Opinión


Pedro Gutiérrez

27/08/2009

UNIDAD EN EL PAN Y LA FUTURA DIRIGENCIA ESTATAL


La política es una actividad esencialmente de diálogo. Desde siempre, la palabra es el mejor mecanismo para el entendimiento del ser humano y, en el caso de la política, dicha regla no es la excepción. Lo mismo en la democracia ateniense cuando se desarrollaban las asambleas públicas en el Ágora, que en la república romana y ya no se diga en las posteridades del Renacimiento con el redimensionamiento de la política, ésta ha sido una actividad cuyos mejores frutos los ha dado con base en la herramienta del diálogo.


Eso mismo ha entendido Acción nacional desde su fundación en 1939; consciente de la necesidad imperiosa de que nuestro país fuera una verdadera democracia, don Manuel Gómez Morín delineó junto con otros hombres ilustres un instrumento que, antes que nada, le sirviera a México como motor de la democracia y del diálogo constructivo. Por ello, desde entonces, el PAN nunca ha dejado de dialogar y dialogar y dialogar –parafraseando a Carlos Castillo Peraza- en aras de darle mejores resultados a México.


Sin embargo, me parece que así como a nivel externo el PAN nunca ha dejado de dar muestras de diálogo con sus pares en cualquier instancia constitucional, a nivel interno hemos dejado mucho que desear en materia de construcción de acuerdos basados en el mismo diálogo. Desde que el PAN tiene acceso franco al poder, esto es desde la década de los noventas al menos, la vida interna del partido ha venido decayendo en materia de generar acuerdos: los unos a los otros nos hemos distanciado en vez de acercarnos. Quizá sea el ánimo de obtención del poder de unos o la poca generosidad de otros, pero el caso es que todos los panistas hemos perdido unidad al interior.


Si el caso que nos ocupa se trata de una cuestión de obtención del poder, el debate en el PAN no resultaría nada nuevo: el debate en los orígenes panistas entre Gómez Morín y González Luna estribó en la naturaleza del partido recién fundado, ya como partido que se constituía como herramienta de acceso al poder, o bien como una escuela cívico-formadora de mejores hombres y mujeres para el país. No estoy tan seguro que éste sea el debate vigente, pues cierto es que la gran mayoría de los panistas tienen claro que sólo accediendo al poder se pueden generar los cambios que necesita la nación; aunque ello no es óbice para que soslayemos nuestra profunda raigambre doctrinal y que, en ese sentido, los panistas jamás olvidemos que tenemos alma y esencia y esas sólo las confieren nuestros principios.


Por todo ello, ahora que el PAN poblano vive una de sus etapas más difíciles de los últimos años, está claro que el partido requiere una renovación absoluta. Y renovación quiere decir no sólo de sus dirigencias –esas, me parece, tienen el diagnóstico preclaro de que deben dar paso a nuevos liderazgos- sino de sus cuadros pero, sobre todo, de su formación. Casi no conozco a un equipo de trabajo que trabaje alrededor de cualquier liderazgo del panismo poblano –Ana Tere, Humberto Aguilar, Paco Fraile- que no se vean los unos a los otros como posibles adversarios para un determinado proyecto de futuro político. Al de al lado o al de enfrente los vemos como rivales, como posibles amenazas para un futuro que al final siempre es indeterminado. Y esa circunstancia me parece que se acendra ahora que se suman dos factores que no pueden pasar desapercibidos: la incorporación al esquema azul de Rafael Moreno Valle y la proximidad de las elecciones locales en las que se elegirá gobernador del estado.


En este sentido, los panistas debemos hacer esfuerzos muy intensos durante los próximos meses en materia de diálogo, generosidad y sobre todo reconciliación. Olvidar resquemores del pasado para ver hacia el futuro, visualizando siempre el interés  supremo del partido por encima del interés meramente personal o de grupo. Si Humberto Aguilar se reúne con Ana Tere, o aquel se reúne con Rafael Moreno Valle me parece que dichos encuentros son precisamente en el sentido de generar consensos a través del diálogo. Como bien dicen por ahí, el día que un panista vea en otro una sola cualidad o virtud, y no los muchos defectos que humanamente pudiéramos tener, ese día comenzarán a generarse mejores dividendos porque al final lo que nos une es la institución, su doctrina, sus valores históricamente democráticos.

 

Una oportunidad de oro para comenzar a renovarnos y no morir en el intento es la decisión que el pasado martes por la noche tomó el CEN del PAN en el sentido de autorizar al Comité Estatal para que adelante la elección del próximo órgano colegiado ejecutivo en el estado del panismo poblano. La nueva dirigencia se elegirá el día 10 de octubre y casi no hay panista en el estado que no piense que es mejor que Rafael Micalco de paso a un nuevo perfil, y aclaro que el que esto escribe respeta a la minoría que apoya su reelección. Creo firmemente que Rafael Micalco tomará la mejor decisión para el partido, institución en la que en su seno a todos nos quedan muchos años por coexistir.

 

PEDRO ALBERTO GUTIÉRREZ VARELA

Miembro del Comité Directivo Estatal del PAN

[email protected]

 



 
 

 

 
Todos los Columnistas