Opinión


Pedro Gutiérrez


BREVE RECORRIDO POR EL AUTORITARISMO MEXICANO


Durante años, yo diría décadas, los mexicanos hemos pugnado por mejores políticos, mejores partidos y, en general, por un mejor sistema político. Desde la consumación de nuestra independencia, lo mismo hemos padecido a gobernantes como Antonio López de Santa Ana, Benito Juárez García y Porfirio Díaz. El común denominador de los tres es su carácter autoritario y el ánimo de caudillismo que propició una auténtica visión maniquea del quehacer político. Más allá de una democracia constitucional, los mexicanos padecimos en el siglo decimonónico y en los inicios del siglo XX un régimen autoritario con ropajes republicanos –en palabras de Enrique Krauze-.

 

El siglo XX no varió mucho. La revolución mexicana sirvió para poco y, en cambio, si hubo que lamentar miles de muertes por una batalla fratricida. El ideal democrático de Francisco Ignacio Madero no consolidó un mejor sistema político, puesto que quienes iniciaron la lucha revolucionaria no fueron los mismos que la concluyeron. Carranza traicionó su lucha desde el momento en que reformó los postulados del Plan de Guadalupe, su ejército dejó de llamarse constitucionalista –se llamaba así porque supuestamente defendía la Carta Magna de 1857- y se arrogó como Presidente de México después de la promulgación de una Constitución de 1917 tan espuria como sus propios orígenes; era la misma Constitución del siglo pasado pero ahora corregida y aumentada con principios de derecho social que hasta la fecha siguen esperando ser concretados.

 

Después vino una de las peores etapas de la vida política mexicana: en palabras de Vasconcelos, devino la monarquía sexenal hereditaria por la vía transversal, esto es, el priato. En efecto, después de que el principio no reeleccionista se acendró en nuestro sistema con el episodio Obregón-Calles  -que acabó con la muerte del primero-, la elite política determinó congregarse alrededor de un solo partido político que fuera capaz de aglutinar todas las expresiones –no tanto ideológicas como de apetitos de poder- del momento. Bajo esta idea, Plutarco Elías Calles convoca a los campesinos, militares, trabajadores y sus sindicatos a una unión mínima llamada primigeniamente Partido Nacional Revolucionario, luego convertido en Partido de la Revolución Mexicana y, finalmente, Partido Revolucionario Institucional.

 

El partido en comento logró manejar el poder en una camarilla sin matarse los unos a los otros. Este es –no muchos estarán de acuerdo con un servidor- el único gran mérito del partidazo: abolir el asesinato político por el poder de la Presidencia de la República y cambiarlo por un sistema en que el poder se reparte en función de componendas, corrupción, falta de libertades y, sobre todo, ausencia plena de democracia en el país.

 

Ausencia de democracia, así de sencillo. Los priístas hoy exigen que se les reconozca la estabilidad de la que gozó el sistema o el supuesto desarrollo social del país –argumentos muy endebles por lo demás-; sin embargo, lo que es un hecho es que a pesar de que la Constitución mexicana pregonaba un sistema de competencia electoral abierto y una democracia social –como la consagra el artículo tercero constitucional- la realidad es que en el siglo XX siempre padecimos el más férreo de los autoritarismos.

 

Así, lo mismo sufrimos decisiones tan cuestionables como las de Lázaro Cárdenas y su socialismo, como períodos de derroche y corrupción institucionalizada como el de Miguel Alemán o etapas de tensión social y sangre en sexenios como el del poblano Gustavo Díaz Ordaz. Aún así, la decadencia del sistema no aparece sino en los sexenios de Echeverría, López Portillo –el perro- y Miguel de la Madrid. Los indicadores económicos se colapsaron y la democracia no veía sino sus primeras luces.

 

Al menos desde 1994, los mexicanos gozamos de un sistema político más abierto, liberalizado y en constante transición. No digo que sea perfecto, pero en todo caso es perfectible y permanentemente en revisión. Los pesos y contrapesos que hoy presenciamos son más nobles que la supuesta estabilidad priísta del siglo XX que tanto padecimos. Es más: en nuestra democracia contemporánea también cabe el PRI, no obstante que es el partido que siempre se ha resistido, se resiste y se resistirá a abrirse a la democracia. Un viejo maestro decía que si el PRI se democratiza dejaría de ser el PRI. No le faltaba la razón. Lo vemos en los estados en donde el PRI sigue siendo gobierno: los cacicazgos mantienen al dinosaurio vivo. Hay entidades como Puebla en donde no obstante los atropellos y la vergüenza pública que nos ha hecho pasar un  sujeto, sus lacayos ya andan en pleno corifeo de que el innombrable se postule para la Presidencia de la República. Habrase visto semejante descaro. Esto solo pasa en los autoritarismo rampantes que aún campean en México y en donde Puebla es el estandarte nacional.

 

PD: cuando escuché la intención de los lacayos me provocó risa. Hoy me invita a la reflexión seria de que los mexicanos necesitamos parar a los corruptos autócratas que se han adueñado del poder. Aunque la risa sigue.

 

PEDRO ALBERTO GUTIÉRREZ VARELA

Miembro del Comité Directivo Estatal del PAN

 



 
 

 

 
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