del siglo XIX…”.


Bajo una segunda perspectiva que atiende más al desarrollo político de las naciones sudamericanas, el caudillismo centra su atención en la asunción al poder de hombres fuertes, en el sistema social de los países de habla española de Latinoamérica. Así, las naciones hermanas a México, desde Guatemala hasta Argentina, han padecido durante casi dos siglos figuras omniscientes que han gobernado prescindiendo de las instituciones constitucionales y, por supuesto, de los regímenes democráticos –el caso de Hugo Chávez en Venezuela es el ejemplo mejor acabado del caudillismo contemporáneo-. El problema del caudillismo en América Latina es que es fácilmente justificable, y los hombres fuertes aducen una causa libertadora o un supuesto desarrollo socioeconómico para perpetuarse en el poder, como en los casos de Benito Juárez o don Porfirio Díaz en México, respectivamente durante la segunda mitad del siglo XIX.


En el caso latinoamericano, los grandes caudillos de los siglos XIX y XX muchas veces llegaron al poder gracias a las instituciones políticas vigentes que les permitió, por la vía legítima, acceder al ejercicio de la autoridad legalmente constituida. En otras palabras, los caudillos se sirvieron de las instituciones democráticas para acceder al poder, y ya instalados en él, maniobraron para perpetuarse el mayor tiempo posible. Una vez que accedían al poder, los caudillos encontraban en el sistema presidencial la justificación perfecta para asumir el control pleno del Estado; en este sentido, el sistema presidencial es muy generoso para aquellos que tratan de desvirtuar su verdadera naturaleza  democrática, pues funda en la autoridad unipersonal del Presidente el conjunto de las prerrogativas constitucionales y metaconstitucionales más amplias que conoce sistema alguno.


En el siglo XX, además de la experiencia del caudillismo, América Latina sufrió las vivencias de las dictaduras militares, cuyos líderes se hacían denominar Presidentes, con lo que se confirma nuestra anterior afirmación acerca de que el sistema, per se, servía de conducto legitimador de los estadios antidemocráticos. El italiano Giovanni Sartori señala respecto del presidencialismo en América Latina: “…en ella –América Latina- se encuentra la mayoría de los sistemas presidenciales. Y también aquí es donde éstos tienen un impresionante historial de fragilidad e inestabilidad…”.


La influencia determinante de los Estados Unidos en los países latinoamericanos ha sido decisiva en el rumbo de los regímenes presidenciales. La diplomacia norteamericana –allá por los albores del siglo XIX- comenzó a tejer redes de influencia ideológica y económica para adentrarse en la toma de decisiones de los países independientes o por independizarse en Latinoamérica. Uno de los pilares ideológicos de la doctrina Monroe –América para los americanos- fue la masonería, organización secreta que se estableció oficialmente en México en los mismos años en que se promovía la referida doctrina norteamericana y se derrocaba el imperio de don Agustín de Iturbide. Las logias yorkinas se asentaron en nuestro país gracias al embajador estadounidense Joel R. Poinsset y al caudillo Guadalupe Victoria, a la postre primer Presidente de México bajo el esquema importado por Estados Unidos. Una historia muy similar acaeció en el resto de las naciones latinoamericanas, sobre todo en Sudamérica, en donde personajes como Simón Bolívar fueron fundamentales para una explicación más objetiva de la influencia estadounidense en nuestros países; Bolívar, quien antes de convertirse en el libertador de al menos seis naciones sudamericanas, visitaba frecuentemente Estados Unidos de América, en busca de apoyos logísticos, económicos y militares del gobierno o de las logias, hasta que en 1819 sus luchas forjaron la Gran Colombia (una federación de las actuales repúblicas de Venezuela, Colombia, Panamá y Ecuador).  Años después libertaría el territorio del Perú y crearía la actual república de Bolivia en compañía de otro caudillo, Antonio de José Sucre.


El caudillismo acecha y acecha fuerte en nuestras naciones siempre paupérrimas. En efecto, la pobreza es el mejor aliado de los discursos caudillistas ante los que sucumben muchas naciones hermanas. México, como decíamos líneas arriba, no ha sido la excepción, y sólo el voto razonado de millones de mexicanos en el 2006 a favor de Felipe Calderón evitaron que un caudillo como Andrés López llegara al poder. Por el contrario, la mejor medicina para combatir el caudillismo son las instituciones políticas fuertes y democráticas: al final del camino, la democracia es el gobierno de las instituciones y no de los hombres, el gobierno de las leyes y no de los caprichos de unos cuantos.

 

PEDRO ALBERTO GUTIÉRREZ VARELA

Miembro del Comité Directivo Estatal del PAN

 



 
 

 

 
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