Opinión


Pedro Gutiérrez

21/08/2009

En el PAN, la democracia es nuestra mejor carta


Los partidos políticos –en México y el mundo- son organizaciones o entidades públicas cuya meta es obtener, mediante la libre asociación de ciudadanos con una cierta afinidad ideológica, los espacios de poder necesarios para la toma de decisiones de afectarán a una colectividad. Así, los partidos se han convertido en una parte inmanente del sistema democrático, pues al final del camino resultan ser la mejor vía para la acción organizada de ciudadanos que buscan el poder político.


Mucho se habla acerca de que los partidos han dejado de ser el conducto idóneo entre los ciudadanos y el poder; los partidos –dicen los que son promotores de este criterio- han quedado rebasados y resultan ser entidades obsoletas y con poca o nula representatividad de la sociedad. No estoy de acuerdo con este criterio, aunque es de reconocerse que los propios partidos políticos han hecho un esfuerzo gigantesco por desmerecer la confianza ciudadana y cada vez representan menos los valores históricos de la sociedad.


Si los partidos aspiran a representar ciertos valores de la sociedad, es menester que dichas instituciones comiencen por proyectar ese mismo esquema de valores y principios al interior de la organización. De esta manera, cuando un determinado partido político pregona que el valor de la democracia es el valor supremo de la sociedad contemporánea, ese discurso debe legitimarse desde la práctica democrática interna. Si no se aplica en casa lo que se abandera afuera, hay un serio problema de legitimidad discursiva y, consecuentemente, de praxis política.


En México y desde 1939, el Partido Acción Nacional ha pretendido encauzar, por la vía de la democracia interna, una mejor democracia para la sociedad mexicana. Como toda organización política, el PAN ha tenido momentos brillantes y, porqué no decirlo, también ha experimentado períodos dolorosos en su vida interna. Pero buenos o malos episodios, lo cierto es que el PAN siempre ha intentado dirimir, por la vía de la democracia, sus procesos de deliberación y selección internas de los hombres y mujeres que habrán de representar al partido en los procesos electorales constitucionales. Las asambleas y convenciones del panismo son, desde su fundación, los instrumentos de deliberación intrapartidista que sin duda son los mejores legitimadores para después allegarse de la confianza ciudadano en el marco de cualquier elección constitucional.


Por el contrario, desde los años posrevolucionarios el PRI ha pregonado un discurso democrático pero con poco sustento en el terreno de la práctica política; esto es natural, sobre todo si entendemos que para mantener estable al sistema político, el PRI requería de ciertos mecanismos de aseguramiento del poder. En otras palabras, para que el PRI mantuviera y desarrollara su proyecto de país, requería de un sistema autoritario para imponer las condiciones necesarias de estabilidad del régimen.


De estilos distintos, el PRI –antes PNR y luego PRM- y el PAN entienden y asimilan históricamente la democracia desde ópticas divergentes. La democracia, no obstante que es un concepto unívoco, es practicada con estilos distintos por uno y otro partido. Los motivos son fundamentalmente históricos y, además, por inercias que siempre serán difíciles de vencer.


Mucho de la política es un asunto de paradigmas. Mientras los partidos políticos no asimilen que una nación evoluciona y la sociedad cambia sus valores, dichas instituciones están condenadas a quedar rebasadas en función de la confianza de los electores. El PRI no ha entendido que requiere de renovar sus prácticas internas para pasar del esquema autoritario al paradigma libertario y democrático. Y por el lado del PAN, si bien es cierto que su historia sustenta con mejores bonos su carácter democrático, también lo es que debe proyectar con mejores esquemas esa legitimidad que le ha dadla confianza ciudadana.

 

En el marco de la llamada reflexión interna que ha emprendido el PAN después del 5 de julio, uno de los puntos más importantes que debieran abordarse es el de no olvidar nuestra naturaleza democrática interna. La selección de candidatos a diputados federales dejó un amargo sabor de boca pues está claro que el panista no acepta ni aceptará jamás que hasta en eso nos parezcamos cada vez más al PRI: el dedazo para escoger candidaturas no va con nuestra vocación histórica y disminuyen sobremanera el ánimo de participación de nuestra militancia. Por todo ello, es claro que en la elección de nuestros candidatos para el 2010 debe tomarse en cuenta a los militantes del PAN, ya sea a través de convenciones o sufragio directo en centros de votación. Nadie quiere, ni el PAN soportará otra vez designaciones unilaterales o encuestas prefabricadas para determinar candidaturas- tal y como quiere imponer cierto aspirante a la gubernatura-. El PAN es sinónimo de democracia, y si en nuestra vida interna reciente se ha venido desvirtuando dicho apotegma, es menester que los verdaderos panistas hagamos esfuerzos mayores desde ahora para no permitir que se infiltren algunas prácticas nocivas en el partido.

 

PEDRO ALBERTO GUTIÉRREZ VARELA

Miembro del Comité Directivo Estatal del PAN

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