Poder y Política


Manuel Cuadras

02/09/2010

 

 

El deterioro moral


Recientemente, el secretario de Gobernación Federal, Francisco Blake Mora, habló sobre lo que él denominó “el deterioro moral de la sociedad”. ¿A qué se refería? Al círculo vicioso en el que hemos caído todos los integrantes del Estado mexicano: sociedad, gobierno, iglesia, iniciativa privada, prensa, etcétera.


Ya en alguna ocasión lo habíamos comentado en este mismo espacio, todos (en mayor o menor medida) somos responsables de la situación política que atraviesa el país. Algunos por corruptos, otros por manipuladores, otros más por apáticos, etcétera.


La lista, por supuesto, la encabezan los políticos. Más allá de su incapacidad (ineptitud) para entregar resultados concretos (cosa que de por sí irrita al ciudadano), los gobernantes son responsables primarios del deterioro moral, debido a los excesos y abusos que comenten en el ejercicio del poder. Para ser más directo: por no tener —muchos de ellos— el mínimo de vergüenza política.


Puebla es un buen ejemplo de los excesos que cometen los políticos. A lo largo de este sexenio fuimos testigos de muchos casos en que la imagen pública fue llevada al extremo del cinismo político. ¿A qué me refiero? A la falta de prudencia de quien detenta un puesto de responsabilidad pública.


Si yo le preguntara: ¿qué es lo primero que se le viene a la mente cuando escucha la palabra “político”? Seguramente usted contestaría: camionetas, guaruras, comidas, viajes, viejas, casas, hoteles, jets, y un larguísimo etcétera que abarca todos los signos más frívolos del poder. ¿Me equivoco?


¿Cuántos políticos conoce usted que cuentan con este tipo de prerrogativas (privilegios)? La cuestión es ¿tienen derecho a ellas? Sí y no. Veamos.


Lógicamente, todos (absolutamente todos) los políticos se defenderán diciendo que dichas excentricidades son producto de su esfuerzo de muchos años al “servicio de la sociedad…” (sic con sabor a náuseas), y que de ninguna manera son un despilfarro, y mucho menos una desviación de recursos.


Supongamos que es cierto, es decir, que pagan tales lujos con su salario de funcionarios y no con el erario; de ser así, quedaría respondida la pregunta: sí tienen derecho a “consentirse”, siempre y cuando lo hagan únicamente con su salario (cosa que particularmente dudo).


Pero ahora, aún concediendo que sean “honestos” y no desvíen un solo peso para beneficios personales, a mi juicio, NO DEBERÍAN exhibir sus “artículos personales” por un principio de prudencia política, por vergüenza política pues.


El tema no es simplemente de carácter legal, sino moral. Legalmente pueden tener tantas propiedades como deseen, pueden incluso justificarlas para que todo quede apegado a derecho (cuadrando las cifras), el tema es, repito, una cuestión de moral, de principios.


¿Qué piensa un ciudadano cuando se entera que un funcionario posee casas, autos y relojes suntuosos? ¿Le importa la comprobación o la procedencia? ¿No sería más sano, ético, aceptable, prudente, que los políticos se comportaran como gente normal?


El deterioro moral de la sociedad, a la cual hacía referencia el secretario de Gobernación, indudablemente nos incumbe a todos, pero inicia invariablemente, con los excesos y abusos de los políticos.


Señores, no los acusamos de estúpidos (sabemos que saben justificar perfectamente sus excentricidades), los acusamos de cínicos y corruptos.


Prudencia y respeto por favor.

 



 
 

 

 
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